viernes, 26 de julio de 2013

Fincas al occidente de la Sabana - El colibrí metalura

Brillos y sombras

Metallura tyrianthina - The Lilac Breasted Roller - 2006
La región al occidente de la Sabana de Bogotá (municipios de La Vega, San Francisco, El Rosal y Subachoque) alberga decenas de especies de colibríes, todos ellos distintos, con una amplísima gama de colores y brillos en su plumaje y con una gran variedad de formas del pico y de la cola. Hay uno de ellos que, comparado con otras vistosas especies del bosque andino, parece insignificante y pasa desapercibido. Y, sin embargo, es uno de mis favoritos. Se trata del colibrí conocido en los libros de ornitología como matalura colirroja (Metallura tyrianthina). Este pájaro, propio de los bosques por encima de 2400 metros de elevación, es bien pequeño (apenas mide unos 8 cm de longitud) y tiene un pico muy corto, más corto que el de la mayoría de colibríes con los que comparte su hábitat. Su plumaje, predominantemente verde cobrizo, muestra algunas tonalidades contrastantes cuando el pajarito sale a la luz. Entonces, se puede reconocer el brillo rojo cobrizo de la cola. También, si el ave es un macho, la mancha verde esmeralda que, sólo vista desde el ángulo exacto, brilla en su garganta; la hembra, en cambio, muestra una amplia mancha rosado-naranja, no reluciente, que se extiende por toda la garganta hasta el pecho. Así, bajo condiciones ideales, suena a que nos encontramos con un ave muy vistosa. Sin embargo, casi siempre vemos a este colibrí en la oscuridad del sotobosque, donde sus colores casi no brillan y nos aparece como un avecita oscura, casi negra... ¡lo que más destaca entonces es el puntico blanco que tiene detrás del ojo!

 

Movimientos

Flor de quiche (Tillandsia) - Frecuentemente libada por la metalura
Uno de los rasgos más simpáticos del colibrí metalura es su forma de moverse. Cuando se posa, en vez de quedarse quieto, sacude las alas varias veces, al tiempo que gira su cabeza a derecha e izquierda; mientras se mueve se esta forma, suele producir un sonido corto, como un suave soplido “chf, chf”. Luego revolotea un poco, quizás visita algunas flores cercanas, y vuelve a sentarse. Comparado con otros colibríes, este metalura se mueve poco. No se desplaza grandes distancias, tampoco vuela muy alto. Y su forma de visitar las flores es también particular. En lugar de quedarse suspendido, aleteando todo el tiempo, prefiere, siempre que puede, colgarse o posarse en una ramita cercana a las flores que le apetecen. Desde esta posición, que le ahorra energía, procede a tomar el dulce néctar de cada una. Y una más de sus rarezas: su pico tan corto no le permite tomar directamente, como lo hacen otros colibríes, el néctar que se encuentra en el fondo de flores largas y estrechas. Para compensar esto, la metalura se aprovecha de los agujeritos que abren los pinchaflores o picaflores (Diglossa) en la base de las flores; o se cree incluso que él mismo perfora la base de estas flores; a través del agujerito abierto desde el exterior, el colibrí introduce el pico y toma el néctar.

 

Todo tipo de flores

Flor de tuno (Miconia) - comida de metalura
Hay muchos colibríes que muestran una clara preferencia por ciertas flores. Así, por ejemplo, el colibrí picoespada (Ensifera) está perfectamente adaptado para libar las larguísimas flores de curubas (Passiflora) y borracheros (Brugmansia). Otros colibríes se especializan en visitar flores de uvos de monte (Cavendishia, Macleania) y tominejeros o cafés de monte (Palicourea). Y otros aún son asiduos visitantes de las flores de los guamos (Inga). En cambio, este metalura es un generalista completo, que no tiene preferencias por tal o cual flor particular. Uno lo puede ver visitando flores típicamente adaptadas para ser polinizadas por colibríes, como las de los uvos de monte o las de bromeliáceas. Y luego libando flores mejor adaptadas para la polinización por insectos como las de los tunos (Miconia) y zarzas (Rubus). La metalura colicobriza liba flores blancas, amarillas, rosadas, moradas, rojas...flores largas o cortas, flores de altos árboles del bosque y flores de pequeñas hierbas de prado, flores de plantas terrestres y de epífitas, flores comunes y flores raras (en mis cuadernos de campo tengo registradas las visitas a 53 especies de plantas)...Parece libar de todo, convirtiéndose así en el más generalista de los colibríes de nuestros bosques al occidente de la Sabana.

Castilleja fissifolia - otra de las tantas flores visitadas por este colibri


viernes, 19 de julio de 2013

Cerros al oriente de Bogotá

Bosque maduro dominado por uche (Prunux buxifolia) - Usaquén
Con este escrito, se inicia una serie de artículos sobre la cadena de cerros que se extiende al oriente de Bogotá, parte de la cual, por el lado que mira hacia la ciudad, hace parte de la Reserva Forestal Protectora Bosque Oriental de Bogotá (con algo más de 13 mil hectáreas). La misma cadena también se extiende por los vecinos municipios de Chipaque, Ubaque, Choachí, La Calera, Chía y Sopó y alberga un conjunto de bosques nativos, bosques plantados y páramos de gran importancia para la conservación. Levantándose desde planicies completamente intervenidas por la agricultura y la urbanización, estos cerros cubiertos de espesa vegetación forman un corredor biológico que se extiende por el sur hasta las extensas áreas silvestres del páramo de Sumapaz. Centenares de animales y plantas, ya escasos o completamente ausentes en las áreas más intervenidas de la Sabana, todavía encuentran refugio adecuado en estos cerros. Por eso es tan grande el privilegio que tiene Bogotá, que, al lado del frenesí, del ruido y de la transformación de la gran ciudad, también puede disfrutar en forma tan cercana del paisaje, la tranquilidad y la enorme biodiversidad de estas montañas.

