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martes, 9 de mayo de 2017

La flora silvestre de Bogotá

La trompetilla o achicoria (Hypochaeris radicata)
A lo largo de los últimos cuatro siglos, es impresionante lo mucho que ha cambiado la vegetación de la altiplanicie donde se encuentra situada Bogotá. Bosques inundables con alisos, tíbares, tunos, amargosos, helechos y juncos, fueron reemplazados poco a poco por campos de cultivo, por potreros, por construcciones aisladas, por barrios incipientes y finalmente por una densa red de edificaciones, cemento, ladrillo y pavimento. Ahora casi toda la flora que se encuentra en la ciudad no es originaria de la misma Sabana y no crece sola: casi todos los árboles, arbustos y flores que vemos en avenidas, parques y jardines, son plantas cultivadas por nosotros, los seres humanos.

Teniendo en cuenta estos cambios enormes, no deja de ser sorprendente que aún hoy, la ciudad alberga algunos cientos de especies de plantas que nacen y crecen espontáneamente. Muchas son nativas que desde hace milenios han crecido en los Andes colombianos. Otras son recién llegadas, exóticas que han sido introducidas, en forma intencional o accidental, procedentes de otros países y continentes.

Erigeron karvinskianus
Casi todas estas plantas silvestres son pequeñas hierbas que crecen en los prados y entre las grietas del suelo. Pero también hay algunos árboles, arbustos y trepadoras que se propagan por si solos en rincones de los jardines, en muros, alcantarillas y bordes de andenes.

Las plantas silvestres suelen ser ignoradas o, cuando se les presta atención, consideradas un estorbo en la ciudad. Se le da preferencia a las especies cultivadas, a aquellas que hemos decidido cómo, dónde y cuándo plantar. La flora silvestre escapa, al menos en parte, a estas decisiones. Puede surgir en cualquier momento, en forma veloz o, más a menudo, muy sutil, especialmente en los rincones de la ciudad donde las actividades de mantenimiento de la infraestructura y de las áreas verdes no llegan en forma regular.

La diminuta Cotula australis
Si observamos con más detalle esta pequeña legión de plantas silvestres, nos daremos cuenta que tienen una gran importancia. Mariposas, abejas y moscas de las flores visitan asiduamente las flores de algunas especies. Las orugas de varias mariposas se alimentan con las hojas de ciertas hierbas de las grietas y prados. Margaritas, carretones y dientes de león pintan de colores los prados urbanos. Las plantas silvestres suelen mostrar una notable resistencia y muchas de ellas pueden ser especies ideales para fomentar su crecimiento en jardines de flores nativas y techos verdes pensados para la biodiversidad.

Pensando en todo esto, hemos creado un proyecto en iNaturalist para que todos ustedes puedan conocer más sobre la flora silvestre de Bogotá y puedan aportar sus observaciones. Así lograremos conocer más este importante grupo de plantas. Pueden verlo aquí: http://www.inaturalist.org/projects/flora-silvestre-de-bogota

domingo, 1 de marzo de 2015

Las aves urbanas de Colombia

Ciudades que crecen, aves que se adaptan

Espatulilla (Todirostrum cinereum) - D. Sanches - 2006
Vivimos en un mundo donde lo urbano toma cada vez más importancia. Cada vez más habitantes del mundo viven en ciudades, situación que también se presenta en Colombia. Aquí, casi tres cuartas partas de la población humana están ahora conformadas por habitantes urbanos. Las ciudades crecen y crecen y, como es natural, cambian radicalmente las áreas que van ocupando. Sin embargo, este cambio no necesariamente es negativo para el resto de organismos con los que compartimos este planeta. Mirando las aves, por ejemplo, es evidente cómo cada vez más especies van ocupando los ambientes de las ciudades, adaptándose a su existencia permanente o temporal en los hábitats tan transformados que aquí se encuentran.

 

Las cifras de aves urbanas

Pato careto o barraquete (Anas discors) - D. Daniels - 2010
Aún no se cuenta con inventarios completos de las aves urbanas del país. De todas formas, es posible estimar que en la actualidad cerca de 500 especies viven en las ciudades colombianas en forma permanente (como residentes) u ocasional (como visitantes o migratorias). Esta es una cifra considerable, que incluye poco más del 25% de las aves registradas en el país. Es decir, una de cada cuatro especies de aves colombianas puede ser considerada ya un ave urbana.

Para Bogotá, se han mencionado registros de algo más de 150 especies; para Medellín, alrededor de 200 especies; y para Cali, más de 250 especies.

Sin embargo, estas cifras hay que tomarlas con cuidado, pues a menudo incluyen no sólo aves registradas en los ambientes estrictamente urbanos, sino también incluyen aves de ambientes rurales vecinos a las ciudades, aves que, aunque han mostrado su capacidad de adaptación a ambientes cercanos a los grandes centros de población, no pueden ser aún consideradas estrictamente urbanas.

Aquí consideramos “ave urbana” a toda especie que, en forma regular u ocasional, como residente o como visitante o migratoria, ha sido registrada en varias ocasiones utilizando los hábitats artificiales o (semi) naturales presentes dentro del área urbana de las ciudades principales. No se incluyen las especies presentes exclusivamente en las áreas rurales de los municipios que conforman estas ciudades.

Como “ciudades principales” entendemos aquí las ciudades colombianas con más de 400.000 habitantes: Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Cartagena, Cúcuta, Pereira, Bucaramanga, Ibagué, Pasto, Santa Marta, Villavicencio, etc.

 

Diferentes ambientes para las aves

Copetón o pinche (Zonotrichia capensis) - D. Sanches - 2007
Las ciudades se configuran entonces como importantes sitios de residencia y de paso de las aves. Sin embargo, no todas las especies se adaptan con la misma facilidad, ni de la misma forma a los ambientes urbanos. Entender las necesidades de cada grupo de aves nos puede dar pistas sobre sus patrones de distribución y sobre cómo conservarlas mejor. Los principales hábitats urbanos y las aves presentes en cada uno de ellos pueden describirse como sigue a continuación.

