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sábado, 22 de febrero de 2014

Fincas al occidente de la Sabana – La finca El Cerro y sus poblaciones vegetales

Inventarios de biodiversidad

Angelito blanco (Monochaetum coronatum) - Endémico
Hace tiempo me he estado dedicando a responder las preguntas: ¿Cuántas especies de plantas crecen en una finca en particular? ¿Cuáles de ellas son endémicas? ¿Cuáles están amenazadas de extinción? Este ejercicio, llevado a cabo en la finca El Cerro, en Subachoque, lugar donde crecí y donde primero conocí el bosque andino y muchas de sus especies características, me ha permitido detectar que en sus 6 hectáreas crecen 483 especies de plantas vasculares (de las cuales 362 – un 75% - corresponden a especies nativas, silvestres en la región). Además, me ha permitido detectar 34 especies de plantas endémicas, que sólo habitan en Colombia y en ningún otro país del mundo. También he detectado 4 especies de plantas silvestres que han sido oficialmente categorizadas como amenazadas.

 

Las poblaciones vegetales

Sisymbrium solidagineum
Ahora quiero dar un paso más. Se trata de definir un grupo pequeño, prioritario, de 10 a 20 especies que por ser endémicas, amenazadas o muy raras, puedan recibir toda mi atención para su propagación en este año en curso y en los años que vienen. Para esto, he visto necesario responder una pregunta clave: ¿cuántos ejemplares crecen en la finca de ésta o de aquella especie particular?

Aun concentrándome en una lista pequeña, estudiando a fondo sólo las especies más raras, las endémicas, las amenazadas y las emblemáticas, es sorprendente lo difícil que es saber con total exactitud cuántos ejemplares de las diversas especies de plantas crecen en 6 hectáreas. En esta finca hay zonas inaccesibles, un cañón abrupto con paredes casi verticales, una vegetación densísima de bosque que, aún hoy, tiene sitios casi inexplorados donde sigo descubriendo especies nuevas para la región.

He descubierto que, para la mayor parte de las especies, resulta más práctico usar rangos de abundancia. En el caso de la finca El Cerro, los rangos de trabajo que definí son como sigue:

RARA: 1-9 ejemplares adultos
POCO COMÚN: 10-99 ejemplares adultos
COMÚN: 100-999 (e incluso más) ejemplares adultos

Los resultados de los conteos preliminares ya hacen aparecer una lista clara de prioridades para la propagación y muchos otros datos interesantes.

 

Conteos preliminares

Amarguero (Ageratina asclepiadea) - Endémico
Especies que resultan siendo comunes en la finca (y por tanto, menos urgentes de propagar) incluyen al endémico amarguero (Ageratina asclepiadea), al casi endémico tuno esmeraldo (Miconia squamulosa), al endémico quiche Vriesea sp. nov., al endémico cardón (Puya nitida, NT) y a algunas orquídeas (p. ej. Cyrtochilum revolutum y Gomphichis cundinamarcae).

Especies poco comunes incluyen al endémico frailejón (Espeletiopsis corymbosa), a la endémica piñuela (Greigia stenolepis, NT), al arrayán negro (Myrcianthes rhopaloides), a la diminuta orquídea Platystele oxyglossa (que tiene casi el 99% de su población en la finca creciendo en un solo tronco de encenillo).
Orquídea (Platystele oxyglossa)

Especies más raras han sido contabilizadas con más detalle: 
  • Amarguero amarillo (Critoniopsis bogotana, ENDÉMICA O CASI ENDÉMICA): 1 a 5 ejemplares adultos; en los últimos 20 años han surgido cerca de un centenar de ejemplares juveniles, producto de la regeneración espontánea.
  • Angelito blanco (Monochaetum coronatum – ENDÉMICA): originalmente 1 a 5 ejemplares adultos; en los últimos 2 años he plantado varios ejemplares adicionales, de modo que ahora la población adulta suma 10 ejemplares.
  • Calabacillo (Meliosma arenosa): 5 a 10 ejemplares adultos. En los últimos 6 años he plantado 9 ejemplares adicionales, todavía juveniles.
  • Cedro (Cedrela montana, VU): 1 ejemplar adulto; en los últimos 20 años han surgido espontáneamente, de semillas de este árbol y de árboles vecinos, varias decenas de plántulas de regeneración espontánea, incluyendo unas 10 que ya miden más de 4 m de altura.
  • Chuguacá (Hieronyma rufa - ENDÉMICA): originalmente unos 12 ejemplares adultos y por lo menos 3 juveniles. En los últimos 15 años he plantado otros 3 ejemplares adicionales, todavía juveniles. 
  • Citharexylum sulcatum (ENDÉMICA): 1 a 5 ejemplares adultos.
  • Mortiño (Hesperomeles goudotiana – ENDÉMICA): 3 a 5 ejemplares adultos, más unas pocas decenas de plántulas. En los últimos 15 años he plantado tres ejemplares, todavía juveniles.
  • Orquídea (Lepanthes sp. - POSIBLEMENTE ENDÉMICA): Sólo 1 ejemplar adulto. No he vuelto a encontrar esta especie en ninguna otra parte.
  • Orquídea (Masdevallia coccinea, EN - ENDÉMICA): Originalmente no presente en la finca, he plantado 3 ejemplares, todos ellos adultos, floreciendo y ya produciendo cápsulas de semillas.
  • Orquídea (Myoxanthus melittanthus): 5 ejemplares adultos.
  • Orquídea (Odontoglossum gloriosum, VU - ENDÉMICA): Originalmente no presente en la finca, he plantado 3 ejemplares, todos ellos adultos, uno de los cuales ya está produciendo su primera cápsula de semillas.
  • Pino hayuelo (Prumnopitys montana, VU): 2 ejemplares adultos y por lo menos 1 plántula; en los últimos años he plantado 7 ejemplares adicionales, todavía juveniles.
  • Roble (Quercus humboldtii, VU – CASI ENDÉMICA): Originalmente no presente en la finca. En los últimos 20 años he plantado 12 ejemplares, los cuales ya producen frutos; alrededor de ellos se observan cerca de 100 plántulas, producidas recientemente por regeneración natural.
  • Sisymbrium solidagineum (Hierba rara, muy poco colectada en Colombia, que sólo he encontrado en 2 sitios en mi vida): originalmente 2 ejemplares en la finca. En los últimos 5 años he plantado varios ejemplares adicionales, de modo que ahora la población incluye de 6 a 10 individuos. 
  • Symplocos mucronata (ENDÉMICA): 1 a 5 ejemplares adultos. En los últimos 5 años he plantado 6 ejemplares adicionales, todavía juveniles.
  • Uche (Prunus buxifolia – ENDÉMICA): 5 a 10 ejemplares adultos, más algunas decenas de plántulas y ejemplares juveniles. En los últimos 15 años he plantado 3 ejemplares adicionales, uno de los cuales ya produjo flores y frutos.
  • Yuco (Schefflera bogotensis, ENDÉMICA): 5 a 10 ejemplares adultos.
Orquídea (Lepanthes sp.) - Único ejemplar conocido

Todavía tengo que hacer un conteo detallado de algunas otras especies. Sin embargo, con este listado preliminar ya empiezan a aparecer claras algunas prioridades de conservación. Hace dos semanas estuve en la finca recogiendo semillas de varias de ellas y ya las estoy germinando. El objetivo: en 2 años aumentar las poblaciones de al menos 10 especies de la lista, por lo menos duplicando el número de individuos de cada una.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Fincas al occidente de la Sabana – Los gigantes del bosque

Roble (Quercus humboldtii)
Estos últimos días he estado dedicado a averiguar cuáles son las especies de árboles que alcanzan mayor tamaño en Colombia. Como era de esperar, los ejemplares más grandes se encuentran en las tierras bajas, más favorables para el desarrollo de la vegetación. Sin embargo en la montaña también hay muchos árboles de talla excepcional y por eso quise hacer el listado de las especies presentes en nuestra región al occidente de la Sabana de Bogotá que tienen el potencial de alcanzar regularmente tamaños sobresalientes.

