martes, 9 de mayo de 2017

La flora silvestre de Bogotá

La trompetilla o achicoria (Hypochaeris radicata)
A lo largo de los últimos cuatro siglos, es impresionante lo mucho que ha cambiado la vegetación de la altiplanicie donde se encuentra situada Bogotá. Bosques inundables con alisos, tíbares, tunos, amargosos, helechos y juncos, fueron reemplazados poco a poco por campos de cultivo, por potreros, por construcciones aisladas, por barrios incipientes y finalmente por una densa red de edificaciones, cemento, ladrillo y pavimento. Ahora casi toda la flora que se encuentra en la ciudad no es originaria de la misma Sabana y no crece sola: casi todos los árboles, arbustos y flores que vemos en avenidas, parques y jardines, son plantas cultivadas por nosotros, los seres humanos.

Teniendo en cuenta estos cambios enormes, no deja de ser sorprendente que aún hoy, la ciudad alberga algunos cientos de especies de plantas que nacen y crecen espontáneamente. Muchas son nativas que desde hace milenios han crecido en los Andes colombianos. Otras son recién llegadas, exóticas que han sido introducidas, en forma intencional o accidental, procedentes de otros países y continentes.

Erigeron karvinskianus
Casi todas estas plantas silvestres son pequeñas hierbas que crecen en los prados y entre las grietas del suelo. Pero también hay algunos árboles, arbustos y trepadoras que se propagan por si solos en rincones de los jardines, en muros, alcantarillas y bordes de andenes.

Las plantas silvestres suelen ser ignoradas o, cuando se les presta atención, consideradas un estorbo en la ciudad. Se le da preferencia a las especies cultivadas, a aquellas que hemos decidido cómo, dónde y cuándo plantar. La flora silvestre escapa, al menos en parte, a estas decisiones. Puede surgir en cualquier momento, en forma veloz o, más a menudo, muy sutil, especialmente en los rincones de la ciudad donde las actividades de mantenimiento de la infraestructura y de las áreas verdes no llegan en forma regular.

La diminuta Cotula australis
Si observamos con más detalle esta pequeña legión de plantas silvestres, nos daremos cuenta que tienen una gran importancia. Mariposas, abejas y moscas de las flores visitan asiduamente las flores de algunas especies. Las orugas de varias mariposas se alimentan con las hojas de ciertas hierbas de las grietas y prados. Margaritas, carretones y dientes de león pintan de colores los prados urbanos. Las plantas silvestres suelen mostrar una notable resistencia y muchas de ellas pueden ser especies ideales para fomentar su crecimiento en jardines de flores nativas y techos verdes pensados para la biodiversidad.

Pensando en todo esto, hemos creado un proyecto en iNaturalist para que todos ustedes puedan conocer más sobre la flora silvestre de Bogotá y puedan aportar sus observaciones. Así lograremos conocer más este importante grupo de plantas. Pueden verlo aquí: http://www.inaturalist.org/projects/flora-silvestre-de-bogota

martes, 24 de enero de 2017

Las ciénagas del Magdalena

Ciénaga en Yondó (Antioquia)
Cuando pienso en ciénagas, lo primero que se me viene a la cabeza son las grandes extensiones de brillante agua en medio de un clima caluroso…la vegetación exuberante en las orillas, una garza o una bandada de cormoranes levantando el vuelo asustados por la cercanía de la lancha en la que nos transportamos… Como soy amante de la vida silvestre, pienso en la multitud de animales que habitan estos ambientes acuáticos, pienso, con optimismo, en la remota posibilidad de avistar un manatí.

En la prensa se habla de los problemas de conservación de las ciénagas, de cómo estas son contaminadas, invadidas y desecadas, de las mortandades de peces y de la precaria vida de los pescadores… Los biólogos también tienen sus temas ya escogidos, hacen inventarios de la vegetación sumergida, flotante y de orilla, realizan avistamientos de aves, colectan ranas y peces, miden la calidad del agua por medio de análisis fisicoquímicos y bacteriológicos, estudian el impacto de la pesca artesanal, etc.