Áreas duras
Poquísimas especies de aves se adaptan a vivir en las áreas duras de la ciudad. Entre estas aves podemos mencionar al gallinazo o chulo (Coragyps atratus) y la guala (Cathartes aura), que se alimentan de basura y carroña; a la comunísima paloma doméstica (Columba livia); a la lechuza (Tyto alba), cazadora de ratas y ratones; y a una gran variedad de golondrinas, que se alimentan capturando insectos en el aire.

Áreas verdes más pequeñas y aisladas (jardines, etc.)
Sólo un porcentaje pequeño de las especies de aves urbanas (quizás cercano al 20%) usan en forma regular las áreas verdes más pequeñas y aisladas (jardines y antejardines, terrazas, glorietas, separadores de vías). Algunas de estas especies, por su cercanía a las viviendas humanas, son las aves más conocidas por los colombianos: tortolitas o abuelitas (Columbina spp.), torcaza (Zenaida auriculata), periquitos (Eupsittula pertinax, Forpus conspicillatus, Brotogeris jugularis), colibríes (Colibri coruscans, Anthracothorax nigricollis, Chlorostilbon gibsoni, Amazilia tzacatl), bichofué o cristo-rey (Pitangus sulphuratus), sirirí (Tyrannus melancholicus), cucarachero (Troglodytes aedon), mirla embarradora o mayo (Turdus ignobilis), azulejos (Thraupis episcopus, Thraupis palmarum) y pinche o copetón (Zonotrichia capensis).

Entre septiembre y abril, una variedad de aves migratorias aparecen en estas áreas verdes menores: atrapamoscas (Contopus, Empidonax), verderones (Vireo), buchipecosas (Catharus), cardenales o pirangas (Piranga) y reinitas (Parulidae). La mayor parte de estas especies migratorias usa estos reducidos hábitats sólo para descansar y alimentarse. A los pocos días, luego de reponer fuerzas, parten a sitios más amplios y adecuados para pasar la temporada invernal.

Áreas verdes más grandes y aisladas (parques)
Guacamaya (Ara severus) - D. Daniels
La mayor parte de las especies de aves urbanas dependen de espacios verdes más grandes para poder vivir. En parques urbanos de entre 0.25 Ha a 100 Ha o más de extensión, relativamente aislados y dominados por prados, jardines y árboles plantados, puede encontrarse una gran parte de las aves registradas en la ciudad. En estas áreas extensas es posible encontrar aves rapaces, loros y guacamayas, varios colibríes, atrapamoscas, tangaras y otras aves pequeñas. Si hay presencia de lagos o humedales, también se encuentra una variedad de aves acuáticas, incluyendo patos, zambullidores, garzas, tinguas o polluelas de agua y aves playeras. Una característica común de la mayor parte de estas especies es su gran capacidad de desplazamiento, lo que les ayuda a aprovechar los recursos presentes en zonas verdes aisladas, inmersas como islas en un mar de cemento, ladrillo y asfalto.

Áreas verdes más conectadas, con vegetación nativa
Las aves más raras y especiales asociadas a las ciudades son aquellas que dependen de hábitats conectados y con vegetación nativa para sobrevivir. Estas especies, muchas de ellas habitantes de la espesa vegetación y pobres voladoras, sobreviven en las ciudades sólo cuando se conservan corredores de vegetación natural a lo largo de las quebradas, ríos, humedales y bordes urbanos y se mantiene la conectividad de estas zonas con áreas rurales con vegetación nativa más extensa.

Este es un grupo de aves importante: un gran porcentaje de las aves urbanas de Colombia son exclusivas de estos hábitats más naturales y conectados. Y aquí es donde se alojan la mayor parte de las especies endémicas y amenazadas presentes en las ciudades, aquellas que tienen prioridad para su conservación. Ejemplos de aves urbanas de gran interés incluyen guacharacas (Ortalis columbiana) en el barrio El Poblado en Medellín. Tingua bogotana (Rallus semiplumbeus) y chirriador (Cistothorus apolinari) en los humedales de Bogotá. Y pava hedionda (Opisthocomus hoazin) en los humedales de Villavicencio.

 

Especies aisladas

La rápida urbanización de las ciudades puede dejar “atrapadas” algunas especies con poca capacidad de desplazamiento en áreas verdes aisladas en medio de la ciudad. Como ejemplos, podemos mencionar los cucaracheros (Troglodytes aedon) que habitan en el Jardín Botánico de Bogotá. O las perdices (Colinus cristatus) del campus de la Universidad del Magdalena, en Santa Marta. Estas poblaciones pequeñas y aisladas pueden resultar particularmente vulnerables a la extinción en el largo plazo.

 

Recomendaciones para la conservación

Tucancito (Aulacorhynchus prasinus) - B. Gratwicke - 2008
Como vemos, las ciudades colombianas son un hábitat importante para muchas especies, incluyendo especies endémicas y amenazadas. Fomentar las poblaciones de aves silvestres dentro de las ciudades no sólo puede contribuir a la conservación de muchas especies, sino que también propicia un acercamiento de la gente a la naturaleza, acercamiento cada vez más necesario en estos tiempos que corren.

Para seguir incrementando la importancia de las ciudades como refugios para las aves son esenciales: 1) Una adecuada planeación y gestión urbana. 2) Reservar suficientes áreas como parques y áreas verdes urbanas. 3) Conservar, como reservas naturales urbanas, restos de hábitats naturales (bosques, matorrales, humedales, etc.) que se encuentren en cada ciudad y sus alrededores inmediatos. 4) Establecer como corredores biológicos las rondas de las quebradas y ríos y los bordes urbanos, permitiendo que áreas verdes aisladas dentro de la ciudad se conecten con áreas verdes más extensas fuera de ella. 5) Plantar especies de flora atractivas para las aves, con énfasis en especies nativas.


lunes, 23 de febrero de 2015

Murciélagos en Bogotá

Murciélagos y climas

Anoura geoffroyi - NBII
Los habitantes de Bogotá que de vez en cuando bajamos de esta ciudad a zonas más bajas, podemos sorprendernos con la cantidad de murciélagos que se encuentran en las vertientes y llanuras de clima templado y caliente del país. En las zonas bajas, los murciélagos hacen parte de la fauna visible y común de cada región. No es más que sentarse alrededor de las seis de la tarde en un sitio con algunos árboles grandes y mirar el cielo mientras cae la noche. Al momento, empezaremos a ver sus oscuras siluetas en vuelo, rápidas y erráticas, aleteando aquí y allá. Y, si vencemos nuestro miedo y prejuicios hasta estos animales, les damos la atención que merecen y los miramos con cuidado mientras vuelan, podremos ver que hay murciélagos grandes y murciélagos pequeñitos, murciélagos que vuelan alto y murciélagos que vuelan cerca del piso. Incluso, si tenemos buen oído, quizás percibamos el sonido de sus aleteos y los agudos tintineos que estos animales producen para orientarse.