Empecemos con la definición de tamaño. Un árbol que alcance 30 metros de altura ya puede ser considerado grande. 30 metros es el dosel regular de un bosque subandino plenamente maduro. Todo árbol que supere esta altura se constituye en un emergente. En este artículo no vamos a tratar sobre árboles simplemente “grandes” sino que nos vamos a limitar a los gigantes, a los árboles emergentes, los cuales alcanzan 40 m de altura y a veces más. Hay que recordar que los ejemplares de este tamaño ya son muy raros debido a la deforestación y la tala selectiva de los individuos más grandes para aprovechar su madera. Como los árboles nativos de montaña tardan más de 100 años en alcanzar sus plenas dimensiones, recuperar estos ejemplares perdidos plantando nuevos de reemplazo no va a ser un proceso rápido.

1) Caucho Tequendama  
Ficus tequendamae
Gran ejemplar de cuchillo (Zinowiewia australis)
El árbol más grande que en mi vida he visto en las vertientes occidentales de Cundinamarca corresponde a un enorme ejemplar de esta especie. Alcanza 40 metros de altura. El tronco es sostenido por grandes raíces tablares o contrafuertes que se extienden muchos metros alrededor del árbol. Ejemplares tan viejos albergan valiosos jardines de orquídeas, bromeliáceas, helechos y otras plantas epífitas que crecen sobre sus ramas.

2) Cuchillo
Zinowiewia australis
La especie fue dominante en los bosques que cubrieron las vertientes bajas de San Francisco. Todavía se observan ejemplares de gran altura en este municipio, especialmente en la franja entre 1700 y 2100 metros de elevación, donde quedan restos de bosques viejos. Los ejemplares más grandes que se han registrado de esta especie en las vertientes andinas llegan a 40 metros de altura.

3) Higuerón 
Ficus gigantosyce
Este árbol produce unas brevas grandotas, redondas, que, al igual que las brevas cultivadas, pueden ser cocinadas y preparadas en forma de dulces. En el bosque, los frutos del higuerón son consumidos por aves, murciélagos y mamíferos terrestres. Los ejemplares de mayor tamaño alcanzan 40 metros de altura y 100 cm de DAP (diámetro del tronco medido a la altura del pecho de una persona adulta).
Higuerón (Ficus gigantosyce)

4) Pino colombiano 
Podocarpus oleifolius
Antiguamente dominante en los bosques de alta montaña, donde crecía en compañía de encenillos, amarillos y otros árboles de clima frío. Perseguido por su fina madera, usada en ebanistería, el árbol casi ha desaparecido y los pocos ejemplares que quedan están lejos de alcanzar las enormes tallas que en otro tiempo mostraba esta especie (hasta 40 metros de altura y casi 2 metros de DAP).

5) Pino hayuelo
Prumnopitys montana
Otra de las coníferas nativas de Colombia. El pino hayuelo todavía crece en las altas montañas de Subachoque y San Francisco, donde quedan restos de bosques con especies de bosque maduro. Los ejemplares más grandes que se han registrado en los Andes alcanzan 40 metros de altura y 110 cm de DAP.

6) Pino romerón
Retrophyllum rospogliosii
La conífera nativa dominante en la franja entre 1700 y 2200 metros de elevación, en las vertientes occidentales de Cundinamarca. Ejemplares excepcionales han dado alturas de hasta 45 m y troncos de 1.5 m de DAP. Aunque con poblaciones muy reducidas comparadas con las de siglos pasados, todavía se encuentran numerosos ejemplares dispersos en las fincas y la especie está siendo propagada en viveros, lo que da esperanzas respecto a su conservación.
El brillante tronco blanco de la palma de cera

7) Palma de cera del Quindío
Ceroxylon quindiuense
La especie se observa en las vertientes occidentales de Cundinamarca en forma de ejemplares altos y aislados, meros residuos de antiguos bosques que cubrieron la región, y como ejemplares jóvenes, plantados como ornamentales en las fincas. En esta región no se conocen ejemplares tan altos como los de la cordillera Central, pero incluimos aquí la especie, pues es la planta con el potencial de desarrollar mayores alturas en nuestros bosques de montaña: ¡hasta 60 metros en ejemplares récord!

8) Roble
Quercus humboldtii
Árbol dominante en los bosques de La Vega y San Francisco, en la franja entre 2000 y 2800 metros sobre el nivel del mar. Aunque normalmente alcanza entre 25 y 30 metros de altura, los robles más grandes que se han registrado en Colombia llegan a 40 m y tienen troncos de hasta 2 metros de DAP.


viernes, 26 de julio de 2013

Fincas al occidente de la Sabana - El colibrí metalura

Brillos y sombras

Metallura tyrianthina - The Lilac Breasted Roller - 2006
La región al occidente de la Sabana de Bogotá (municipios de La Vega, San Francisco, El Rosal y Subachoque) alberga decenas de especies de colibríes, todos ellos distintos, con una amplísima gama de colores y brillos en su plumaje y con una gran variedad de formas del pico y de la cola. Hay uno de ellos que, comparado con otras vistosas especies del bosque andino, parece insignificante y pasa desapercibido. Y, sin embargo, es uno de mis favoritos. Se trata del colibrí conocido en los libros de ornitología como matalura colirroja (Metallura tyrianthina). Este pájaro, propio de los bosques por encima de 2400 metros de elevación, es bien pequeño (apenas mide unos 8 cm de longitud) y tiene un pico muy corto, más corto que el de la mayoría de colibríes con los que comparte su hábitat. Su plumaje, predominantemente verde cobrizo, muestra algunas tonalidades contrastantes cuando el pajarito sale a la luz. Entonces, se puede reconocer el brillo rojo cobrizo de la cola. También, si el ave es un macho, la mancha verde esmeralda que, sólo vista desde el ángulo exacto, brilla en su garganta; la hembra, en cambio, muestra una amplia mancha rosado-naranja, no reluciente, que se extiende por toda la garganta hasta el pecho. Así, bajo condiciones ideales, suena a que nos encontramos con un ave muy vistosa. Sin embargo, casi siempre vemos a este colibrí en la oscuridad del sotobosque, donde sus colores casi no brillan y nos aparece como un avecita oscura, casi negra... ¡lo que más destaca entonces es el puntico blanco que tiene detrás del ojo!