 

La biodiversidad de los Cerros

Picaflor de antifaz (Diglossa cyanea) - M. Woodruff - 2007
En documentos oficiales (CAR) se ha registrado de forma preliminar que la flora de la Reserva Forestal Protectora Bosque Oriental de Bogotá está compuesta por 494 especies. Esta cifra dista bastante de ser la definitiva, como lo he podido comprobar haciendo sencillas listas de chequeo de flora en algunos puntos de esta reserva forestal. Por ejemplo, tan sólo en la Quebrada La Vieja tengo registros de 418 especies de plantas. En la Floresta de La Sabana la lista ya va en 566 especies, incluyendo nativas, introducidas y plantas naturalizadas. Teniendo en cuenta estas cifras, es muy probable que la cadena montañosa completa, tomada por sus dos vertientes desde su extremo norte en Chía y Sopó hasta su extremo sur en Usme y Cruz Verde, albergue cerca de 1000 especies de plantas vasculares.

Pegamosco (Bejaria resinosa)
La fauna de vertebrados es más conocida y está mejor registrada. Hay reportes de 3 especies de peces, 8 especies de anfibios, 6 especies de reptiles, unas 130 especies de aves y unas 60 especies de mamíferos.

Algunas de las especies notables que habitan en estos cerros son, entre los mamíferos, el cusumbo (Nasuella olivacea), zorro (Urocyon cinereoargenteus/Cerdocyon thous), comadreja (Mustela frenata), chucha (Didelphis albiventris), ardilla (Sciurus granatensis) y conejo (Sylvilagus brasiliensis). Registros recientes con cámaras-trampa han permitido verificar la presencia de tigrillo (Leopardus tigrinus) y borugo o tinajo (Cuniculus taczanowskii).

Entre las aves destaca la presencia de la pava andina (Penelope montagnii), 6 especies de búhos y lechuzas, 17 especies de colibríes y una variedad de pájaros de vistosos colores como el clarinero o tangara escarlata (Anisognathus igniventris), tangara diadema (Dubusia taeniata), azulejo pechinegro (Buthraupis eximia), picaflor de antifaz (Diglossa cyanea) y arrendajo montañero (Cacicus chrysonotus).

 

Especies endémicas

Romerito de páramo (Diplostephium phylicoides) - Endémico
Entre las especies endémicas (es decir, las que sólo habitan en Colombia y en ningún otro país del mundo) destacan: entre los peces, los capitanes (Trichomycterus bogotense, T. venulosus); entre los anfibios, la salamandra (Bolitoglossa adspersa), las ranas de lluvia (Pristimantis bogotensis, P. elegans), las ranas arborícolas (Dendropsophus labialis, Hyloscirtus bogotensis) y las ranas saltonas (Hyloxalus edwardsi, H. subpunctatus); entre los reptiles, la lagartija Anadia bogotensis, el lagarto collarejo (Stenocercus trachycephalus) y la serpiente tierrera (Atractus crassicaudatus); entre las aves, el chamicero (Synallaxis subpudica); entre los mamíferos, la musaraña (Cryptotis thomasi), el ratón silvestre (Thomasomys niveipes) y el curí (Cavia anolaimae).

Se puede estimar que entre 7-10% de la flora nativa presente en los cerros es endémica de Colombia. Entre estas especies endémicas se cuentan árboles y arbustos del bosque como el uche (Prunus buxifolia), mortiño (Hesperomeles goudotiana), Citharexylum sulcatum, tuno esmeraldo (Miconia squamulosa), camargo o upo (Verbesina crassiramea), Verbesina baccharidea, Macrocarpaea glabra, tominejero (Palicourea lineariflora) y Psychotria boqueronensis. También son endémicos los frailejones (Espeletia grandiflora, Espeletiopsis bogotensis, E. corymbosa), romeros de páramo (Diplostephium heterophyllum, D. phylicoides), cardones (Puya bicolor, P. goudotiana, P. lineata, P. santosii), piñuela (Greigia stenolepis), curubas, granadillas silvestres (Passifora adulterina, P. azeroana, P. lanata) y la Aragoa cupressina.

 

Especies amenazadas

Tigrillo (Leopardus tigrinus) - Geigy - 2009
Entre las especies que han sido formalmente catalogadas como amenazadas y que han sido registradas en los Cerros Orientales se cuentan el capitán (Trichomycterus venulosus, CR), la rana de cristal (Centrolene buckleyi, VU), la rana saltona (Hyloxalus edwardsi, CR), la rana arborícola (Hyloscirtus bogotensis, NT), la rana de lluvia (Pristimantis elegans, VU), el pato turrio (Oxyura jamaicensis andina, EN), el colibrí calzoncitos (Eriocnemis cupreoventris, NT), el pibí boreal (Contopus cooperi, VU), el ratón runcho (Caenolestes fuliginosus obscurus, NT), el tigrillo (Leopardus tigrinus, VU) y el borugo o tinajo (Cuniculus taczanowskii, NT). Hasta la primera mitad del siglo XX, los cerros estuvieron habitados por algunos mamíferos de gran tamaño, como el puma (Puma concolor), el oso de anteojos (Tremarctos ornatus) y el venado (Odocoileus virginianus); sin embargo todas estas especies fueron cazadas hasta su extinción.

Entre las plantas amenazadas destacan el pino hayuelo (Prumnopitys montana, VU), cedro (Cedrela montana, VU), los cardones (Puya bicolor, NT, P. goudotiana, NT, P. lineata, NT, P. nitida, NT, P. santosii, NT), la piñuela (Greigia stenolepis, NT) y las orquídeas (Cyrtochilum ixioides, VU, Odontoglossum gloriosum VU).

 

Los antiguos bosques de los Cerros

Susca (Ocotea calophylla)
En la actualidad, los cerros al oriente de Bogotá están cubiertos por una vegetación muy transformada, consistente en parches de bosques nativos secundarios, matorrales en regeneración, plantaciones forestales de pinos y eucaliptos, cultivos y potreros, jardines y áreas urbanizadas. Los antiguos bosques andinos maduros, dominados por árboles de madera dura y semillas relativamente grandes, capaces de germinar a la sombra del propio bosque, ya han desaparecido casi por completo, luego de siglos de extracción de madera, leña y otros productos para la gran ciudad. Todavía es posible reconstruir cómo fueron estos bosques, si conocemos bien la ecología e historia natural de nuestras especies nativas, si buscamos con cuidado los árboles que aún persisten, si exploramos los poquísimos bosques maduros que se salvaron (p. ej. en Torca y Usaquén). El cuadro que aparece es el siguiente.