 

Los (pocos) murciélagos de Bogotá

Luego de narrar esta escena de atardecer de clima caliente, podemos compararla con lo que se ve en Bogotá. En esta ciudad podemos quedarnos sentados a las 6 pm y esperar la noche y lo más probable es que no veamos ningún murciélago. De hecho, viviendo en Bogotá y experimentando diariamente la ausencia de estos animalitos voladores, podemos llegar a pensar que aquí no hay murciélagos en absoluto. Es verdad que en las zonas de clima frío, por encima de 2500 metros de elevación, los murciélagos son mucho menos comunes y diversificados que en zonas bajas. Sin embargo, sí existen especies de murciélagos que se han adaptado a las zonas altas de montaña y varias de estas especies viven en Bogotá. Son pocos, pequeños y discretos, es cierto, lo que dificulta encontrarlos. Pero a veces, con suerte, podremos ver un murciélago pequeñito, quizás en veloz vuelo, quizás revoloteando a toda velocidad alrededor de un guayacán de Manizales (Lafoensia) tomando el néctar de sus flores.

 

Murciélagos de altura

Lasiurus cinereus - Felineora - 2013
Los murciélagos de clima frío se componen de los siguientes grupos principales. Murciélagos nectarívoros (Anoura), caracterizados por sus hocicos agudos y larga lengua, adaptados para tomar néctar y polen de las flores al mejor estilo de un colibrí. Murciélagos de hombros amarillos (Sturnira), los cuales se alimentan de frutos, sobre todo de plantas del género Solanum (frutillos, tomatillos). Murciélagos de cola larga (Eumops, Tadarida) que se alimentan de insectos grandes atrapados en alto vuelo. Y una variedad de pequeños murciélagos verspertiliónidos cazadores de insectos, que incluyen los murciélagos cafés (Eptesicus), murciélagos orejas de ratón (Myotis), murciélagos de cola peluda (Lasiurus) y murciélagos orejudos (Histiotus). Estos dos últimos géneros de murciélagos (Lasiurus e Histiotus) son quizás los que mayores elevaciones alcanzan en el país: se han registrado a alturas cercanas a 3500 metros sobre el nivel del mar.

viernes, 2 de mayo de 2014

Biodiversidad urbana - Vida silvestre en medio de la ciudad

Park Way - Hábitat de 45 especies de plantas - Pedro Felipe - 2013
Más de un año llevo viviendo en la localidad de Teusaquillo, en Bogotá. En este tiempo, he estado observando la vida que se mueve en medio de la ciudad. Una vida que va más allá de mi vida, de mis amigos, de mi trabajo y de mis problemas de cada día, más allá de las tareas y las reuniones, más allá de las casas y calles, más allá de los negocios, los transeúntes, los trancones, el afán, los accidentes, la basura, las noticias, el computador, el celular, la política, el supermercado. Es decir, una vida que va más allá de nuestra vida como humanos, una vida a la que, para descubrirla, tenemos que sacarle tiempo, estar tranquilos, mirar alrededor, agacharnos, alzar la cabeza, mirar las copas de los árboles. Hablo de toda esa vida representada por cientos de especies de plantas y animales, cada una de ellas tan única y especial como lo somos nosotros los seres humanos.

Fácilmente podemos pasar por alto a todos estos seres, darlos por sentados, verlos como parte del paisaje. Pero la verdad es que la vida de cada uno de ellos es tan interesante, dramática y llena de cambios como la vida de cualquiera de nosotros. Una pequeña polilla diurna del Park Way, disfrazada de mariposa con sus colores negro y anaranjado, tiene que socializar, esquivar las pisadas de perros y humanos, elevarse sobre los árboles, arriesgar su vida al pasar la calle, encontrar una pareja, llegar a un sangregado para poner sus huevos...quizás logre llegar con éxito al final de su vida, quizás muera en el intento. ¿Cómo será ese momento de su vida cuando cae un fuerte aguacero? ¿Cómo habrá sido su nacimiento a la vida aérea cuando salió de una crisálida? ¿Cómo percibirá el paisaje cuando revolotea sobre el parque, a 10 m de altura sobre nuestras cabezas?

Torcaza (Zenaida auriculata) - D. Sanches - 2008
Y así como este pequeño insecto despierta tanta curiosidad en mí, asimismo lo hace la pequeña orquídea urbana que nació aquí, en medio del pavimento, la pareja de búhos que cazan tinguas en la noche, el pequeño árbol de duraznillo que, de la nada, aparece en una grieta del andén, las palomas que crían a sus polluelos en el tejado al lado de mi ventana, la hembra de chamón que espía a los copetones, buscando la oportunidad para introducir en su nido un huevo que ella no va a criar... ¿No son vidas todas éstas, vidas que llenan nuestro alrededor, nos llenan a nosotros y siempre nos dan algo que observar, algo en qué pensar?

Claro está, si les damos tiempo, nos fijamos con cuidado y somos pacientes.