 

Movimientos

Flor de quiche (Tillandsia) - Frecuentemente libada por la metalura
Uno de los rasgos más simpáticos del colibrí metalura es su forma de moverse. Cuando se posa, en vez de quedarse quieto, sacude las alas varias veces, al tiempo que gira su cabeza a derecha e izquierda; mientras se mueve se esta forma, suele producir un sonido corto, como un suave soplido “chf, chf”. Luego revolotea un poco, quizás visita algunas flores cercanas, y vuelve a sentarse. Comparado con otros colibríes, este metalura se mueve poco. No se desplaza grandes distancias, tampoco vuela muy alto. Y su forma de visitar las flores es también particular. En lugar de quedarse suspendido, aleteando todo el tiempo, prefiere, siempre que puede, colgarse o posarse en una ramita cercana a las flores que le apetecen. Desde esta posición, que le ahorra energía, procede a tomar el dulce néctar de cada una. Y una más de sus rarezas: su pico tan corto no le permite tomar directamente, como lo hacen otros colibríes, el néctar que se encuentra en el fondo de flores largas y estrechas. Para compensar esto, la metalura se aprovecha de los agujeritos que abren los pinchaflores o picaflores (Diglossa) en la base de las flores; o se cree incluso que él mismo perfora la base de estas flores; a través del agujerito abierto desde el exterior, el colibrí introduce el pico y toma el néctar.

 

Todo tipo de flores

Flor de tuno (Miconia) - comida de metalura
Hay muchos colibríes que muestran una clara preferencia por ciertas flores. Así, por ejemplo, el colibrí picoespada (Ensifera) está perfectamente adaptado para libar las larguísimas flores de curubas (Passiflora) y borracheros (Brugmansia). Otros colibríes se especializan en visitar flores de uvos de monte (Cavendishia, Macleania) y tominejeros o cafés de monte (Palicourea). Y otros aún son asiduos visitantes de las flores de los guamos (Inga). En cambio, este metalura es un generalista completo, que no tiene preferencias por tal o cual flor particular. Uno lo puede ver visitando flores típicamente adaptadas para ser polinizadas por colibríes, como las de los uvos de monte o las de bromeliáceas. Y luego libando flores mejor adaptadas para la polinización por insectos como las de los tunos (Miconia) y zarzas (Rubus). La metalura colicobriza liba flores blancas, amarillas, rosadas, moradas, rojas...flores largas o cortas, flores de altos árboles del bosque y flores de pequeñas hierbas de prado, flores de plantas terrestres y de epífitas, flores comunes y flores raras (en mis cuadernos de campo tengo registradas las visitas a 53 especies de plantas)...Parece libar de todo, convirtiéndose así en el más generalista de los colibríes de nuestros bosques al occidente de la Sabana.

Castilleja fissifolia - otra de las tantas flores visitadas por este colibri


sábado, 15 de junio de 2013

Fincas al occidente de la Sabana - Objetos de conservación

Las fincas que se encuentran al occidente de la Sabana de Bogotá (municipios de La Vega, San Francisco, El Rosal y Subachoque) albergan bosques nativos, árboles viejos y especies raras de plantas y animales. Es muy importante saber qué es lo que se tiene para poder cuidarlo. Por eso, aquí damos un resumen de algunos de los elementos naturales más valiosos que albergan muchas de estas fincas y que son prioritarios para la conservación a nivel regional, nacional e incluso mundial.

 

Mamíferos de tamaño mediano

Perezoso (Choloepus hoffmanni) - G. Gallice - 2011
Las fincas que abarcan los extensos bosques de los escarpes occidentales de la región, en la parte alta de San Francisco y La Vega, son las que están en mejor posición para proteger y asegurar la supervivencia a largo plazo de una variedad de mamíferos. Entre ellos el armadillo (Dasypus novemcinctus), perezoso (Choloepus hoffmanni), mono nocturno (Aotus lemurinus), cusumbo (Nasuella olivacea), zorro (Cerdocyon/Urocyon), tigrillo (Leopardus tigrinus), carmo (Dasyprocta punctata), borugo o tinajo (Cuniculus taczanowskii) y puercoespín (Echinoprocta rufescens).

En los bosques de las montañas de Subachoque y El Rosal se encuentra un conjunto más modesto de mamíferos, de todos modos muy valioso para la conservación; con especies como la chucha (Didelphis pernigra), cusumbo (Nasuella olivacea), comadreja (Mustela frenata), zorro (Urocyon cinereoargenteus), curí (Cavia anolaimae) y conejo (Sylvilagus brasiliensis). Es posible que todavía se encuentren tigrillos en las montañas que rodean el valle de Subachoque, pues estos esquivos felinos han sido detectados recientemente con cámaras trampa en el vecino municipio de Tabio.

 

Aves de sotobosque

Güicha (Eucometis penicillata) - D. Daniels
Las aves que viven a baja altura entre la impenetrable vegetación de bosques y matorrales nativos son particularmente sensibles a la modificación de su hábitat natural. Estas aves son de las primeras en desaparecer cuando se “limpian” los bosques, quitándoles las enredaderas y marañas de vegetación para dejarlos “ordenados”. En cambio, los bosques que todavía tienen mucho “desorden” natural son los más ricos en estas aves tímidas y difíciles de observar. Entre los chusques, zarzas y sotobosques arbustivos de Subachoque y El Rosal habitan especies como el chamicero (Synallaxis subpudica), comprapán (Grallaria ruficapilla), tapaculo (Scytalopus griseicollis), gorriones monteses (Arremon assimilis, Atlapetes pallidinucha, A. schistaceus) y arañero (Basileuterus nigrocristatus). En los sotobosques de la parte alta de San Francisco se encuentra otra especie de tapaculo más oscuro, el Scytalopus latrans, además de otras aves interesantes como el chamicero de antifaz (Synallaxis unirufa), el musguero (Siptornis striaticollis), el pitajo (Ochthoeca diadema), el cucarachero pechigrís (Henicorhina leucophrys), los hemispingus (Hemispingus frontalis, H. melanotis) y el gorrión montés bigotudo (Altapetes albofrenatus). Hacia las partes bajas de San Francisco y La Vega se observan otras especies de sotobosque como la chorola (Crypturellus soui), el hormiguero (Dysithamnus mentalis), el tiranuelo (Lophotriccus pileatus), la güicha (Eucometis penicillata) y el cucarachero ruiseñor (Microcerculus marginatus).

 

Grandes aves comedoras de fruta

Tucancito (Aulacorhynchus prasinus) - B. Gratwicke - 2008
La mayor parte de los loros andinos ya se extinguieron de la región, víctimas de la deforestación y de la destrucción de los árboles más viejos, que usaban para anidar. Pero todavía quedan en las fincas tucanes y pavas de monte. El tucancito esmeralda (Aulacorhynchus prasinus) se observa en las partes altas de La Vega y San Francisco, por encima de 2000 metros de elevación. El tucancito culirrojo (Aulacorhynchus haematopygus) habita por debajo de 2000 metros en la misma región, en los fragmentos y corredores de bosque que persisten a lo largo de las quebradas. La pava de monte (Penelope montagnii) es más común hacia los extensos bosques del escarpe occidental; en forma más ocasional ha sido registrada también en los bosques de la parte alta de Subachoque.

 

Árboles emblemáticos

Algunas especies de árboles nativos son particularmente comunes y notables por su gran edad o tamaño. Éstas son especies emblemáticas que merecen atención. En El Rosal y Subachoque destacan el cedro (Cedrela montana), el tíbar (Escallonia paniculata) y, hacia la parte alta de las montañas (más de 2800 m), el encenillo (Weinmannia tomantosa). En las parte altas de La Vega y San Francisco son muy notables los robles (Quercus humboldtii). En la parte baja de estos mismos municipios (1700-2200 m.s.n.m.) destaca el pino romerón (Retrophyllum rospigliosii). Tres especies de palmas de cera han poblado estas vertientes, aunque ahora están muy reducidas en número; todas ellas son emblemáticas y se las debería propagar más. Por encima de 2000 msnm crece la palma de cera del Quindío (Ceroxylon quindiuense); por debajo de 2000 msnm es el hábitat de la palma de cera cafetera (Ceroxylon alpinum) y de la palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae).