En la parte baja de los cerros, por debajo de 2800 metros de elevación, la especie de árbol dominante fue el cedro (Cedrela montana), tanto en las zonas húmedas como en las secas. Otras especies de bosque maduro que lo acompañaron fueron el arrayán negro (Myrcianthes rhopaloides),  uche (Prunus buxifolia), calabacillo (Meliosma bogotana), aguacatillo (Persea mutisii), amarillos (Aiouea dubia, Ocotea sericea) y naranjillo (Styloceras buxifolium). Hacia el extremo norte, más seco, eran (y todavían siguen siendo) muy comunes el arrayán común (Myrcianthes leucoxyla), corono (Xylosma spiculifera), uné (Daphnopsis caracasana) y Maytenus laxiflora.
Gaque (Clusia multiflora)

En la parte alta de los cerros, por encima de 2800 metros de elevación, abundaba la susca (Ocotea calophylla), amarillo (Aiouea dubia), pino hayuelo (Prumnopitys montana), mano de oso, tres dedos (Oreopanax bogotensis), uche (Prunus buxifolia), gaque (Clusia multiflora) y tuno roso (Axinaea macrophylla). En la actualidad, todas estas especies son raras y los bosques nativos que quedan están dominados por un árbol pionero de lento crecimiento y gran longevidad: el encenillo (Weinmannia tomentosa).

A esta cadena montañosa, relativamente aislada de las vertientes andinas húmedas del oriente (hacia los Llanos) y del occidente (hacia el Magdalena) por elevados páramos y por un altiplano más o menos seco (hasta hace poco tiempo inundado en una gran extensión) no lograron llegar por sus propios medios muchas especies de árboles que son comunes en otros bosques andinos. Es así como en los cerros Orientales no se conoce la presencia de poblaciones silvestres de roble (Quercus humboldtii), nogal (Juglans neotropica), pino romerón (Retrophyllum rospigliosii), cariseco (Billia rosea), sangregado (Croton magdalenensis), yarumo blanco (Cecropia telenitida), cauchos o higuerones (Ficus spp.) ni palmas (Ceroxylon, Chamaedorea, Geonoma), todas ellas especies actualmente introducidas por cultivo a Bogotá y a otros lugares de la Sabana.

En muchas partes de los cerros hay evidencias de una recuperación de la vegetación nativa. Esto se debe en parte a una reducción en la extracción de recursos naturales (en buena parte por la adopción de la electricidad, que hizo innecesaria la extracción de leña para cocinar). En parte a una mayor conciencia y a las regulaciones (prohibición de canteras, declaratoria de Reserva Forestal Protectora). Incluso en sitios con plantaciones de eucaliptos y acacias se puede ver cómo especies de bosque maduro como los aguacatillos (Persea mutisii), gaques (Clusia multiflora) y calabacillos (Meliosma bogotana), están haciendo lo que mejor saben: crecer bajo la sombra de los árboles mayores, poco a poco, transformando gradualmente estos ambientes dominados por especies exóticas en ambientes un poco más nativos.


miércoles, 3 de julio de 2013

Los chusques - Bambúes de los Andes

Chusques en la montaña

Chusque (Chusquea serrulata)
Durante los últimos meses, he seguido recopilando información sobre un grupo de plantas que genera controversia en los círculos de restauración ecológica, pero que, al mismo tiempo y como tantos otros elementos de nuestra flora, sigue permaneciendo poco conocido en términos de su ecología y de sus relaciones con otras especies. Se trata de los bambúes andinos conocidos como “chusques” (Chusquea spp.) Estos chusques son un componente esencial de los bosques nativos de nuestras montañas. Sin embargo, su carácter fuertemente invasor y su capacidad de ocupar terrenos en forma casi exclusiva, impidiendo que otras plantas se establezcan, genera poca valoración hacia ellos, que a menudo desemboca en aprensión e incluso rechazo hacia estas plantas. Por otro lado, un poco de atención hacia los chusques y su modo de vida, revela que se trata de plantas cuya historia natural está completamente entretejida con la de un sinnúmero de organismos de nuestros bosques de montaña. A tal punto que me pregunto: ¿podemos hacer una verdadera restauración ecológica en la región andina sin chusques?

 

La vida en los chusques

Chusque (Chusquea scandens)
Es cierto que los ambientes dominados por chusques (los “chuscales”) no ofrecen una gran variedad a la vista. En ellos no hay muchos árboles ni flores. Sin embargo, es difícil negar que estos chuscales cumplen funciones ambientales en una forma en que ningún potrero, parque o jardín lo hace. Por ejemplo, su capacidad para agarrar el suelo, protegerlo de la erosión, darle sombra. Su capacidad para proteger las cabeceras y cauces de cuencas hidrográficas. Y su capacidad para ofrecer un refugio denso y seguro a una gran cantidad de animales que viven en ellos.
Corades enyo - W. Chapman Hewitson - 1848

¿Cuál es toda esta diversidad de fauna de la que siempre hablo cuando menciono la riqueza de los chuscales? Para empezar, sólo en Colombia, son cerca de 200 especies de mariposas diurnas que viven asociadas directamente con los chusques y cuyas larvas se alimentan en forma casi exclusiva con las hojas de estos bambúes. Estas mariposas pertenecen sobre todo a un grupo de Satirinos llamado Pronophilina; muchas de ellas tienen colores opacos (cafés, negros), casi siempre con marcas distintivas de color blanco, amarillo o anaranjado en sus alas. Las especies de Pronophilina muestran un altísimo grado de endemismo, muchas de ellas viven sólo en una montaña, en una vertiente, en una estrecha franja altitudinal. Al cambiar de sitio, estas especies desaparecen y son reemplazadas por otras distintas. Así es como la región andina ha llegado a tener una diversidad tan alta de mariposas. Algunos de nuestros principales géneros de Pronophilina comedores de chusque son: Corades (10 spp.), Daedalma (3 spp.), Eretris (10 spp.), Forsterinaria (6 spp.), Junaea (2 spp.), Lasiophila (6 spp.), Lymanopoda (24 spp.), Manerebia (13 spp.), Mygona (1 sp.), Pedaliodes (cerca de 70 spp.), Pronophila (6 spp.), Steremnia (3 spp.) y Steroma (1 sp.) Además de estas mariposas, también hay otras comedoras de chusque: sobre todo la espectacular mariposa nacarada (Morpho sulkowskyi) y varias especies de la familia Hesperiidae (Dalla, Falga, etc.)