 

La primera impresión

Agua de ciénaga
De algún modo, conocí las ciénagas antes de conocerlas, antes de ir personalmente a ellas. Las conocí por medio de los libros que leía, por medio de los periódicos y de los artículos científicos que caían en mis manos. Hasta que un día, yo, que casi siempre me la pasaba arriba en la montaña, tuve la oportunidad de hacer una exploración a las tierras bajas del río Magdalena y conocí una ciénaga de verdad, una ciénaga “en vivo y en directo”. Como tantas veces me ha pasado la primera vez que me encuentro personalmente con un pájaro, con un insecto o, en este caso, con todo un ecosistema, la sensación que me produjo el ser vivo, frente a mí, rodeándome, resultó distinta de la imagen que había fabricado, año tras año, en mi pensamiento, tras todas las lecturas que había hecho.

Además de la sensación general, de sentir el ambiente especial del lugar, empecé a ver un montón de detalles que me fueron sorprendiendo cada vez más y que despertaron en mí un montón de preguntas… ¿Cómo se forman y cuál es el destino de las islas flotantes de vegetación? ¿Hay manglares de agua dulce?¿Realmente hay orquídeas creciendo pocos centímetros por encima de la superficie del agua?

Tabebuia rosea entre el bosque inundado
Con los años, luego de ir conociendo más ciénagas, las preguntas siguen acumulándose: ¿son los comunes guayacanes rosados u ocobos (o “robles”, como se los conoce en la Costa), tan frecuentes en todo el centro y norte de Colombia, verdaderos árboles de pantano? ¿Puede un reservorio de agua lluvia o “jagüey” comportarse, en una escala más pequeña, como una ciénaga?

Sigo leyendo, de tanto en tanto, sobre las ciénagas… y ahora me sorprende pensar qué circunstancias, qué combinaciones de eventos, qué tradiciones, harán que observemos, seleccionemos y estudiemos ciertos temas, dejando otros de lado.

El mundo de la ciencia no está exento de esta selección. Si buscamos investigaciones y artículos científicos sobre las ciénagas de Colombia, encontraremos temas y palabras clave que se repiten una y otra vez, que buscan el conocimiento dentro de ciertos límites, dejando mucho más por fuera… Así, encontraremos conceptos como “biodiversidad”, “ecosistemas”, “bosque seco”, “sucesión de la vegetación”, “macroinvertebrados”, “recursos pesqueros”. Pero poco o nada se habla de las “ciénagas artificiales”, los “manglares de agua dulce” y las “orquídeas de agua”, que tanto han llamado mi atención en mis visitas a las zonas inundadas de tierras bajas.

En vista de que hay tan poco para leer sobre estos temas en otras partes, me voy a dar gusto aquí, contando sobre algunos de los elementos de las ciénagas que más han llamado mi atención.

 

Manglares flotantes

Clusia sp., llamado "manglar" en el Magdalena Medio
Uno de los elementos sorprendentes de las ciénagas son los “tapones”, islas flotantes de vegetación, las cuales navegan por la superficie del agua, yendo de un lado a otro de la ciénaga, reuniéndose con otras masas de vegetación en las orillas e interactuando con otros tapones en medio del agua. Para los habitantes locales, los tapones son importantes, pues su movimiento y aparición en ciertos lugares puede obstaculizar los canales usados para la navegación. Una embarcación en movimiento fácilmente puede quedar atrapada entre dos tapones que se desplazan por el agua. A veces uno se sorprende por las dimensiones de la vegetación que compone un tapón; aunque normalmente estos están compuestos por gramalotes o pastos de agua y por otras especies herbáceas y arbustivas, he llegado a ver tapones donde la planta más alta es un arbolito pequeño de hasta 5 m o más de altura.

Un pequeño "tapón" de pasto flotante
Uno descubre el origen de los tapones en los bordes de la ciénaga. A medida que la vegetación va colonizando las orillas, va aumentando la altura y desarrollo de las plantas que componen este hábitat de borde. Los primeros colonizadores son pastos acuáticos como Hymenachne amplexicaulis y Paspalum repens. A medida que pasan los años, en medio de este prado acuático empiezan a surgir arbustos de “clavito de agua” (Ludwigia peruviana), los cuales se van desarrollando hasta formar densos matorrales de entre 1 a 3 m de altura. Entre las raíces del clavito van naciendo tapetes de helechos (Nephrolepis y Thelypteris).