 

Especies endémicas

Scutellaria parrae
Las especies endémicas de plantas y animales son las que sólo se encuentran en Colombia y en ningún otro país del mundo. Son especies que si nosotros los colombianos no cuidamos, nadie más podrá hacerlo. Como las especies endémicas siempre forman un porcentaje muy reducido de la biodiversidad de las fincas (menos del 10% de especies), es importante y perfectamente posible aprenderlas y protegerlas. Algunas de nuestras principales especies endémicas son:

EL ROSAL Y SUBACHOQUE. MAMÍFEROS: Musaraña (Cryptotis thomasi), curí (Cavia anolaimae). AVES: Chamicero (Synallaxis subpudica). REPTILES: Lagarto collarejo (Stenocercus trachycephalus), serpiente tierrera (Atractus crassicaudatus). PLANTAS: Amarguero (Ageratina asclepiadea), frailejones (Espeletia argentea, E. barclayana, E. cayetana, E. grandiflora, Espeletiopsis corymbosa), camargo (Verbesina crassiramea), tuno esmeraldo (Miconia squamulosa), chuguacá (Hieronyma rufa), mortiño (Hesperomeles goudotiana), uche (Prunus buxifolia).

SAN FRANCISCO Y LA VEGA (Parte alta – 2000-3000 msnm). AVES: Inca negro (Coeligena prunellei). PLANTAS: Mararay abanico (Aiphanes concinna), amarguero (Ageratina popayanensis), zarcillejos (Centropogon pinguis, C. vaughianus), Scutellaria parrae, coquito, zapato (Eschweilera bogotensis), hojarasco (Magnolia caricifragrans), caucho tequendama (Ficus tequendamae), orquídeas (Lepanthes debedoutii, Sobralia mutisii).

SAN FRANCISCO Y LA VEGA (Parte baja – menos de 2000 msnm). PLANTAS: Palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae), platanillo (Heliconia estiletioides).

 

Orquídeas

Aguadija (Cyrtochilum revolutum)
La mayor diversidad de orquídeas se encuentra en bosques viejos, de varios siglos de edad. Estos bosques ya son muy escasos en la franja de clima medio de San Francisco y La Vega, antes poblada con grandes orquídeas como las cunas de Venus (Anguloa) y catleyas (Cattleya trianaei). En los bosques de los escarpes occidentales todavía es posible encontrar poblaciones protegidas de las vistosas orquídeas Cyrtochilum, Odontoglossum y Masdevallia. En los bosques de El Rosal y Subachoque es común la aguadija (Cyrtochilum revolutum). Aparte de estas orquídeas de gran tamaño, abundan decenas de especies pequeñitas, que contribuyen a decorar los troncos de nuestros árboles andinos.

 

Árboles amenazados de bosque maduro

Tronco de cuchillo (Zinowiewia australis)
En las partes bajas del valle del río Subachoque el árbol de bosque maduro más importante es el cedro (Cedrela montana, VU). Viejos ejemplares de esta especie, repletos de quiches y orquídeas, se pueden ver en El Rosal y en los alrededores de La Pradera. En las altas montañas de Subachoque se encuentran árboles raros como el pino hayuelo (Prumnopitys montana, VU), aguacatillo (Persea mutisii), susca (Ocotea calophylla), chuguacá (Hieronyma rufa) y calabacillo (Meliosma arenosa).

La mayor diversidad de especies de árboles amenazados de bosque maduro se encuentra en San Francisco y La Vega, en la franja entre 1700 y 2500 metros sobre el nivel del mar. Aquí se encuentran especies como el pino romerón (Retrophyllum rospigliosii, NT), palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae, CR), barcino (Calophyllum brasiliense), cuchillo (Zinowiewia australis), esmeraldo (Mabea sp.), roble (Quercus humboldtii, VU), chulo (Calatola costaricensis), cedro nogal (Juglans neotropica, EN), coquito, zapato (Eschweilera bogotensis, EN), hojarasco (Magnolia caricifragrans, EN) y carnefiambre (Roupala monosperma).

Algunas de estas especies ya están siendo rescatadas por los propietarios de las fincas. En San Francisco (y también en Supatá) hay fincas donde se están enriqueciendo los bosques con centenares de individuos de pino romerón y palma de cera de Sasaima. Si esta labor se continúa con el cuchillo, el esmeraldo, el coquito y las demás especies amenazadas, su supervivencia a largo plazo quedará asegurada.

miércoles, 24 de abril de 2013

Fincas al occidente de la Sabana – Un año después

Bosque nublado en La Chorrera, San Francisco
Hace algo más de un año varios propietarios de fincas en cuatro municipios situados al occidente de la Sabana de Bogotá (La Vega, San Francisco, El Rosal y Subachoque), todos nosotros curiosos y experimentadores en el mundo de la conservación, decidimos empezar a compartir experiencias sobre lo que estábamos haciendo en nuestros terrenos. Como parte de este trabajo, cada mes he estado enviando al grupo un correo que lleva información sobre las plantas, los animales y las actividades de conservación que se realizan en la región. Ahora somos más de 40 fincas las que estamos participando de este conocimiento. Y puede ser un buen momento para hacer un resumen sobre qué es lo que tenemos en común. Es una reflexión que toca muchos campos de nuestras vidas y que debería hacerse en conjunto. Por lo pronto, me he limitado a pensar qué es lo que hacemos, consciente o inconscientemente, para conservar la biodiversidad de nuestros terrenos. Y encuentro que eso que hacemos puede ser resumido en los siguientes puntos:

 

Somos curiosos respecto a la vida que nos rodea

Yarumo plateado en la finca Chulajuán, San Francisco
Esta curiosidad se manifiesta en que conocemos los nombres de varios árboles que crecen en nuestras fincas. Conocemos los nombres de algunos animales que viven en estos árboles. Y, si no conocemos los nombres, al menos reconocemos que no los conocemos y buscamos aprenderlos a la menor oportunidad que se nos presente. Y no hablo de conocer los nombres de TODAS las especies que viven en nuestras fincas, una tarea interminable. Hablo, de conocer los nombres de al menos 10 árboles distintos, de al menos 10 pájaros que recorren nuestros terrenos, de las especies más comunes y típicas con las que compartimos nuestra vida de campo.

 

Queremos conservar esta vida que nos rodea

Rana en la finca El Cerro, Subachoque
Reconociendo que tenemos que vivir de algo y que muchas fincas tienen que ser productivas, también reconocemos que esto no es incompatible con la conservación de nuestros compañeros árboles y de nuestros amigos pájaros, cuyos nombres (si es que realmente son amigos nuestros) hemos aprendido. Por esta razón, somos curiosos a la hora de aprender las necesidades de la vida silvestre y a la hora de aprender nuevas formas de producción y de manejo de los terrenos que permitan la coexistencia de los sistemas productivos y de los animales y plantas nativos.