En las altas montañas cerca de 3000 metros de elevación, cerca del 50% de las especies presentes en una comunidad de mariposas pueden alimentarse exclusivamente de chusque durante sus etapas de oruga. De esta forma, los chusques ocupan en el país y en el continente uno de los primeros puestos como plantas nutricias de una amplísima variedad de lepidópteros.

Escarabajo de los chusques (Golopha)
Hay un notable insecto adicional que se alimenta de chusque. Se trata de un escarabajo con cuernos, del género Golopha, cuyos adultos vuelan en las temporadas en las que el chusque emite brotes nuevos; es común observar a los escarabajos posados sobre estos tallos jóvenes, desfibrándolos.

Para otros grupos de organismos...basta con hojear una de esas guías ilustradas sobre las aves de Colombia y Suramérica (en español o en inglés) y mirar en qué hábitats se encuentran varias de las especies de pájaros de montaña más interesantes. A cada rato uno se encuentra palabras y frases como: “chusque”, “en el chusque”, “restringido al chusque”, “sotobosques con chusque”, “bamboo”, “hillsides with Chusquea bamboo”, “thick bamboo undergrowth”, “matorrales densos y chuscales”, “casi siempre donde haya chuscales densos”. En Colombia, son alrededor de 100 de especies de aves que están adaptadas a vivir en forma preferente (y a veces exclusiva) entre los matorrales del chusque. Entre ellas están la tortolita chusquera (Claravis mondetoura), el periquito barrado (Bolborhynchus lineola), varios colibríes (p. ej. Coeligena bonapartei y Eriocnemis vestita, cuyos nidos siempre los he encontrado en chuscales),  chamiceros (Synallaxis, Hellmayrea), hojarasqueros (Thripadectes), tororois (Grallaria, Grallaricula), tapaculos (Acropternis, Myornis, Scytalopus), cucaracheros (Troglodytes, Cistothorus, Pheugopedius, Cinnycerthia, Henicorhina), hemispingus (Hemispingus), zarceritos (Thlypopsis), el saltador chusquero (Saltator cinctus), el semillero de páramo (Catamenia homochroa), los gorriones monteses (Arremon, Atlapetes), los monteros (Chlorospingus) y los arañeros (Basileuterus).

Comprapán (Grallaria ruficapilla) - R. Klappe - 2009
El chusque forma un valioso sitio de paso y alimentación para mamíferos como el cusumbo (Nasuella olivacea), el oso de anteojos (Tremarctos ornatus) y la danta de páramo (Tapirus pinchaque); estas dos últimas especies comen los brotes tiernos del bambú. El chusque es también el hábitat exclusivo de la rata de los chusques (Olallamys albicauda), uno de nuestros roedores nativos de la región andina.

¿Viendo toda esta diversidad de vida, cómo es que llegamos a pensar que los chusques no son valiosos ni deseables?

 

El imaginario del bosque

Muchas veces, dirigimos nuestros esfuerzos de restauración hacia crear algo que está en nuestras mentes (por ejemplo, un bosque andino maduro, con grandes árboles y muchas orquídeas en sus ramas). Y se nos mete tanto en la cabeza que para lograr nuestra meta, ignoramos la realidad del terreno que está ante nuestros ojos, la vegetación nativa que todavía sobrevive y los procesos naturales de regeneración. Queremos un bosque maduro (que en la naturaleza tarda varios siglos en formarse) en sólo décadas. Queremos un bosque maduro, pero sin pasar por la etapa de bosque adolescente, cuando este bosque se parece más a un matorral y está lleno de enredaderas, zarzas y otras plantas invasoras. ¡Y lo irónico es que este matorral “adolescente”, que tanto se evita, es uno de los más vitales, con mayores flujos de energía y de los que más comida y refugio le ofrece a nuestra fauna nativa!

 

Los chusques en la restauración

Interior de un chuscal (Chusquea serrulata)
Puedo hablar de mi experiencia personal. En la finca donde crecí en las montañas de Subachoque, a casi 3000 metros de elevación, el chusque es común. Cuando iniciamos la restauración de un bosque nativo en 3 hectáreas que habían estado cultivadas con papa, casi todo se hizo de una manera inconsciente, quizás intuitiva, quizás “perezosa”. Es cierto que plantamos algunos arbolitos y que tuvimos que cuidarlos constantemente de toda la avalancha de enredaderas, chusques y zarzas que amenazaban con devorarlos. Sin embargo, con un poco de observación, descubrí cuáles eran los sitios donde estas enredaderas, chusques y zarzas crecían mejor; y descubrí que no crecían por todas partes. De hecho, las enredaderas y zarzas prefieren los suelos más fértiles y las hondonadas en los terrenos. Entonces no quedó más remedio. ¡Ese sitio sería para ellas! Por otro lado, el chusque rara vez se propaga por semillas; más bien, una mata se va extendiendo año tras año, ocupando sus alrededores. Allí encontré la solución. ¡Sólo voy a plantar arbolitos lejos de las matas de chusque, para que tengan tiempo de crecer! De esta forma, me dediqué a dirigir mi ánimo restaurador hacia las partes más altas y secas del terreno, lejos de los chusques, dejando que las plantas “invasoras” ocuparan los espacios que habían escogido. Dividiendo labores de esta forma, entre el feroz crecimiento espontáneo y una restauración más personal y cuidadosa en terrenos menos fértiles, ha quedado la finca que es hoy: una finca con una gran gama de ambientes naturales y una altísima biodiversidad (en sus 6 hectáreas hay registros 12 especies de mamíferos, 82 especies de aves, 4 especies de reptiles, 1 especie de anfibio, unas 40 especies de mariposas y 483 especies de plantas vasculares). Todo esto, logrado con un mínimo de gasto de esfuerzo y de dinero.

 

Por los siglos de los siglos...