Y el crecimiento de la vegetación permanentemente inundada de la orilla no para aquí: ahora son pequeños árboles y algunas palmas las que siguen colonizando el tapete de raíces del clavito de agua; así nacen especies como el “guarumo” (Cecropia peltata), “guamo macho” (Inga sp.) y Senna reticulata. Pero las especies dominantes terminan siendo, en unos sectores de la ciénaga, la palma de “maquenque” (Euterpe oleracea) y, en otros, una especie de arbolito conocida localmente (en Yondó, Antioquia) como “manglar” (Clusia sp.) y que, en efecto, por su grueso y apretado follaje, se parece a algunos manglares que crecen en las costas marinas. Este “manglar” se desarrolla hasta alcanzar unos 5 a 8 m de altura, forma auténticos bosques en las orillas de las ciénagas más conservadas, y sostiene una interesante comunidad de plantas que crecen sobre su densa balsa de raíces.

Durante las crecientes, el agua que sube de nivel puede llegar a arrancar trozos del “manglar” de la orilla y llevárselos por la ciénaga, formando un “tapón” leñoso: en estos casos, resulta sorprendente ir navegando por el agua y tener que esquivar pequeños bosques flotantes, los cuales son transportados por una balsa de sus propias raíces.

Me parece muy curioso que no he podido encontrar en la literatura publicada sobre la vegetación de las ciénagas casi ninguna descripción de la vida de estos “manglares de agua dulce”, siendo estos unos elementos tan vistosos del paisaje.

 

Orquídeas sobre el agua

Entre la balsa de raíces de los “manglares” de agua dulce, en medio de las comunidades herbáceas dominadas por helechos, se encuentran abundantes poblaciones de una especie de orquídea del género Epidendrum. Es muy curioso encontrar una orquídea de este tipo, que normalmente uno asocia con la vegetación de un barranco o un matorral algo seco, y que aquí, en cambio, crece en medio del agua, incluso flotando sobre una isla de vegetación que se desplaza de un lado a otro de la ciénaga. Más curioso pensar que la orquídea crece sobre las densas raíces del “manglar” precisamente para evitar mojarse (ya que la mayoría de orquídeas del mundo no soportan tener las raíces permanentemente encharcadas)… una orquídea que vive sobre una balsa, pero que moriría si llega a ser inundada…

El botánico Thomas Croat, en su célebre libro “Flora of Barro Colorado Island” (publicado en 1978 por la Stanford University Press), menciona brevemente la Epidendrum radicans y su hábitat flotante (¿quizás la misma especie presente en los humedales del Magdalena Medio?) con estas palabras: “Not seen on the island recently; collected twice in 1932 on floating islands of vegetation along the shore.” Aparte de ésta, no he leído ninguna reseña sobre orquídeas de este género creciendo sobre las raíces de las islas flotantes.

 

Árboles de pantano

Tabebuia rosea
Otra sorpresa para mí fue observar, en medio de una ciénaga, la espectacular floración del guayacán rosado o “roble” (Tabebuia rosea). Al comienzo dudé que se tratara de esta especie, a la que es tan común encontrar cultivada en campos y ciudades, en jardines y bordes de carreteras, a menudo en zonas muy secas. Pero ahí estaban, claramente ante mí, los guayacanes, bien rosados en esa temporada del año. Lo más interesante es que, por el sitio y la vegetación que los rodeaba, se veía que los árboles eran completamente silvestres y que ese era su hábitat natural, preferido en toda la región. Leyendo más en la literatura sobre esta especie, he encontrado que, efectivamente, está reportada como poseedora de una alta resistencia a las inundaciones.¡ Así que uno de los árboles maderables nativos más comunes de Colombia resulta ser también un árbol de pantano!

 

Jagüeyes para la vida

En la Costa Caribe he conocido los jagüeyes, nombre que allí reciben los reservorios artificiales de agua, excavados en las fincas para proveer de líquido a la gente y el ganado. Durante las temporadas de sequía, los jagüeyes pueden ser las únicas fuentes disponibles de agua… si ésta se acaba, pues se acabó la vida en la región; el ganado muere, la gente tiene que traer agua de lejos…o desplazarse; una realidad muy dura que nos recuerda a los habitantes de la ciudad una apremiante realidad, que normalmente no sentimos con toda su fuerza: que el agua potable no es eterna y que sin ella no somos nada.