Los colores de Teusaquillo...
Además de observar, me gusta contar y recopilar. Por eso termino este artículo con una lista de datos sobre el mundo natural de Teusaquillo; dirigida a los curiosos sobre biodiversidad urbana y hecha para aquellos que pueden pensar que un barrio en medio de la ciudad no tiene mucho que ofrecer en términos de descubrimientos y observaciones interesantes sobre plantas y animales.
  • El Park Way, que se extiende desde la calle 34 hasta la 45, alberga en términos de flora, mucho más que urapanes, sangregados y chicaláes. Hace dos semanas estuve recorriéndolo con mucho cuidado y encontré 45 especies de plantas vasculares creciendo en él. Muchas de ellas son hierbas diminutas que crecen entre las grietas del suelo, otras hay que buscarlas encima de los troncos y ramas de los árboles más gruesos.
  • La presencia de abundantes torcazas o tortolitas (Zenaida auriculata) bajo los árboles de sangregado (Croton) indica que estos están produciendo semillas, que las aves comen. He contado hasta 16 individuos debajo de un mismo árbol.
  • He encontrado en Teusaquillo dos ejemplares de la orquídea Cyclopogon elatus, la única orquídea urbana que crece silvestre en Bogotá lejos de los cerros Orientales.
  • En noviembre del año pasado vi un vencejo migratorio (Chaetura sp.) volando sobre el parque del Brasil, el primer vencejo que observo en mi vida volando sobre la ciudad.
  • Ese mismo día del vencejo (5 de noviembre) vi un gordo gavilán migratorio (Buteo platypterus) posado en la punta de un viejo pino en el mismo parque del Brasil.
  • Sorprende la presencia de rapaces urbanas, aves que por estar en la cima de las cadenas tróficas, son particularmente vulnerables a los cambios en su medio ambiente: en un año y pico he registrado cernícalo (Falco sparverius), gavilán (Buteo platypterus), búho (Asio stygius) y lechuza (Tyto alba).
  • En este siglo XXI que apenas comienza Bogotá está presenciando la llegada de una nueva especie de ave que antes sólo se encontraba en climas más calientes. Se trata del alcaraván (Vanellus chilensis). Parejas de estas aves pasan volando sobre Teusaquillo (al parecer en dirección norte-sur), incluso durante las horas de la noche, cuando se las detecta por su ruidoso canto.
Alcaraván, reciente colonizador de Bogotá - Mdf - 2008

jueves, 1 de mayo de 2014

Cucaracheros en Bogotá

Las aves comunes

Cucarachero (Troglodytes aedon) - M. Tillett - 2010
La avifauna “básica” de Bogotá, es decir aquellos pájaros que puede uno encontrar en más abundancia en casi cualquier sitio de la ciudad, está compuesta por un reducido número de especies: copetón, mirla, paloma, torcaza o tortolita café, chulo, chamón y golondrina; si el sitio tiene zonas verdes más extensas, también aparecen el colibrí y el carbonero. Por supuesto que la ciudad, especialmente en sus grandes parques y humedales, alberga una lista mucho más larga de especies de aves, pero la mayor parte de éstas son escasas y localizadas o son migratorias que sólo permanecen un breve período de tiempo en la ciudad. De modo que las aves comunes y residentes se reducen a un puñado de especies, que parecen ser constantes por todos lados, a lo largo del tiempo.

Por eso me resulta un poco extraño descubrir que hace unas décadas hubo otras aves que también fueron comunes en la ciudad. Una de ellas es el cucarachero (Troglodytes aedon), una de las avecitas más familiares y ampliamente extendidas de Colombia. Cucaracheros se pueden encontrar en la Amazonía, en las elevadas montañas de los Andes, así como en las calurosas llanuras del Caribe, y desde las húmedas regiones de la costa Pacífica hasta las extensiones abiertas de los Llanos Orientales.

 

Cucaracheros del pasado

Típica vegetación nativa de los alrededores de Bogotá
Pero, aunque el cucarachero es común en la Sabana de Bogotá, para aquellas personas que reconocen las aves que viven a su alrededor, este pajarito probablemente no esté incluido en la actualidad dentro del “inventario” de aves más típicas de la ciudad. Y, sin embargo, en el pasado fue un ave urbana bien conocida. Del cucarachero dice Antonio Olivares, en su obra “Aves de Cundinamarca”, publicada en 1969: “Común en la Sabana; frecuenta las ciudades y anida en los techos de las casas; es de las pocas especies que acompañan al hombre en la ciudad capital y que le amenizan la vida con su agradable canto.”

Frases que parecen remotas en una ciudad donde los cucaracheros ya son difíciles de encontrar. Hay que reconocerlo, hasta mediados del siglo XX Bogotá era una ciudad de apenas 600.000 habitantes, una ciudad pequeña rodeada por todos lados de campo, con lotes y solares cubiertos de espesa vegetación que gustaba al cucarachero, un ave que más que árboles, necesita abundante cobertura de arbustos y matorrales para ocultarse y hacer su vida. Luego de esta fecha, la ciudad creció a un ritmo exponencial, hasta alcanzar los más de 8 millones de habitantes de la actualidad. Más habitantes significan más casas y edificios, más cemento y menos campo. La ciudad sigue teniendo valiosas zonas verdes, pero casi todas han sido transformadas; se ha dado prioridad a los árboles y al prado; en cambio, los arbustos espesos, los matorrales, el sotobosque o “monte” o como se lo quiera llamar, es decir, la vegetación espesa e impenetrable que en todo sitio silvestre crece en abundancia, ha sido drásticamente reducida, a menudo eliminada por completo. El cucarachero perdió así su casa y fue desapareciendo gradualmente de los parques y jardines más centrales, aquellos más alejados de los bordes de la ciudad y de los corredores de vegetación en mejor estado. Con todo, en medio de Bogotá todavía sobreviven pequeñas poblaciones de cucaracheros, aisladas en las zonas verdes más grandes del occidente de la ciudad: por ejemplo en el Jardín Botánico.

 

El primer encuentro

Cucarachero entre la espesa vegetación - M. Tillett - 2010
Recuerdo la primera vez que escuché un cucarachero urbano. Tenía yo cerca de 10 años y estaba realizando una de mis primeras visitas al Jardín Botánico de Bogotá. Hambriento de verde, acostumbrado a un mundo color cemento, ladrillo y pavimento, todo lo que veía a mi alrededor me dejaba asombrado: pequeñas flores rosadas creciendo en un prado, altos robles extendiendo su fresca sombra, un pájaro rojo... Más adentro, en un sitio oscuro, cubierto por viejos cipreses de aspecto misterioso, surgió de pronto el gorgoteo musical de un ave. Un ave entonces desconocida para mí, un ave que tenía que descubrir. Siguiendo el sonido – labor difícil, pues el cucarachero se iba alejando oculto entre los arbustos más espesos – logré finalmente atisbar una bolita con la cola levantada, un plumaje discreto que se camuflaba con los alrededores, un pico que se abría de par en par para emitir una catarata de notas...