 

Hacemos un ordenamiento de nuestras fincas

Sietecueros y corredores de bosque - La Primavera, San Francisco
Las fincas no las manejamos de cualquier manera; más bien, planeamos bien cómo van a ser organizadas. Esta planeación (que si nos cabe en nuestras cabezas no necesariamente tiene que estar en un plano o en un papel) incluye usualmente dos tipos de zonas de manejo distinto. Uno son las zonas de producción, de vivienda y recreación, que son las zonas de hacer, donde usamos nuestro sentido común, donde aplicamos el conocimiento que disponemos para el funcionamiento de los sistemas productivos, donde damos rienda suelta a nuestros gustos, a nuestra estética. El otro son las zonas de conservación, que usualmente ocupan los nacimientos y cursos de agua, las laderas más empinadas, los linderos del terreno y los sitios con bosques más viejos. En las zonas de conservación dejamos que la naturaleza se manifieste con sus propias formas, a su propio ritmo. Son zonas de “no hacer” para nosotros, donde procuramos no entrometernos y más bien procuramos observar, aprender. En las zonas de conservación se desarrollan libremente elementos raros en los jardines y campos cultivados, pero igualmente importantes y necesarios para la vida: entre ellos el pasto alto, que nunca es cortado; los colchones de hojarasca que cubren el suelo; las marañas de enredaderas, chusques y arbustos, donde crían las mariposas y donde la mayor diversidad de aves construyen su nido; y los troncos muertos, donde los pájaros carpinteros, tucanes, búhos y otros animales encuentran refugio y lugar de cría. Si tenemos ganadería, instalamos cercas que impidan que las vacas entren a las zonas de conservación, previniendo la destrucción y el pisoteo de la vegetación.

 

Y va más allá de lo que hacemos...se trata también de lo que “no hacemos”, de lo que dejamos ocurrir...

Variedad de flora a orillas de un guadual - El Saman, La Vega
Esto va muy en sintonía con la filosofía de las zonas de conservación. No todo es conocer, planear y hacer. Muchas cosas valiosas simplemente van sucediendo y quizás un día les reconozcamos todo su valor. Una persona sin mayor conocimiento puede dejar crecer un bosque sin saberlo, por la simple razón de haber dejado “abandonado” un terreno, sin “cuidado” alguno. Este tipo de elementos de la espontaneidad también es altamente valorado por las personas de nuestro grupo. De allí derivan las restauraciones ecológicas más auténticas; y las sorpresas que condimentan nuestra vida. Creo que es por esto que a todos nos gustan los bosques silvestres.



Éstas son apenas mis opiniones. Otras personas del grupo podrán aportar nuevas observaciones y puntos de vista que muestren en qué formas todos nosotros hacemos parte de una misma cosa.

domingo, 17 de marzo de 2013

Fincas al occidente de la Sabana – La finca El Cerro

Colibrí picoespada (Ensifera ensifera) - D. Daniels, 2012
Hace cosa de un año, antes de que empezara a publicar mis artículos en este blog, ya había escrito algunos textos sobre la biodiversidad de las fincas al occidente de la Sabana de Bogotá, los cuales distribuía por correo electrónico a varias personas interesadas. Quiero ahora rescatar y ampliar uno de ellos, publicándolo como es debido, con fotografías y todo. Se trata del artículo sobre la finca El Cerro, en Subachoque, finca en la cual crecí y viví durante muchos años. Esta finca fue mi “escuela” de biología y ecología, mi laboratorio viviente de restauración ecológica: casi 25 años después de que mis papás la compraran, el área de bosque se ha duplicado. Donde antes se sembraba papa y había tierra desnuda y arada, ahora hay un bosque con el piso acolchonado, ideal como protector y regulador de los caudales de agua. Donde antes sólo había pasto expuesto, ahora hay un juego de luces y de sombras donde crecen las orquídeas, donde caminan los cusumbos, donde el bosque empieza a madurar. Transcribo entonces lo que escribí aquella vez.

 

Variedad de hábitats

Clavellino (Mutisia clematis)
La finca “El Cerro” está situada en el municipio de Subachoque, cerca de La Pradera. Tiene una extensión de 6 hectáreas y está situada en un terreno con pendientes fuertes, ocupando un rango altitudinal entre 2880 y 3070 metros sobre el nivel del mar. Su topografía increíblemente variada incluye un cañón rocoso con vegetación de subpáramo, una hondonada donde corre una pequeña quebrada protegida por bosque húmedo, laderas con suelo poco profundo cubiertas por bosque bajo de encenillos y una diversidad de sitios con vegetación en regeneración.

 

Estudios en la finca

Esta finca es el lugar donde he realizado los Inventarios de Biodiversidad más completos. Actualmente, hay registros en ella de 12 especies de mamíferos, 82 especies de aves, 4 especies de reptiles, 1 especie de anfibio, unas 40 especies de mariposas y 483 especies de plantas vasculares. En esta finca surgió el proyecto de hacer un catálogo de la flora vascular de todo el valle del río Subachoque, proyecto realizado en conjunto con el Herbario Nacional. Luego de 9 años de trabajo, el catálogo fue publicado en el año 2007 en la revista Caldasia, incluyendo un total de 1008 especies de plantas. En la finca también realicé grabaciones de cantos de más de 40 especies de aves para el Instituto Humboldt. Y el sitio ha sido visitado por observadores de aves, fotógrafos de naturaleza e investigadores.

 

El regreso de la flora nativa

Las extrañas flores de la orquídea Masdevallia arminii


Lo increíble de la finca El Cerro es la regeneración de su vegetación. Hace algo más de 20 años, cuando mis papás la compraron, la mitad de la finca estaba deforestada y dedicada al cultivo de papa. Actualmente casi toda ella está cubierta por vegetación boscosa. Casi toda esta recuperación del bosque sucedió de manera espontánea, no volviendo a cortar el pasto y permitiendo que creciera toda la “maleza” y arbolitos nativos que los pájaros y el viento iban sembrando.

Las orquídeas terrestres han regresado por centenares y las jóvenes bromelias van invadiendo las ramas de los arbolitos en crecimiento, los cuales, cada vez, se van haciendo más altos y espesos. El ambiente a la sombra del joven bosque es ahora perfecto para la reintroducción de los árboles de madera dura y lento crecimiento, es decir, los árboles del antiguo bosque maduro, casi todos ellos en peligro de extinción. Para esto tengo un pequeño vivero en la finca donde reproduzco al pino hayuelo o negro (Prumnopitys montana), chuguacá (Hieronyma rufa), aguacatillo (Persea mutisii), susca (Ocotea calophylla), calabacillo (Meliosma arenosa) y otras especies propias de las montañas de Subachoque.

Con el regreso de la vegetación, la fauna también ha regresado: la finca alberga cusumbos, zorros, chuchas, curíes, comadrejas, conejos, águilas y gavilanes, búhos, tangaras y 13 especies de colibríes. ¡Y el año pasado [o sea hace 2 años ya, pues esto fue escrito en el 2012] descubrí por vez primera la presencia de pavas de monte!

 

Unas notas sobre las especies endémicas y las amenazadas

Amarguero (Ageratina asclepiadea) - Endémico
Reservorios de biodiversidad como la finca El Cerro cada vez son más importantes en Colombia y, en particular, en la región andina, donde la destrucción y la degradación de los hábitats están acabando con el patrimonio natural del país. Resulta especialmente significativo conocer, en cada uno de los terrenos que son protegidos, qué especies de plantas y de animales presentes pertenecen a las categorías de especies endémicas (que sólo se encuentran en Colombia) y de especies amenazadas. En la finca El Cerro se ha identificado que cerca del 10% de las plantas nativas que crecen silvestres (sin contar las que han sido introducidas por mí) son endémicas del país.