Chusque (Chusquea aff. fendleri)
Hay que seguir observando. Y observando con cuidado, a largo plazo, sin dejarnos invadir por la inmediatez de nuestros temores. Es cierto que el chusque crece dentro de los bosques; pero allí no es su ambiente óptimo, allí no va a invadir y a comerse todo. Pues el chusque necesita que se tale o se queme el bosque, que entre más luz, para poder dominar. El chusque no invade los bosques de afuera hacia adentro, sino en dirección contraria, desde el bosque al potrero. Todas las montañas que ahora vemos completamente cubiertas de chusques, han sido afectadas por la destrucción paulatina o repentina del bosque, casi siempre por actividades humanas como la tala de árboles, el pastoreo sin control del ganado, las quemas. Ahora estos sitios están en regeneración. Y no olvidemos: el chusque no dura para siempre. Bajo él, en ciertos sitios, sí van creciendo y surgiendo arbolitos. Y un día, luego de muchas décadas, todo el chusque de una montaña florece, por única vez en su vida. Luego de que los bambúes florecen y dan semilla, ellos mueren. Algunas nuevas plántulas lograrán crecer y establecerse. Pero el bosque sigue avanzando a su paso, sin remedio, año tras año, siglo tras siglo, comiéndose él al chusque. ¡Por eso es que los bosques maduros más intactos casi no tienen chusque en ellos! ¿Quién se come a quién?

 

Una nota final

Arañero (Basileuterus nigrocristatus) - M. Woodruff - 2007
Es natural que persistan las dudas...de todos modos, los chusques son plantas demasiado poderosas. Lo más probable es que si hacemos una restauración ecológica en un sitio donde todavía sobreviva algo de vegetación natural, incluyendo chusques, no necesitemos tentar al destino y podemos ahorrarnos la decisión de propagar todavía más estos invasores bambúes. La pregunta y la decisión son más bien para los sitios donde ya desapareció toda la vegetación nativa (por ejemplo, las partes planas de la Sabana de Bogotá). ¿Nos atreveremos a reintroducir aquí de nuevo a los chusques y a toda su variadísima red de mariposas y aves acompañantes?


sábado, 15 de junio de 2013

Fincas al occidente de la Sabana - Objetos de conservación

Las fincas que se encuentran al occidente de la Sabana de Bogotá (municipios de La Vega, San Francisco, El Rosal y Subachoque) albergan bosques nativos, árboles viejos y especies raras de plantas y animales. Es muy importante saber qué es lo que se tiene para poder cuidarlo. Por eso, aquí damos un resumen de algunos de los elementos naturales más valiosos que albergan muchas de estas fincas y que son prioritarios para la conservación a nivel regional, nacional e incluso mundial.

 

Mamíferos de tamaño mediano

Perezoso (Choloepus hoffmanni) - G. Gallice - 2011
Las fincas que abarcan los extensos bosques de los escarpes occidentales de la región, en la parte alta de San Francisco y La Vega, son las que están en mejor posición para proteger y asegurar la supervivencia a largo plazo de una variedad de mamíferos. Entre ellos el armadillo (Dasypus novemcinctus), perezoso (Choloepus hoffmanni), mono nocturno (Aotus lemurinus), cusumbo (Nasuella olivacea), zorro (Cerdocyon/Urocyon), tigrillo (Leopardus tigrinus), carmo (Dasyprocta punctata), borugo o tinajo (Cuniculus taczanowskii) y puercoespín (Echinoprocta rufescens).

En los bosques de las montañas de Subachoque y El Rosal se encuentra un conjunto más modesto de mamíferos, de todos modos muy valioso para la conservación; con especies como la chucha (Didelphis pernigra), cusumbo (Nasuella olivacea), comadreja (Mustela frenata), zorro (Urocyon cinereoargenteus), curí (Cavia anolaimae) y conejo (Sylvilagus brasiliensis). Es posible que todavía se encuentren tigrillos en las montañas que rodean el valle de Subachoque, pues estos esquivos felinos han sido detectados recientemente con cámaras trampa en el vecino municipio de Tabio.

 

Aves de sotobosque

Güicha (Eucometis penicillata) - D. Daniels
Las aves que viven a baja altura entre la impenetrable vegetación de bosques y matorrales nativos son particularmente sensibles a la modificación de su hábitat natural. Estas aves son de las primeras en desaparecer cuando se “limpian” los bosques, quitándoles las enredaderas y marañas de vegetación para dejarlos “ordenados”. En cambio, los bosques que todavía tienen mucho “desorden” natural son los más ricos en estas aves tímidas y difíciles de observar. Entre los chusques, zarzas y sotobosques arbustivos de Subachoque y El Rosal habitan especies como el chamicero (Synallaxis subpudica), comprapán (Grallaria ruficapilla), tapaculo (Scytalopus griseicollis), gorriones monteses (Arremon assimilis, Atlapetes pallidinucha, A. schistaceus) y arañero (Basileuterus nigrocristatus). En los sotobosques de la parte alta de San Francisco se encuentra otra especie de tapaculo más oscuro, el Scytalopus latrans, además de otras aves interesantes como el chamicero de antifaz (Synallaxis unirufa), el musguero (Siptornis striaticollis), el pitajo (Ochthoeca diadema), el cucarachero pechigrís (Henicorhina leucophrys), los hemispingus (Hemispingus frontalis, H. melanotis) y el gorrión montés bigotudo (Altapetes albofrenatus). Hacia las partes bajas de San Francisco y La Vega se observan otras especies de sotobosque como la chorola (Crypturellus soui), el hormiguero (Dysithamnus mentalis), el tiranuelo (Lophotriccus pileatus), la güicha (Eucometis penicillata) y el cucarachero ruiseñor (Microcerculus marginatus).

 

Grandes aves comedoras de fruta

Tucancito (Aulacorhynchus prasinus) - B. Gratwicke - 2008
La mayor parte de los loros andinos ya se extinguieron de la región, víctimas de la deforestación y de la destrucción de los árboles más viejos, que usaban para anidar. Pero todavía quedan en las fincas tucanes y pavas de monte. El tucancito esmeralda (Aulacorhynchus prasinus) se observa en las partes altas de La Vega y San Francisco, por encima de 2000 metros de elevación. El tucancito culirrojo (Aulacorhynchus haematopygus) habita por debajo de 2000 metros en la misma región, en los fragmentos y corredores de bosque que persisten a lo largo de las quebradas. La pava de monte (Penelope montagnii) es más común hacia los extensos bosques del escarpe occidental; en forma más ocasional ha sido registrada también en los bosques de la parte alta de Subachoque.