 

El futuro del cucarachero

Zarzas o moras (Rubus spp.) - hábitat excelente para el cucarachero
Con el tiempo, he llegado a conocer mejor al cucarachero. Afortunadamente sigue siendo un ave común en el campo y una que responde muy bien a la plantación de setos y de cercas vivas, poblando los nuevos hábitats que se crean cuando se instalan, en medio de campos y potreros, estas hileras de densos árboles y arbustos. También se lo encuentra con regularidad en los barrios vecinos a los cerros Orientales, aquellos que por su cercanía a zonas con vegetación silvestre, de “monte”, ofrecen un sitio adecuado para que los cucaracheros vivan y aniden. Si podemos entender que los cucaracheros, al igual que cientos de otras aves, ranas, mariposas y plantas, no necesitan de tantos prados ni de árboles para vivir, sino que requieren de arbustos, matorrales, marañas de enredaderas y si podemos conservar y recuperar en algunos lugares los corredores de “monte”, entendiendo que esta vegetación (y no la de un típico parque podado y abierto) es la verdadera reserva natural donde viven los animales más interesantes y amenazados, el cucarachero seguirá acompañándonos por los siglos de los siglos, alegrándonos nuestras vidas con sus graciosos movimientos y su agradable canto.

viernes, 14 de febrero de 2014

Usos de la biodiversidad – La flora nativa como plantas de interior

La colección de flora

Chamaedorea linearis
Desde que era niño, siempre he tenido en los diferentes sitios donde he vivido una variada colección de plantas de interior. Más variada cuando he vivido en la ciudad. Mientras que en el campo, en Subachoque y Sopó, ha estado reducida a unos pocos ejemplares; pareciera como si la abundancia natural de flora fuera de casa no favoreciera mi dedicación a la colección de plantas cultivadas en el interior de ella. Ahora que vivo nuevamente en la ciudad, vuelve una etapa de intensa jardinería de apartamento. Y estoy aprovechando este período para consolidar una serie de observaciones que vengo acumulando desde hace casi 20 años, sobre el uso de plantas nativas como plantas ornamentales y sobre el comportamiento de estas especies cuando son plantadas en interiores. En este artículo van algunas de las estas observaciones y reflexiones sobre este campo con tantas posibilidades.

 

Un ambiente difícil

Primero que todo: es claro que no todas las plantas silvestres tienen características que favorezcan su uso como plantas de interior. O mejor, dicho de otra manera: las condiciones del interior de casas, apartamentos y oficinas son tan particulares, tan distintas a las del ambiente que hay al exterior de ellas, que sólo determinadas plantas son capaces de adaptarse bien a ellas.

¿Cuáles características son comunes en ambientes de interior? Primero que todo, una temperatura más estable, con variaciones menos extremas que las que se encuentran en un área al aire libre. En climas fríos, la temperatura de un interior suele estar varios grados por encima de la temperatura que reina afuera. En climas cálidos, la temperatura de interior (al menos la diurna) suele ser más fresca que la que reina en zonas expuestas afuera de la edificación.

Otra diferencia notable es la ventilación. En interiores, suele haber un notable estancamiento del aire en comparación con las zonas al aire libre, estancamiento que afecta a las plantas mucho más de lo que uno podría pensar. Y está el tema de la humedad ambiental, también reducida en ambientes de interior, en comparación con los exteriores.

¿Cómo afecta todo esto a las plantas? Para empezar, es más fácil que al interior de un apartamento, casa u oficina, prosperen mejor plantas propias de climas cálidos a templados. En cambio, pasar una planta que sea exclusiva de clima frío a un interior (incluso si la edificación está situada en clima frío) suele causar un deterioro evidente del ejemplar, que a menudo desemboca en su muerte.

La baja ventilación favorece el desarrollo de plagas, por ejemplo de pulgones y mosquitas blancas, las cuales, nuevamente, dañan y hacen morir a los ejemplares. La baja humedad ambiental reseca especies delicadas como musgos, helechos, orquídeas y muchas otras especies propias de bosques lluviosos.

¡Y eso que todavía no hemos hablado de luz y de riego! Un jardinero conocedor y sensible sabrá poner cada planta en una posición favorable, donde reciba abundante sol si es una especie adaptada al crecimiento en áreas expuestas; o en sombra si es una especie del interior de un bosque; o en todo un gradiente que va del semisoleado a la semisombra, dependiendo de las necesidades de la planta en particular. Y sabrá regarla en abundancia cuando sea necesario o casi nada cuando asimismo la planta lo requiera. ¡Algo que no se aprende leyendo sino haciendo, observando, sintiendo!

 

Las plantas apropiadas

Gaque (Clusia multiflora)
Así las cosas, no es de extrañar que, luego de siglos de ensayos, la flora que se cultiva comúnmente en interiores pertenezca a un pequeño “club” de especies que han demostrado un excelente rendimiento sometidas a la temperatura relativamente alta y estable, la baja humedad y la relativa baja ventilación presente en la mayoría de casas, oficinas y apartamentos. Este “club” está formado por especies procedentes de todos los rincones del planeta, de todos los continentes y de las más variadas islas oceánicas. Dos grupos de especies que han mostrado una buena adaptación a las condiciones de interior son:

1)    Plantas con hojas o tallos carnosos. Aquí se incluyen plantas de desierto como cactus y crasuláceas, que toleran bien el aire seco y la falta de riegos regulares; también begonias, peperomias, aráceas, bromeliáceas, ficus, chefleras, algunos helechos resistentes a la sequía y otras plantas que en la naturaleza crecen sobre piedras o como epífitas y que, en su adaptación a estos ambientes, han desarrollado tallos que acumulan agua y hojas que reducen la evaporación.