Jagüey en el departamento de Atlántico
Pues bien, en estos jagüeyes (que pueden ser tan pequeños como estanques o tan grandes como lagunas) he observado que se desarrollan muchas de las mismas plantas que crecen en las ciénagas. Y, en ellos habitan muchos animales que también se encuentran en las ciénagas. Aunque el ciclo de agua de un jagüey es distinto al de la ciénaga (el primero sólo recibe agua de la lluvia, la segunda la recibe estacionalmente del río), no deja de resultar interesante que tantas especies de fauna y flora hallen en los modestos jagüeyes un refugio y hogar adecuado. Los jagüeyes más conservados muestran una rica vegetación de orilla, donde es posible ver los mismos gramalotes (Hymenachne), clavitos de agua (Ludwigia) y bihaos (Thalia) que en las ciénagas; flotando sobre el agua vemos helechos de agua (Azolla, Salvinia, Ceratopteris), alismatáceas, utricularias y lirios de agua…las mismas especies, de hecho, que se verían en una ciénaga equivalente.

El "chavarrí", gran ave amenazada propia de las ciénagas
Los jagüeyes albergan una modesta fauna de peces nativos (aquellos que pueden arribar a los nuevos y aislados hábitats en forma de huevos, pegados a las patas y al plumaje de las aves acuáticas…o que, como la anguila – Synbranchus marmoratus, pueden reptar durante las temporadas lluviosas, para acceder a nuevos pozos). Una variedad de sapos y ranas ambientan con su canto los jagüeyes, especialmente durante la noche. Entre los reptiles, se encuentran en los jagüeyes tortugas como las amenazadas “icotea” (Trachemys callirostris) y “carranchina” (Mesoclemmys dahli), así como babillas (Caiman crocodilus).

Y qué decir de las aves acuáticas, desde el gran chavarrí (Chauna chavaria) hasta las pequeñas viuditas de agua (Fluvicola pica): decenas de especies acuáticas hacen de estos hábitats artificiales su hogar. Por último están los mamíferos: los murciélagos toman agua, cazan insectos o pescan sobre estos cuerpos de agua, monos y venados beben de su agua y animales como el “ponche” o chigüiro (Hydrochoerus isthmius) tienen aquí su lugar de residencia permanente. Una fauna que originalmente estaba restringida a las ciénagas, puede ocupar ahora un nuevo hábitat… claro está, si tan sólo los dueños de las fincas saben esto, permiten el libre crecimiento de la vegetación de orilla y abandonan la cacería. Miniciénagas de finca llenas de vida... ojalá podamos decir: una especie en vías de expansión.

domingo, 31 de enero de 2016

Una guía para restaurar los ecosistemas de Colombia - Los páramos de la cordillera Central

Frailejones (Espeletia hartwegiana) en el Macizo colombiano
Esta serie de artículos señala las 16 áreas del país donde es más urgente emprender labores de restauración ecológica. Estas áreas incluyen las regiones más pobladas y desarrolladas y, por tanto, las que mayor degradación ambiental han sufrido; específicamente, abarcan toda la región Caribe y andina de Colombia, así como la región del Magdalena Medio y el piedemonte oriental de la cordillera.

Si usted es un propietario de una finca o un conservacionista que quiere emprender un proyecto de restauración de los bosques y de la fauna silvestre, es un buen punto iniciar conociendo su área. Antes de restaurar algo, hay que preguntarse: ¿Cómo eran los antiguos ecosistemas que había en esta región? ¿Qué especies de plantas y animales vivían aquí? ¿Cuáles siguen existiendo todavía? ¿Cuáles son las especies endémicas (exclusivas) de la región? ¿Cuáles especies están más amenazadas de extinción? Si voy a iniciar la creación de corredores de bosque en un terreno completamente despejado ¿cuáles son las especies de flora más adecuadas que debería plantar?”

Colombia es un país tan variado que la respuesta a cada una de estas preguntas es diferente dependiendo de la región. Aquí continuamos con una serie de artículos que traen la información básica para cada una de estas áreas.

 

Los páramos de la cordillera Central

Localización de los pármos de la cordillera Central
Este grupo de páramos se extiende a lo largo de la más alta y antigua cordillera que hay en Colombia, ocupando áreas elevadas por encima de los 3000 metros en los departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, Valle del Cauca, Tolima, Huila, Cauca, Putumayo y Nariño. En la forma como aquí están definidos, los páramos de la cordillera Central incluyen también los páramos del sur de Colombia (Nudo de los Pastos, Macizo Colombiano). 