 

Árboles emblemáticos

Algunas especies de árboles nativos son particularmente comunes y notables por su gran edad o tamaño. Éstas son especies emblemáticas que merecen atención. En El Rosal y Subachoque destacan el cedro (Cedrela montana), el tíbar (Escallonia paniculata) y, hacia la parte alta de las montañas (más de 2800 m), el encenillo (Weinmannia tomantosa). En las parte altas de La Vega y San Francisco son muy notables los robles (Quercus humboldtii). En la parte baja de estos mismos municipios (1700-2200 m.s.n.m.) destaca el pino romerón (Retrophyllum rospigliosii). Tres especies de palmas de cera han poblado estas vertientes, aunque ahora están muy reducidas en número; todas ellas son emblemáticas y se las debería propagar más. Por encima de 2000 msnm crece la palma de cera del Quindío (Ceroxylon quindiuense); por debajo de 2000 msnm es el hábitat de la palma de cera cafetera (Ceroxylon alpinum) y de la palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae).

 

Especies endémicas

Scutellaria parrae
Las especies endémicas de plantas y animales son las que sólo se encuentran en Colombia y en ningún otro país del mundo. Son especies que si nosotros los colombianos no cuidamos, nadie más podrá hacerlo. Como las especies endémicas siempre forman un porcentaje muy reducido de la biodiversidad de las fincas (menos del 10% de especies), es importante y perfectamente posible aprenderlas y protegerlas. Algunas de nuestras principales especies endémicas son:

EL ROSAL Y SUBACHOQUE. MAMÍFEROS: Musaraña (Cryptotis thomasi), curí (Cavia anolaimae). AVES: Chamicero (Synallaxis subpudica). REPTILES: Lagarto collarejo (Stenocercus trachycephalus), serpiente tierrera (Atractus crassicaudatus). PLANTAS: Amarguero (Ageratina asclepiadea), frailejones (Espeletia argentea, E. barclayana, E. cayetana, E. grandiflora, Espeletiopsis corymbosa), camargo (Verbesina crassiramea), tuno esmeraldo (Miconia squamulosa), chuguacá (Hieronyma rufa), mortiño (Hesperomeles goudotiana), uche (Prunus buxifolia).

SAN FRANCISCO Y LA VEGA (Parte alta – 2000-3000 msnm). AVES: Inca negro (Coeligena prunellei). PLANTAS: Mararay abanico (Aiphanes concinna), amarguero (Ageratina popayanensis), zarcillejos (Centropogon pinguis, C. vaughianus), Scutellaria parrae, coquito, zapato (Eschweilera bogotensis), hojarasco (Magnolia caricifragrans), caucho tequendama (Ficus tequendamae), orquídeas (Lepanthes debedoutii, Sobralia mutisii).

SAN FRANCISCO Y LA VEGA (Parte baja – menos de 2000 msnm). PLANTAS: Palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae), platanillo (Heliconia estiletioides).

 

Orquídeas

Aguadija (Cyrtochilum revolutum)
La mayor diversidad de orquídeas se encuentra en bosques viejos, de varios siglos de edad. Estos bosques ya son muy escasos en la franja de clima medio de San Francisco y La Vega, antes poblada con grandes orquídeas como las cunas de Venus (Anguloa) y catleyas (Cattleya trianaei). En los bosques de los escarpes occidentales todavía es posible encontrar poblaciones protegidas de las vistosas orquídeas Cyrtochilum, Odontoglossum y Masdevallia. En los bosques de El Rosal y Subachoque es común la aguadija (Cyrtochilum revolutum). Aparte de estas orquídeas de gran tamaño, abundan decenas de especies pequeñitas, que contribuyen a decorar los troncos de nuestros árboles andinos.

 

Árboles amenazados de bosque maduro

Tronco de cuchillo (Zinowiewia australis)
En las partes bajas del valle del río Subachoque el árbol de bosque maduro más importante es el cedro (Cedrela montana, VU). Viejos ejemplares de esta especie, repletos de quiches y orquídeas, se pueden ver en El Rosal y en los alrededores de La Pradera. En las altas montañas de Subachoque se encuentran árboles raros como el pino hayuelo (Prumnopitys montana, VU), aguacatillo (Persea mutisii), susca (Ocotea calophylla), chuguacá (Hieronyma rufa) y calabacillo (Meliosma arenosa).

La mayor diversidad de especies de árboles amenazados de bosque maduro se encuentra en San Francisco y La Vega, en la franja entre 1700 y 2500 metros sobre el nivel del mar. Aquí se encuentran especies como el pino romerón (Retrophyllum rospigliosii, NT), palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae, CR), barcino (Calophyllum brasiliense), cuchillo (Zinowiewia australis), esmeraldo (Mabea sp.), roble (Quercus humboldtii, VU), chulo (Calatola costaricensis), cedro nogal (Juglans neotropica, EN), coquito, zapato (Eschweilera bogotensis, EN), hojarasco (Magnolia caricifragrans, EN) y carnefiambre (Roupala monosperma).

Algunas de estas especies ya están siendo rescatadas por los propietarios de las fincas. En San Francisco (y también en Supatá) hay fincas donde se están enriqueciendo los bosques con centenares de individuos de pino romerón y palma de cera de Sasaima. Si esta labor se continúa con el cuchillo, el esmeraldo, el coquito y las demás especies amenazadas, su supervivencia a largo plazo quedará asegurada.

miércoles, 12 de junio de 2013

Búhos en la ciudad

El encuentro

Búho orejudo (Asio stygius) - H.G. Fischer - 2010
La semana pasada, cuando saqué a pasear a mi perra a un parque en Bogotá, era muy temprano, casi de noche. Medio adormilado, podía alzar la cabeza y ver el cielo oscuro que apenas insinuaba el azul que iba a mostrar poco después. Mientras miraba hacia arriba, vi un objeto caer desde un alto pino; descendía muy suavemente, como si fuera una hoja de papel o una bolsa de plástico. Me acerqué al sitio donde se posó en el suelo... ¡y resultó ser el ala de un pájaro! Un ala fresca, además, ya que en la base donde había sido arrancada se veía un poco de sangre. Inmediatamente lo supe: encima de mí había un búho tomando la última comida de la noche. Miré hacia arriba y, luego de buscar un rato, vi su silueta aleteando para mantener el equilibrio en lo más alto del árbol. Por su gran tamaño fue fácil identificarlo: un búho orejudo (Asio stygius). Sonreí. Ya me había topado varias veces en la ciudad con búhos de esta especie; y era la primera vez que veía uno comiendo. Siempre da gusto descubrir que la ciudad no es sólo una ciudad de humanos. También es una ciudad de búhos.