Las 34 especies de flora endémica que se han identificado hasta el momento son el helecho Diplazium bogotense, bejucos lechosos (Cynanchum trianae y Matelea mutisiana), yuco (Schefflera bogotensis), amarguero (Ageratina asclepiadea), cabezona (Calea peruviana), frailejón (Espeletiopsis corymbosa), romero de monte (Pentacalia pulchella), camargo o upacón (Verbesina crassiramea), varias otras asteráceas de bosque y matorral (Asplundianthus arcuans, Baccharis bogotensis, Chromolaena bullata, Fleischmannia klattiana, Mikania laurifolia, Pentacalia americana, Sabazia trianae), uña de gato (Berberis rigidifolia), piñuela (Greigia stenolepis), cardo (Puya lineata), quiche (Vriesea sp. nov.), uvo de monte (Cavendishia nitida), Macrocarpaea glabra, salvia morada (Salvia amethystina), charne (Bucquetia glutinosa), tunos (Miconia biappendiculata, Miconia squamulosa), angelito blanco (Monochaetum coronatum), chuguacá (Hieronyma rufa), mortiño (Hesperomeles goudotiana), uche (Prunus buxifolia), botoncillo (Borreria bogotensis), Symplocos mucronata, té de Bogotá (Symplocos theiformis) y Citharexylum sulcatum.
Rana Dendropsophus labialis - endémica

La finca también alberga algunas especies de fauna endémica, como el chamicero (Synallaxis subpudica), la serpiente tierrera (Atractus crassicaudatus) y la rana Dendropsosphus labialis.

Entre las especies presentes en la finca y que han sido catalogadas como amenazadas destacan el pino hayuelo (Prumnopitys montana, VU), los cardones (Puya lineata, NT, Puya nitida, NT) y el cedro (Cedrela montana, VU).

miércoles, 27 de febrero de 2013

Fincas al occidente de la Sabana – Los frailejones

Espeletia grandiflora
Los frailejones, esas extrañas plantas de alta montaña con un penacho de hojas peludas, son los personajes más destacados de los páramos. Y digo “personajes” con toda la intención, pues hay algo en ellos que llama a equipararlos a los seres humanos. No en vano, se dice que su nombre lo acuñaron los viajeros de los páramos, a quienes les parecía que la silueta de estas plantas, envuelta en la neblina, se asemejaba a la de un fraile perdido en la montaña. Su estatura sin duda ayuda a esta comparación, pues no es difícil hallar frailejones del tamaño de seres humanos. Gracias a esta cercanía, los frailejones se convierten en seres ideales para observar en ellos las relaciones ecológicas del páramo y para llamar nuestra atención sobre la importancia de conservar este ecosistema, clave para el abastecimiento de agua del país. La tarea es grande, pues así como no hay sólo un páramo tampoco hay sólo un frailejón. En realidad, Colombia es un país de frailejones, donde se han registrado hasta el momento cerca de 80 especies diferentes de este grupo de plantas. En nuestra región al occidente de la Sabana de Bogotá crecen 5 de estas especies, las cuales pueblan los cerros más altos de la región de Guerrero-El Tablazo en el municipio de Subachoque. Aquí damos un breve vistazo a la vida de estos frailejones.

Espeletia argentea

Espeletia argentea
Un frailejón “maleza”, que coloniza con relativa velocidad las áreas de bosque altoandino que son taladas y dejadas expuestas a la luz del sol. Es muy vistoso por sus hojas, estrechas como cintas, suaves y muy brillantes, de color plateado. Normalmente no tiene tronco o lo tiene muy corto, de menos de 50 cm de altura.

 

Espeletia barclayana

Este frailejón es exclusivo de los páramos del occidente de Cundinamarca y no se lo encuentra hacia el oriente ni hacia el sur (Chingaza, Sumapaz). Es la especie dominante alrededor del radar de El Tablazo, donde destaca por su aspecto compacto y por los pelos amarillentos que lo cubren. No tengo disponible una imagen de él, pero pueden ver fotografías en este enlace

 

Espeletia cayetana

Quizás el frailejón más escaso e interesante de nuestra región. Es exclusivo de los páramos del occidente de Cundinamarca, donde se lo considera amenazado de extinción. La especie se conocía de páramos situados más al norte, hacia San Cayetano. La población de Subachoque fue descubierta en el cerro Carrasposo durante el trabajo que realizamos José Luis Fernández y yo entre los años 1997 y 2006 para catalogar todas las plantas de la cuenca alta del río Subachoque. La Espeletia cayetana destaca por su color grisáceo y por sus hojas más anchas que las de otros frailejones de la región. Se pueden ver imágenes de la especie en este enlace

 

Espeletia grandiflora

Espeletia grandiflora
El frailejón más común de Cundinamarca, donde domina en muchos páramos. Sus largas inflorescencias se elevan por encima de la roseta de hojas. Uno de los espectáculos de alta montaña es divisar a lo lejos una ladera de páramo, salpicada por miles y miles de ejemplares de esta especie. Al igual que otros frailejones, esta Espeletia grandiflora es muy útil para la vida silvestre. El forro de hojas muertas que cubre su tallo oculta numerosos animalitos. Y sus flores son una importante fuente de alimento para insectos y colibríes.

 

Espeletiopsis corymbosa

Espeletiopsis corymbosa
De las 5 especies de frailejones de Subachoque, éste es el que crece a menor altura, pues, en sitios adecuados, puede descender hasta unos 2800 o 2900 metros sobre el nivel del mar. Es un especialista en crecer en suelos duros y rocosos, donde suele estar entremezclado con diversas especies de arbustos y árboles pequeños del bosque altoandino. Sus hojas son más rígidas y ásperas que las de los frailejones del género Espeletia. En Subachoque, florece sobre todo entre junio y septiembre y sus flores son visitadas por abejorros del género Bombus. Sus semillas son consumidas por chisgas (Carduelis spinescens), pequeñas aves granívoras comunes en nuestras montañas.

Frailejones en los páramos arriba de La Pradera, Subachoque

jueves, 24 de enero de 2013

Fincas al occidente de la Sabana - El hojarasco

Magnolios nativos

Hojarasco (Magnolia caricifragrans)
El hojarasco es un árbol muy interesante por pertenecer a una antigua y reconocida familia botánica: la de los magnolios. Cuando se habla de magnolios, suelen venir a nuestra mente las imágenes de grandes flores perfumadas, viejos jardines, árboles de lujo. Para ser más exactos, estas imágenes que nos llegan de los magnolios casi siempre corresponden a una única especie, la Magnolia grandiflora, originaria del sur de los Estados Unidos. Pero esta Magnolia, cultivada en zonas tropicales y subtropicales por todo el mundo y la única que se planta con frecuencia en Colombia, es tan sólo una de las especies de su familia. Los magnolios del mundo son cerca de 230 especies. Y otro detalle curioso, que pocas personas conocen: los dos países con mayor diversidad de magnolios nativos en el mundo son China, con más de 110 especies; y Colombia, con 34 especies. Al lado de esta diversidad, surge la pregunta: ¿quién conoce nuestros magnolios nativos?