2)    Plantas de sotobosque, especialmente palmas, dracenas, marantáceas y aráceas. Están adaptadas a crecer en condiciones de baja luminosidad, comunes en interiores.

Además de éstas, varias otras plantas han prosperado en interiores: por ejemplo araucaria, croto, café, aguacate, algunas plantas bulbosas, algunas (muy pocas) orquídeas.

 

¿Y las nativas?

Flor de la Begonia foliosa
Entendiendo que las condiciones de interior son difíciles para el cultivo de una variedad de plantas, me asombra, de todos modos, que de las listas que di anteriormente, se hayan ensayado tan pocas especies nativas de Colombia. La mayor parte de los cactus que vemos cultivados en interiores son méxicanos, argentinos o de otros países. ¡Y eso que Colombia tiene muchas especies nativas! Las bromelias que compramos para adornar nuestras casas corresponden en su mayoría a especies brasileñas, “mejoradas” en Holanda. Y eso que hay centenares de especies nativas de esta familia en el país. Las palmas de interior vienen de remotas islas del Pacífico y, en cambio, casi nadie cultiva las nuestras. Así se repite la historia para las begonias, peperomias, ficus, anturios y tantísimas otras plantas. Sabemos que estas plantas pertenecen a grupos que han mostrado su aptitud para ser ensayados como plantas de interior. ¡Pero casi nadie ensaya ni cultiva las especies nativas de estos grupos! Nos conformamos con lo fácil, con lo que ya existe, con imitar lo que vemos a nuestro alrededor, con comprar lo que los viveros venden. Y mientras tanto, nuestra flora nativa va desapareciendo, desapercibida, sin que se la considere bella y valiosa, digna de cultivo...

 

Los ensayos

Philodendron - esqueje de 6 meses de edad
Por eso he tomado la decisión de que mi casa sea distinta. Amo la flora nativa y quiero aprender a propagarla. Quiero tener las plantas cerca de mí, verlas cuando me levanto, cuando desayuno, cuando descanso o (como hago ahora) cuando escribo estas líneas. Por eso busco en mis caminatas semillas y esquejes, anoto cuáles especies son de fácil cultivo, cuáles son de lento crecimiento y cuáles son las más veloces, reviso sus hojas en busca de indicios de plagas, busco ante todo que las plantas se vean bien, estén a gusto, creciendo en condiciones adecuadas para cada una de ellas. Así he descubierto que la palmita Chamaedorea linearis, tan común en nuestros bosques de niebla, es una excelente, rápida y agradecida planta de interior. Que es muy fácil propagar los Philodendron que trepan por los árboles de todas nuestras selvas húmedas con tan sólo cortar un pequeño esqueje de ellos. Que las begonias nativas son facilísimas de cultivar, con muy poca incidencia de plagas. Ahora estoy ensayando dos especies de gaques (Clusia multiflora y la endémica Clusia orthoneura) como árboles de maceta. Si a éstas sumo las plantas de la terraza, ya son cerca de 30 especies nativas las que tengo en este instante en cultivo, en la mitad de Bogotá, alegrándome los días y revelando estados y comportamientos que un día, quizás, mostrarán su utilidad para el cultivo más generalizado de estas especies.


jueves, 24 de octubre de 2013

Las hierbas silvestres de Bogotá

El mundo de lo espontáneo

Symphyotrichum subulatum - Nativa
En la ciudad, las hierbas silvestres (las así llamadas “malezas”) están siempre a nuestro lado. En las grietas del pavimento, en las orillas de las calles, encima de los andenes y en lo alto de los muros. Usualmente las ignoramos y, sin darnos cuenta, hasta las pisamos. A ellas les da igual: allí siguen, fuertes, prolíficas, aguantando el intenso sol, la sequía, los aguaceros, la contaminación, el peso de los transeúntes... A veces reparamos en su presencia, quizás atraídos por el surgimiento de una flor especialmente vistosa, quizás por su excesiva proliferación en un sitio particular. El interés suele ser pasajero y pronto continuamos nuestro camino, volviendo a dejar de lado a estas ubicuas plantas, que desaparecen de nuestra atención, convirtiéndose en una parte más del paisaje. A cualquier persona interesada en la naturaleza, bien le serviría dedicar un poco más de energía a la observación de estas hierbas silvestres. Su mundo, desde que nacen de una pequeña semilla hasta que mueren marchitas o arrancadas, está tan lleno de acontecimientos y dramas como cualquier otro. Y sus historias de vida revelan datos tan interesantes como los que podemos encontrar en la flora de cualquier bosque o de cualquier otro ecosistema natural alejado de la ciudad.

 

Flores atractivas, plantas diminutas

Diente de león (Taraxacum officinale) - Exótica
Recorriendo las calles de Bogotá desde que era un niño, he venido conociendo el pequeño mundo de sus hierbas silvestres. Más de una vez me he agachado para mirar una plantica diminuta, para descubrir un pasto diferente, para sorprenderme con una flor que no había visto antes. Así, he llegado a saber que la flora de hierbas espontáneas que surgen en Bogotá está compuesta por más de 200 especies diferentes. Si queremos descubrirlas tenemos que buscar por todas partes: en los prados podados y sin podar; dentro de alcantarillas que tienen la tapa rota; en paredes y muros húmedos; en las vías férreas; entre la tierra negra de los jardines; sobre los tejados de casas viejas. Algunas hierbas son tan vistosas que son muy fáciles de descubrir: el diente de león (Taraxacum officinale), con sus atractivas flores amarillas, puede ser la hierba silvestre más conocida de la ciudad. También resultan comunes y vistosos los carretones o tréboles (Trifolium pratense, T. repens) con sus flores blancas y moradas que decoran los prados. Muchas otras hierbas pasan desapercibidas por ser poco vistosas (por ejemplo, casi todos los pastos). Algunas no se las descubre por ser diminutas: así es como casi nadie se percata de la presencia de las especies de Sagina, que se levantan apenas unos pocos milímetros entre las grietas del suelo.  La Nierembergia repens, uno de los miembros más diminutos de la familia de la papa y los borracheros (solanáceas), es otro buen ejemplo: sus hojas apenas alcanzan 1 cm de longitud y la planta, apretada contra el suelo, es casi invisible temprano en las mañanas y hacia el atardecer; sólo entre las 9 am y las 3 pm, que es cuando sus flores se abren, puede llegar a atrapar nuestra atención, si estamos mirando al piso. ¡Toda una prueba para nuestra capacidad de observación! 