Ojos observadores

Currucutú (Megascops choliba) - D. Sherony - 2010
Ver bien un búho no es nada fácil. Estos animales pasan todo el día durmiendo en un sitio alto y oscuro. Quizás en un nicho dentro de un edificio, quizás en lo alto de un árbol, donde el follaje es más espeso. Sólo salen a volar ocultos por la oscuridad de la noche. Si los vemos entonces, será simplemente una silueta, grande y cabezona, pasando sigilosamente. Es por eso que para registrar búhos, los observadores de aves expertos cuentan más con detectar sus ululares y graznidos particulares, únicos para cada especie. A veces tenemos suerte y podemos encontrar un búho durante el día, cuando está descansando. Así fue la primera vez que vi un búho orejudo, sentado en lo alto de un árbol, en uno de los sitios más concurridos de la Universidad Nacional. Era muy curioso ver al enorme pájaro mirando a los cientos de transeúntes que pasaban debajo de su árbol, al tiempo que todos estos cientos de transeúntes no eran conscientes de que estaban siendo observados. Quizás nosotros no hayamos visto un búho. ¡Pero seguro habremos sido observados por alguno!

Búhos y dieta

Lechuza común (Tyto alba) - D. Daniels
¿Qué búhos hay en Bogotá? ¿Y qué comen? El búho orejudo del que hablamos se alimenta sobre todo de pájaros y de murciélagos. Al parecer, le gusta mucho comer palomas. En parques grandes de Bogotá también se escucha ocasionalmente el canto del currucutú (Megascops choliba), un búho pequeño, de apenas 23 cm de longitud; este búho se alimenta principalmente de insectos grandes, complementados con algún ratón. En los humedales de Córdoba y de La Conejera se registra al búho rayado (Pseudoscops clamator), cazador de pequeños mamíferos e insectos grandes. La lechuza común (Tyto alba) es común por toda Bogotá; en sus recorridos nocturnos, este pájaro parecido a un fantasma se dedica casi completamente a la cacería de ratas y ratones. Palomas, insectos, ratones...mientras la ciudad tenga alimento en abundancia, los búhos estarán ahí, haciendo su vida en forma paralela a la nuestra, mientras permanecen ocultos y silenciosos.

P. S. Al día siguiente de nuestro encuentro, regresé al sitio donde vi comiendo al búho orejudo para revisar los restos de su comida...resultó que el ave que atrapó era una tingua o polla azul (Porphyrio martinicus). La tingua es un ave acuática que realiza migraciones nocturnas entre diferentes humedales. Me imagino la extraña escena de un ave de humedal pasando por la mitad de la ciudad en medio de la noche...sólo para ver su migración interrumpida por un gran búho bogotano que la convirtió en su cena...

jueves, 6 de junio de 2013

Tangaras, yarumos, tunos y jardines

Pajaritos de colores

Tangara larvata - J. Oldenettel - 2011
Las tangaras del género Tangara son un grupo de pequeñas y coloridas aves que viven en todas las regiones húmedas de Colombia, desde el nivel del mar hasta el límite inferior de los páramos. Su mayor diversidad se encuentra a alturas medias de nuestras cordilleras, entre unos 500 y 2500 metros sobre el nivel del mar. Quizá sólo los colibríes puedan competir con las tangaras en la brillantez y variedad de sus plumajes, con tonos que incluyen amarillos, rojos, verdes y azules, usualmente mezclados con negro y, a veces, blanco, en las más diversas combinaciones. Para toda finca, poseer una variedad de tangaras constituye un privilegio: las pequeñas aves son grandes dispersoras de semillas y ofrecen adorno con su plumaje y entretenimiento con sus activos ires y venires. Si queremos que las tangaras se amañen en nuestro terreno, ayuda mucho saber algunas cosas sobre ellas, para poder encontrar puntos donde nuestras actividades puedan favorecer su estilo de vida.

Asociaciones botánicas

Yarumo con frutos - el alimento de las tangaras
La mayor parte de las tangaras no son aves del interior del bosque. Más bien, son propias de los bordes, muy comunes donde hay matorrales y vegetación enrastrojada. Las tangaras se alimentan de frutos pequeños y son unas de las más importantes dispersoras de semillas en terrenos con vegetación en regeneración. Estas aves mantienen una relación muy especial con dos grupos de plantas: los yarumos (Cecropia) y los tunos o nigüitos (Miconia spp.) Los frutos de estos árboles y arbustos forman parte fundamental de la dieta de las tangaras. Y podemos ver que, donde hay una abundancia de tangaras, siempre están presentes también las plantas que ellas comen. Así que, si queremos a estas pequeñas aves de colores en nuestras fincas, tenemos que plantar (o dejar que crezcan espontáneamente) yarumos y tunos.

 

La búsqueda de tunos y yarumos

Es raro encontrar tunos y yarumos a la venta en viveros comerciales. Para climas fríos se consiguen algunos yarumos blancos (Cecropia telenitida), pero, en cambio, los yarumos de clima templado y caliente casi nunca son cultivados. Lo mismo vale para los tunos, pues rara vez encontramos alguna de las centenares de especies colombianas de este género cultivada en un vivero. Tanto tunos como yarumos suelen ser considerados “maleza” en las fincas donde crecen y por lo general son eliminados con la guadaña o el machete cuando se deshierba la vegetación. Afortunadamente, ambos tipos de plantas son muy prolíficas y fácilmente podremos encontrar sus plántulas si las buscamos con cuidado en sitios enrastrojados, en linderos, barrancos y cañadas.