 

Una reliquia de los bosques antiguos

Las ramitas de los magnolios muestran una cicatriz o anillo en cada nudo 
El hojarasco, también conocido por su nombre científico de Magnolia caricifragrans, es un ejemplo típico de los magnolios nativos. Al igual que la mayor parte de las especies de su familia, es una especie endémica, que sólo se conoce de una reducida área del país. En el caso de esta especie, sólo ha sido hallada en la vertiente occidental de Cundinamarca y en las montañas cerca de la frontera con Venezuela (Arauca, Boyacá, Norte de Santander). El árbol es muy escaso y está clasificado entre las especies amenazadas de extinción. Como otros magnolios, pertenece a los antiguos bosques maduros. Sus semillas sólo germinan entre la capa de hojarasca del bosque intacto, y las plántulas crecen protegidas por la sombra de árboles mayores. Los hojarascos crecen despacio, se reproducen con dificultad y, aunque pueden alcanzar un gran tamaño y longevidad, son perseguidos en el campo, donde se tala a los viejos árboles para aprovechar su útil madera. Los hojarascos que se salvan de la tala del bosque quedan aislados en potreros, rodeados de pasto y de luz, sin la hojarasca y la sombra que necesitan para reproducirse. Todas estas circunstancias han convertido al hojarasco en uno de los árboles más amenazados de la región al occidente de la Sabana.

 

Hojarascos al occidente

En nuestra región al occidente de la Sabana de Bogotá, hemos encontrado al hojarasco en el municipio de San Francisco. Los ejemplares sobrevivientes se encuentran dispersos por los restos de bosques y aislados en los potreros en la franja altitudinal entre 1900 y 2400 metros sobre el nivel del mar. Encontrar cada ejemplar ha sido un acto emocionante. En mi caso particular, he quedado asombrado por las cualidades ornamentales del árbol. Su follaje, compuesto por hojas grandes y apretadas, es particularmente atractivo. Sus flores, aunque menores que las de la Magnolia grandiflora, son, de todos modos, bastante vistosas: miden unos 10 cm de diámetro y sus pétalos son de color crema. Es claro que el árbol tiene un gran potencial para ser cultivado en parques y jardines.

 

Un llamado a la conservación

Hábitat del hojarasco en San Francisco
El hojarasco es sólo uno de los magnolios nativos; otras especies (conocidas también como copachíes, almanegras y molinillos) crecen en nuestras tres cordilleras, cada una especial y única de una determinada región. La historia del hojarasco es representativa de la los demás magnolios nativos. Mientras nos dedicamos en nuestros jardines a plantar una sola especie de magnolio importado, desconocemos casi por completo a nuestras especies nativas, dejando que éstas sean destruidas junto con nuestros bosques. Es la misma historia que ocurre con nuestras palmas nativas, nuestros helechos y muchas otras plantas ornamentales de lujo que pueblan los bosques del país. Ahora es el momento de cambiar esta historia. Si queremos salvar a los magnolios nativos, tenemos que empezar conociéndolos, apreciándolos. Podemos buscar los árboles en los restos de bosques viejos que quedan en nuestras montañas. Y lo mejor, podemos buscar sus semillas y lograr su reproducción. Es mejor que nos demos prisa: algunas especies han sido tan explotadas que han quedado reducidas a 10 o 20 árboles: ¡los últimos 10 o 20 árboles de su especie que sobreviven en el planeta Tierra! ¿Dejaremos que se extingan?

lunes, 17 de diciembre de 2012

Fincas al occidente de la Sabana - El mirlo acuático

El pájaro de los torrentes

Mirlo acuático (Cinclus leucocephalus) - D. Sherony - 2010
Una de las aves más interesantes que he visto en mi vida es el mirlo acuático (Cinclus leucocephalus). Este pájaro regordete está adornado con un plumaje blanco y negro; su pico es pequeño y sus patas son largas y fuertes, ayudando a sostener al ave en las rocas que se encuentran a lo largo de los cursos de agua. El mirlo acuático pertenece a una pequeña familia de aves, los cínclidos, que están completamente especializados en la vida al lado de corrientes de aguas frías y transparentes. ¡Algunas especies incluso pueden bucear! Nuestro mirlo acuático suramericano se arriesga un poco menos y normalmente no desaparece bajo el agua; más bien, va de piedra en piedra, mojándose un poco las patas, bajando hasta el nivel del agua para picotear los pequeños animalitos que hacen parte de su dieta. El plumaje contrastante y los movimientos inquietos realmente le añaden una nota especial a un paisaje ya de por sí interesante, donde el agua ruge y brilla, precipitándose en cascadas y remolinos.

 

Mirlos en Subachoque

Típico torrente de montaña, con aguas transparentes
Es difícil encontrar mirlos acuáticos en los alrededores de Bogotá. Es probable que antes fueran más abundantes, cuando las quebradas llevaban más agua y ésta era limpia y cristalina. Sin embargo, la deforestación ha ido secando muchos cursos de agua y los ha ido ensuciando con sedimentos, convirtiéndolos en lugares inapropiados para la existencia de nuestro pájaro de los torrentes. El único lugar donde he podido observar mirlos acuáticos en varias ocasiones es hacia La Pradera. Allí, cerca de su nacimiento, el río Subachoque se precipita en varias cascadas y sigue borboteando corriente abajo entre las rocas, formando un hábitat ideal para algunos de los pocos mirlos acuáticos que sobreviven en la Sabana de Bogotá. La primera vez que los vi, no podía creer en mi suerte. No pensaba encontrármelos, pues no creía que todavía sobrevivieran algunos en la región. Luego los he vuelto a encontrar en sitios cercanos y me he dado cuenta de que todavía hay una población de mirlos acuáticos allí, en los cerros al occidente de la Sabana.

La vida asociada

Trucha arcoiris - E. Engbretson - USFWS
El mirlo acuático comparte su hábitat con numerosas especies de animales. Antiguamente estaba acompañado por el pato de los torrentes (Merganetta armata), ave buceadora que, al parecer, ya desapareció por completo de la Sabana de Bogotá. En las quebradas de Subachoque ha sido introducida la trucha arcoiris (Oncorhynchus mykiss), oriunda de Norteamérica. También se encuentra allí el capitán (Trichomycterus cf. bogotense), un diminuto pez emparentado con los bagres. Y, más abajo en la cadena alimenticia, una variedad de invertebrados acuáticos, larvas de efímeras, frigáneas y otros insectos que sirven de alimento al mirlo acuático y a otros habitantes de los torrentes de montaña.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Fincas al occidente de la Sabana - Los viejos bosques de clima templado

Vegetación nueva y antigua

Muche o carbonero (Albizia carbonaria)
La franja de clima templado, entre 1000 y 2000 metros de elevación, es una de las que más me gustan. No hace demasiado frío ni demasiado calor, la vegetación es exuberante y está llena de color. La gran humedad del ambiente favorece que los árboles viejos se llenen de matojos y barbas de musgos, helechos, bromeliáceas y orquídeas. ¿Qué más puede pedir un amante de la flora? Sin embargo, con el tiempo, me he dado cuenta que esta franja es también una de las más alteradas desde el punto de vista ambiental. Su clima ideal favoreció su colonización antes que la de otras montañas más altas. Además, allí se dio en forma excelente el cultivo del café, que pronto se convirtió en uno de los principales productos de exportación del país. Los colonos que llegaban hace muchas décadas para establecer sus fincas talaban árboles gigantes para aprovechar su madera y para abrir los terrenos a sus primeros cultivos. Para alimentarse y para proteger a sus animales domésticos, estos colonos también cazaban los grandes mamíferos y aves que se encontraban en la zona. Al ser abiertos los terrenos, llegaron nuevas especies vegetales y animales, al tiempo que las que habitaban el territorio desde tiempos muy antiguos se iban haciendo cada vez más escasas. Todo esto ha despertado mi curiosidad y mi imaginación. Muchas veces me pregunto: ¿Cómo eran los viejos bosques de las zonas cafeteras? ¿Qué árboles tenían? ¿Qué se sentía al caminar dentro de ellos? ¿Qué animales vivían allí?