 

La supervivencia de lo nativo

Nierembergia repens - Nativa
Muchas de las hierbas silvestres más comunes resultan ser especies exóticas, nativas de otros continentes y ahora naturalizadas en Colombia. Por ejemplo, el pasto kikuyo (Pennisetum clandestinum), el más común de nuestros pastos formadores de prados, es africano. El diente de león, los tréboles y muchas otras hierbas urbanas son de origen europeo. Pero las nativas también son comunes. Muchas especies autóctonas, que originalmente debieron haber crecido en los campos de cultivo indígenas y en las zonas más secas del altiplano, han podido sobrevivir y prosperar en la ciudad. Su especialización para crecer en hábitats marginales, secos y con poca capa vegetal, las ha salvado de la competencia de malezas introducidas (como el kikuyo) que han invadido suelos más fértiles. Entre estas hierbas nativas se cuentan el chisgo (Lepidium bipinnatifidum), la pequeña margarita (Symphyotrichum subulatum) y la cótula (Cotula australis). Tan interesante como esta supervivencia de hierbas de zonas secas, es la presencia de especies que antiguamente poblaron los bosques nativos (ya desaparecidos) que había en donde ahora está plantada la ciudad. Así, en algunos rincones poco tocados, aparece una orquídea, la única orquídea realmente urbana y silvestre de Bogotá: el Cyclopogon elatus, de florecitas blancas. Podemos encontrar esta orquídea en el suelo en algunos jardines (sobre todo al lado de raíces de árboles, en sitios poco fértiles), encima de muros de piedra y sobre viejos tejados de teja española. Esta orquídea, al lado de algunos helechos y de arbustos como el chilco (Baccharis latifolia) puede ser el último rastro de la vegetación original de la región que todavía crece silvestre en la ciudad.

La pequeña orquídea Cyclopogon elatus - Nativa

sábado, 5 de octubre de 2013

De cauchos, muros, frutos y avispas...relaciones de vida dentro de una ciudad

Cauchos por (casi) toda Colombia

Caucho sabanero (Ficus americana) en Bogotá
Hay un árbol en Bogotá que, por su carácter silvestre, me llama la atención como ningún otro. Se trata del caucho sabanero (Ficus americana). Es un árbol que se cultiva en la ciudad hace por lo menos 100 años, pero que, hay que reconocerlo, no es nativo precisamente de la Sabana. La especie tiene una distribución muy amplia en Colombia y se extiende naturalmente desde La Guajira hasta el Amazonas, desde el Pacífico hasta los Llanos Orientales, desde el nivel del mar hasta 2500 metros de elevación (y algo más arriba, cuando es cultivado). En cercanías de Bogotá, sus poblaciones silvestres más cercanas se encuentran bajando por las vertientes occidentales de la cordillera, en sitios como Zipacón, La Vega y San Francisco. Debido a su variabilidad y a su distribución tan amplia, el caucho sabanero ha recibido diversos nombres en el pasado, entre ellos Ficus soatensis y Ficus andicola. Viejos ejemplares, con copas que se extienden como amplios parasoles, pueden observarse en sitios como el Museo Nacional y el parque del Chicó.

 

Frutos sin madurar

Hojas de caucho sabanero
Recuerdo que, cuando yo era un niño, me la pasaba metido debajo de los árboles, mirando hacia arriba, buscando dentro del follaje las siluetas móviles de aves migratorias. Y me gustaba saber el nombre de los diferentes árboles, recoger sus hojas y sus frutos. Por eso recuerdo muy bien que los cauchos sabaneros, por allá por 1990, no producían frutas maduras en Bogotá. De sus ramas caían al suelo bolitas cafés, duras y sin desarrollar. Más adelante supe que el caucho sabanero y todos los demás árboles del género Ficus requieren la presencia de diminutas avispas agaónidas, cuya talla apenas alcanza unos pocos milímetros y que son las únicas que pueden introducirse dentro del receptáculo que guarda las flores (el “sicono”) para llevar a cabo la polinización. Pues bien, en la Bogotá de 1990 había todavía muy pocos ejemplares de caucho sabanero en la ciudad, todos ellos plantados, sus semillas traídas de otras regiones del país, los ejemplares dispersos. Esta población de árboles tan incipiente no debía todavía funcionar como albergue para las avispas polinizadoras, por lo que prácticamente no se desarrollaba fruto alguno.

La aparición de los frutos maduros

Joven caucho plantado en la ciudad
La situación empezó a cambiar ya cerca del año 2000, cuando se inició en Bogotá, por primera vez en su historia, una plantación masiva de especies nativas. Entre los árboles que más se propagaron estaba el caucho sabanero. Ahora la ciudad ya no tenía sólo unas pocas decenas de estos árboles, sino que su población fue aumentada en miles de ejemplares (el censo actual de árboles de la ciudad indica que hay más de 25.000 individuos de esta especie creciendo en el área urbana). Como el caucho sabanero es una especie de rápido crecimiento, estos nuevos ejemplares empezaron a florecer a los pocos años de haber sido plantados. Y aquí empezó el milagro. Cada vez más frutos empezaron a desarrollarse, a crecer, a adquirir una piel rojiza y una textura blanda. Es claro que, con tantos árboles ahora disponibles, las diminutas avispas polinizadoras por fin habían establecido poblaciones estables en Bogotá. ¿Cómo habrá sido la llegada de estas diminutas avispas a la ciudad? ¿De dónde habrán llegado? ¿Qué rutas habrán seguido? ¡Misterios que hay por resolver!