Típicas hojas de un tuno o nigüito (Miconia)
Hay dos formas como podemos ayudar a que estas plantas crezcan y favorezcan a las aves. La primera, no volver a cortar el pasto ni ninguna otra vegetación en estos mismos linderos, barrancos y cañadas. Los yarumos y tunos rápidamente se levantarán y empezarán a dominar en la nueva reserva natural de vegetación silvestre que se crea de esta manera. La otra forma es trasplantar las plántulas más pequeñas a bolsas de vivero, donde serán mantenidas húmedas y protegidas durante varios meses, mientras se adaptan y crecen. Luego se las puede plantar en un jardín o en el área deseada, siempre en un lugar donde les dé abundante sol. Si cuidamos estas plantas, en nuestro terreno nunca faltarán las tangaras.







Tangara cayana - D. Sanches - 2009

Tangara cyanicollis - D. Daniels - 2012

miércoles, 24 de abril de 2013

Fincas al occidente de la Sabana – Un año después

Bosque nublado en La Chorrera, San Francisco
Hace algo más de un año varios propietarios de fincas en cuatro municipios situados al occidente de la Sabana de Bogotá (La Vega, San Francisco, El Rosal y Subachoque), todos nosotros curiosos y experimentadores en el mundo de la conservación, decidimos empezar a compartir experiencias sobre lo que estábamos haciendo en nuestros terrenos. Como parte de este trabajo, cada mes he estado enviando al grupo un correo que lleva información sobre las plantas, los animales y las actividades de conservación que se realizan en la región. Ahora somos más de 40 fincas las que estamos participando de este conocimiento. Y puede ser un buen momento para hacer un resumen sobre qué es lo que tenemos en común. Es una reflexión que toca muchos campos de nuestras vidas y que debería hacerse en conjunto. Por lo pronto, me he limitado a pensar qué es lo que hacemos, consciente o inconscientemente, para conservar la biodiversidad de nuestros terrenos. Y encuentro que eso que hacemos puede ser resumido en los siguientes puntos:

 

Somos curiosos respecto a la vida que nos rodea

Yarumo plateado en la finca Chulajuán, San Francisco
Esta curiosidad se manifiesta en que conocemos los nombres de varios árboles que crecen en nuestras fincas. Conocemos los nombres de algunos animales que viven en estos árboles. Y, si no conocemos los nombres, al menos reconocemos que no los conocemos y buscamos aprenderlos a la menor oportunidad que se nos presente. Y no hablo de conocer los nombres de TODAS las especies que viven en nuestras fincas, una tarea interminable. Hablo, de conocer los nombres de al menos 10 árboles distintos, de al menos 10 pájaros que recorren nuestros terrenos, de las especies más comunes y típicas con las que compartimos nuestra vida de campo.

 

Queremos conservar esta vida que nos rodea

Rana en la finca El Cerro, Subachoque
Reconociendo que tenemos que vivir de algo y que muchas fincas tienen que ser productivas, también reconocemos que esto no es incompatible con la conservación de nuestros compañeros árboles y de nuestros amigos pájaros, cuyos nombres (si es que realmente son amigos nuestros) hemos aprendido. Por esta razón, somos curiosos a la hora de aprender las necesidades de la vida silvestre y a la hora de aprender nuevas formas de producción y de manejo de los terrenos que permitan la coexistencia de los sistemas productivos y de los animales y plantas nativos.

 

Hacemos un ordenamiento de nuestras fincas

Sietecueros y corredores de bosque - La Primavera, San Francisco
Las fincas no las manejamos de cualquier manera; más bien, planeamos bien cómo van a ser organizadas. Esta planeación (que si nos cabe en nuestras cabezas no necesariamente tiene que estar en un plano o en un papel) incluye usualmente dos tipos de zonas de manejo distinto. Uno son las zonas de producción, de vivienda y recreación, que son las zonas de hacer, donde usamos nuestro sentido común, donde aplicamos el conocimiento que disponemos para el funcionamiento de los sistemas productivos, donde damos rienda suelta a nuestros gustos, a nuestra estética. El otro son las zonas de conservación, que usualmente ocupan los nacimientos y cursos de agua, las laderas más empinadas, los linderos del terreno y los sitios con bosques más viejos. En las zonas de conservación dejamos que la naturaleza se manifieste con sus propias formas, a su propio ritmo. Son zonas de “no hacer” para nosotros, donde procuramos no entrometernos y más bien procuramos observar, aprender. En las zonas de conservación se desarrollan libremente elementos raros en los jardines y campos cultivados, pero igualmente importantes y necesarios para la vida: entre ellos el pasto alto, que nunca es cortado; los colchones de hojarasca que cubren el suelo; las marañas de enredaderas, chusques y arbustos, donde crían las mariposas y donde la mayor diversidad de aves construyen su nido; y los troncos muertos, donde los pájaros carpinteros, tucanes, búhos y otros animales encuentran refugio y lugar de cría. Si tenemos ganadería, instalamos cercas que impidan que las vacas entren a las zonas de conservación, previniendo la destrucción y el pisoteo de la vegetación.

 

Y va más allá de lo que hacemos...se trata también de lo que “no hacemos”, de lo que dejamos ocurrir...

Variedad de flora a orillas de un guadual - El Saman, La Vega
Esto va muy en sintonía con la filosofía de las zonas de conservación. No todo es conocer, planear y hacer. Muchas cosas valiosas simplemente van sucediendo y quizás un día les reconozcamos todo su valor. Una persona sin mayor conocimiento puede dejar crecer un bosque sin saberlo, por la simple razón de haber dejado “abandonado” un terreno, sin “cuidado” alguno. Este tipo de elementos de la espontaneidad también es altamente valorado por las personas de nuestro grupo. De allí derivan las restauraciones ecológicas más auténticas; y las sorpresas que condimentan nuestra vida. Creo que es por esto que a todos nos gustan los bosques silvestres.



Éstas son apenas mis opiniones. Otras personas del grupo podrán aportar nuevas observaciones y puntos de vista que muestren en qué formas todos nosotros hacemos parte de una misma cosa.