 

Buscando pistas

Pomarroso (Syzygium jambos) - árbol nativo de Asia
La zona cafetera de nuestra región al occidente de la Sabana de Bogotá se encuentra en los municipios de La Vega y San Francisco. Una caminata por una finca o un sendero en la parte baja de estos municipios nos puede mostrar un paisaje lleno de árboles: aguacates, balsos, candeleros o dragos, carates, carboneros o muches, guanábanos, guayabos, guamos, mangos, pomarrosos y yarumos... Podríamos llegar a pensar que los viejos bosques de esta región estuvieron compuestos por estas mismas especies de árboles creciendo en una densidad mayor que la actual. Sin embargo, un estudio del origen y ecología de estas especies nos muestra que no es así. Varios de estos árboles no son nativos de Colombia y han sido traídos en los últimos siglos por los seres humanos para aprovechar sus frutos comestibles o por su aspecto ornamental; un ejemplo son los mangos y pomarrosos, ambos originarios de Asia. Los indígenas que habitaban el territorio hace miles de años también trajeron plantas de otras partes: es posible que así hayan llegado a la región el aguacate y el guayabo, quizás traídos desde Centroamérica. Descartando las plantas cultivadas asociadas a los humanos, vemos que la mayor parte de los árboles silvestres son especies pioneras de rápido crecimiento, las cuales nacen en abundancia después de que el bosque es talado, pero que no son tan comunes en los bosques maduros; en esta categoría caen, por ejemplo, los balsos, candeleros, carates, carboneros y yarumos. Nuestra lista queda prácticamente eliminada. ¿Cómo descubrimos entonces cuáles eran los árboles de los viejos bosques? Para esto nos sirve una exploración más intensa, buscando los mínimos restos que hayan sobrevivido de bosques maduros, buscando árboles viejos de especies raras, cuyas semillas tengan la capacidad de germinar a la sombra, entre colchones de hojas caídas. Las plántulas de estos árboles adaptados a los viejos bosques pueden crecer por largo tiempo bajo la densa sombra de los árboles adultos, otra característica que nos ayuda a reconocer estas especies. Y para completar, podemos hacer una revisión a lo que se ha alcanzado a registrar en los herbarios y en la literatura. Uniendo todo, aparece la imagen de los antiguos bosques.

 

Un viaje al pasado

Pino romerón (Retrophyllum rospigliosii)
Retrocediendo en el tiempo algunos miles de años, caminamos por el territorio de los actuales municipios de San Francisco y La Vega. A nuestro alrededor sólo vemos selva. Los gruesos troncos se elevan hacia el cielo, donde su follaje bloquea el brillo del sol. Abajo, donde nos encontramos, es el mundo de la extensa sombra, de los brillos ocasionales, de las variadísimas gamas de verde. El suelo es blando, lleno de hojas caídas, que desprenden un agradable olor a descomposición. Aunque la mañana está avanzada y el cielo está despejado, sentimos un ambiente fresco. Gotas de agua del aguacero caído la noche anterior todavía cuelgan de las hojas. Un tronco grandísimo con la corteza que se descascara llama nuestra atención: es un enorme pino romerón (Retrophyllum rospigliosii), el rey de este bosque; alcanza unos 40 metros de altura y su tronco, a la altura de nuestros brazos, mide un metro y medio de diámetro. Más allá vemos otro y luego otro: no tan grandes como el primero, pero de todos modos ya viejos y maduros. Hojas caídas de forma alargada cubren el suelo en un sector del bosque y nos señalan que encima de nosotros tenemos un amarillo (Nectandra lineata). También nos llaman la atención varias pepas grandes, negras y atravesadas de surcos, que reposan sobre las hojas caídas. Son semillas de nogal (Juglans neotropica), otro de los árboles comunes en este bosque.
Flor de cape (Clusia)
Besito (Impatiens walleriana) - planta originaria de África

Nuestra caminata nos revela otra variedad de árboles: cuchillo (Zinowiewia australis), botumbo (Prunus integrifolia), chocho (Ormosia tovarensis), chulo (Calatola costaricensis), chuguacá o mulatón (Hieronyma macrocarpa), caimo o carrán (Pouteria baehniana), coquillo o zapato (Eschweilera bogotensis), amarillo rabo de gallo (Aniba robusta) y cedro (Cedrela odorata). Uno de los árboles más interesantes que encontramos es un hojarasco (Magnolia caricifragrans), el gran magnolio nativo de Cundinamarca. Sobre los troncos más viejos se observan árboles estranguladores como los cauchos o matapalos (Ficus spp.), capes o gaques (Clusia spp.) y el sapá (Coussapoa villosa). Se abre la vista y vemos la montaña del frente, donde relucen los troncos blanquecinos de una comunidad de palmas de cera (Ceroxylon sasaimae). Empezamos a bajar y poco a poco llega a nosotros el rumor del agua en movimiento. Al acercarnos al río pasa frente a nosotros el errático vuelo azul de una gran mariposa morfo. En este sitio bien iluminado a orillas del agua encontramos árboles de rápido crecimiento que ahora nos son más familiares: guamos, carate, carboneros, nacedero, sangregado, etc. Un detalle curioso más: en toda la caminata no vemos ni una sola de esas flores rosadas, moradas, rojizas o blancas que ahora son tan comunes en los cafetales: los besitos (Impatiens walleriana), especie africana que sería traída mucho después por los viajeros europeos.

 

La fauna antigua

Danta (Tapirus terrestris)
En los viejos bosques no eran tan comunes los azulejos, cardenales, canarios, siriríes y otras aves que ahora estamos tan acostumbrados a observar en las fincas de clima templado. Todas éstas son aves asociadas a zonas abiertas, que han prosperado mucho después de que los seres humanos fuimos talando los bosques. Por el contrario, en los bosques antiguos eran más comunes de lo que son ahora muchas aves asociadas a los viejos troncos, a la oscuridad, a las marañas de vegetación: grandes pájaros carpinteros, trepatroncos, furnarios, hormigueros, tororois, reinitas,...Viejos árboles muertos en pie, huecos por dentro, eran el sitio de anidación perfecto para los loros y tucanes de montaña; y la razón por la que estos loros y tucanes desaparecieron de nuestros municipios no fue porque no pudieran adaptarse a los ambientes más abiertos creados por los seres humanos, sino porque los seres humanos prácticamente acabamos con los árboles más viejos y los árboles muertos, dejando a estas grandes aves sin un sitio donde criar. Los antiguos bosques también eran el hogar de muchos mamíferos, incluyendo especies que ahora asociamos con lejanas selvas de clima caliente; en La Vega y San Francisco seguro vivieron jaguares, pumas, dantas, saínos y monos.