La invasión de los pequeños cauchos

Plántula de caucho sabanero en un muro
En la ciudad, los cauchos sabaneros están demostrando poseer muchas de las características que también exhiben en su medio natural. Empezando por el valor de sus frutos para la fauna silvestre. Las especies de Ficus producen cosechas a lo largo de todo el año y sus frutas son de las más apreciadas por aves y mamíferos silvestres. Desde que los cauchos sabaneros han empezado a fructificar en abundancia en Bogotá, se han convertido en una fuente de alimento favorita de mirlas (Turdus fuscater) y azulejos (Thraupis spp.) Ahora, las aves están ayudando a dispersar las semillas junto con sus excrementos. Y, gracias a su ayuda, el caucho está mostrando lo que verdaderamente es en la naturaleza: un árbol estrangulador. Los estranguladores son árboles que crecen encima de otros árboles (o a veces sobre el musgo de las piedras); desde ahí van lanzando raíces al suelo, abrazando con fuerza cada vez mayor a su anfitrión, cubriéndolo con su follaje, hasta que su árbol soporte muere (un proceso largo y lento, que tarda décadas); en su lugar queda un enorme caucho reemplazado al árbol estrangulado.

Caucho sabanero creciendo sobre una palma fénix
En los últimos 5 a 10 años, Bogotá ha comenzado a ser invadida por pequeños cauchos que están naciendo espontáneamente sobre los muros, en grietas del pavimento, dentro de alcantarillas y sobre palmas fénix (Phoenix canariensis).

Ahora se los desyerba para mantenerlos a raya. Pero puedo imaginar lo que ocurriría si los bogotanos nos extinguiéramos y dejáramos detrás una ciudad desocupada: los cauchos tomarían ventaja y descolgarían sus raíces desde muros y edificios, creando un mundo donde las ruinas se perderían dentro de la maraña del bosque.

¡Todo este potencial, guardado en su milimétrica semilla! Todo este potencial transportado por las aves, que comieron los frutos y dispersaron estas semillas. Todo este potencial, despertado por avispas diminutas, que polinizaron los frutos e hicieron viables estas semillas. ¿Habrán imaginado las primeras personas que plantaron los primeros cauchos en la Sabana de Bogotá, la cadena de eventos que estaban empezando a originar?

miércoles, 12 de junio de 2013

Búhos en la ciudad

El encuentro

Búho orejudo (Asio stygius) - H.G. Fischer - 2010
La semana pasada, cuando saqué a pasear a mi perra a un parque en Bogotá, era muy temprano, casi de noche. Medio adormilado, podía alzar la cabeza y ver el cielo oscuro que apenas insinuaba el azul que iba a mostrar poco después. Mientras miraba hacia arriba, vi un objeto caer desde un alto pino; descendía muy suavemente, como si fuera una hoja de papel o una bolsa de plástico. Me acerqué al sitio donde se posó en el suelo... ¡y resultó ser el ala de un pájaro! Un ala fresca, además, ya que en la base donde había sido arrancada se veía un poco de sangre. Inmediatamente lo supe: encima de mí había un búho tomando la última comida de la noche. Miré hacia arriba y, luego de buscar un rato, vi su silueta aleteando para mantener el equilibrio en lo más alto del árbol. Por su gran tamaño fue fácil identificarlo: un búho orejudo (Asio stygius). Sonreí. Ya me había topado varias veces en la ciudad con búhos de esta especie; y era la primera vez que veía uno comiendo. Siempre da gusto descubrir que la ciudad no es sólo una ciudad de humanos. También es una ciudad de búhos.

Ojos observadores

Currucutú (Megascops choliba) - D. Sherony - 2010
Ver bien un búho no es nada fácil. Estos animales pasan todo el día durmiendo en un sitio alto y oscuro. Quizás en un nicho dentro de un edificio, quizás en lo alto de un árbol, donde el follaje es más espeso. Sólo salen a volar ocultos por la oscuridad de la noche. Si los vemos entonces, será simplemente una silueta, grande y cabezona, pasando sigilosamente. Es por eso que para registrar búhos, los observadores de aves expertos cuentan más con detectar sus ululares y graznidos particulares, únicos para cada especie. A veces tenemos suerte y podemos encontrar un búho durante el día, cuando está descansando. Así fue la primera vez que vi un búho orejudo, sentado en lo alto de un árbol, en uno de los sitios más concurridos de la Universidad Nacional. Era muy curioso ver al enorme pájaro mirando a los cientos de transeúntes que pasaban debajo de su árbol, al tiempo que todos estos cientos de transeúntes no eran conscientes de que estaban siendo observados. Quizás nosotros no hayamos visto un búho. ¡Pero seguro habremos sido observados por alguno!

Búhos y dieta

Lechuza común (Tyto alba) - D. Daniels
¿Qué búhos hay en Bogotá? ¿Y qué comen? El búho orejudo del que hablamos se alimenta sobre todo de pájaros y de murciélagos. Al parecer, le gusta mucho comer palomas. En parques grandes de Bogotá también se escucha ocasionalmente el canto del currucutú (Megascops choliba), un búho pequeño, de apenas 23 cm de longitud; este búho se alimenta principalmente de insectos grandes, complementados con algún ratón. En los humedales de Córdoba y de La Conejera se registra al búho rayado (Pseudoscops clamator), cazador de pequeños mamíferos e insectos grandes. La lechuza común (Tyto alba) es común por toda Bogotá; en sus recorridos nocturnos, este pájaro parecido a un fantasma se dedica casi completamente a la cacería de ratas y ratones. Palomas, insectos, ratones...mientras la ciudad tenga alimento en abundancia, los búhos estarán ahí, haciendo su vida en forma paralela a la nuestra, mientras permanecen ocultos y silenciosos.

P. S. Al día siguiente de nuestro encuentro, regresé al sitio donde vi comiendo al búho orejudo para revisar los restos de su comida...resultó que el ave que atrapó era una tingua o polla azul (Porphyrio martinicus). La tingua es un ave acuática que realiza migraciones nocturnas entre diferentes humedales. Me imagino la extraña escena de un ave de humedal pasando por la mitad de la ciudad en medio de la noche...sólo para ver su migración interrumpida por un gran búho bogotano que la convirtió en su cena...