Los páramos estuvieron antiguamente más extendidos y conectados durante las glaciaciones; por el contrario, en el período cálido en el que vivimos ahora, los páramos se encuentran limitados a las cimas más elevadas de las montañas, estando aislados unos de otros como una especie de archipiélago biológico. Los bloques aislados de páramos de la cordillera Central han sido clasificados en grupos así: de norte a sur, Belmira, Los Nevados, Chilí-Barragán, Las Hermosas, Nevado del Huila-Moras, Guanacas-Puracé-Coconucos, Sotará, Doña Juana-Chimayoy, La Cocha-Patascoy y Chiles-Cumbal.

El aislamiento de los páramos ha favorecido el desarrollo de numerosas especies endémicas (exclusivas), que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo. Plantas y animales presentes en un páramo pueden estar ausentes de otros páramos. Por otro lado, los páramos, con su vegetación acolchonada, sus lagunas y pantanos y la humedad que reina en ellos, son por excelencia las fuentes de agua que protegen y dan nacimiento a los ríos más importantes del país. Millones de colombianos, habitantes de las ciudades y del campo, dependen del suministro de agua de los páramos para sobrevivir. Debido a esta importancia estratégica y a sus características biológicas únicas, muchos páramos han sido declarados áreas protegidas. Sin embargo, son muchos los retos que todavía toca enfrentar para asegurar la conservación de estos ecosistemas, presionados por la ampliación de la frontera agrícola, la minería y el cambio climático.

 

Biodiversidad

Bromeliáceas epífitas - Macizo colombiano
La biodiversidad de la región paramuna de la cordillera Central, si bien menor que la de regiones comparables en tierras más bajas, sigue siendo elevada, teniendo en cuenta su pequeña área y difícil clima. Se puede estimar la presencia de casi 50 especies de mamíferos, 200 especies de aves, unas 7 especies de reptiles, más de 30 especies de anfibios y unas 2000 especies de plantas vasculares nativas.

 

Endemismo

Muchas especies de plantas y animales viven sólo en los páramos de la cordillera Central de Colombia y no se encuentran en ningún otro lado del mundo. Éstas son las especies prioritarias para la conservación. Si la gente de la región no las cuida ¿quién más en el mundo podrá hacerlo? Las especies endémicas exclusivas o casi exclusivas de esta región incluyen las siguientes: entre los mamíferos, la musaraña (Cryptotis colombiana) y la rata de los chusques (Olallamys albicauda – esta última también presente en la cordillera Oriental).

Entre las aves endémicas están el periquito frentirrufo (Bolborhynchus ferrugineifrons), la cotorra aliazul (Hapalopsittaca fuertesi) y el colibrí barbudito (Oxypogon stuebelii); adicionalmente, hay otras especies casi endémicas cuyas áreas de distribución se extienden hasta el vecino Ecuador, entre ellas el caracara paramuno (Phalcoboenus carunculatus), colibrí calzoncitos (Eriocnemis derbyi), cinclodes cavador (Cinclodes excelsior), tororoi medialuna (Grallaricula lineifrons) y montero paramuno (Urothraupis stolzmanni).

Los reptiles endémicos incluyen la serpiente Saphenophis tristriatus; además se encuentran tres lagartijas casi endémicas que también se extienden por Ecuador: Pholidobolus montium, Riama simotera y Stenocercus guentheri.

Los anfibios endémicos incluyen especies como los sapitos arlequín (Atelopus ardila, A. ebenoides, A. eusebianus, A. pastuso, A. sernai), sapito de páramo (Osornophryne percrassa), rana fortachona (Niceforonia adenobrachia), ranas de lluvia (Pristimantis alacolophus, P. leptolophus, P. myersi, P. obmutescens, P. peraticus, P. piceus, P. racemus, P. repens, P. scopaeus, P. simoteriscus, P. simoterus, P. uranobates, P. vicarius) y rana marsupial (Gastrotheca argenteovirens);  además de especies casi endémicas que se extienden hasta Ecuador, como los sapitos de páramo (Osornophryne bufoniformis, O. talipes), Hypodactylus brunneus, ranas de lluvia (Pristimantis buckleyi, P. curtipes, P. leoni, P. ocreatus, P. pugnax, P. thymelensis, P. unistrigatus) y rana marsupial (Gastrotheca espeletia).

Las plantas endémicas se cuentan por decenas. Una muestra de flora endémica de distribución muy localizada se presenta abajo, en la sección de especies para plantar.

 

¿Cuáles son las especies más amenazadas?

Tucán de montaña (Andigena hypogauca, VU) - D. Sherony, 2013
En el área hay por lo menos 9 especies de mamíferos que han sido catalogados como amenazados; estos son el ratón runcho (Caenolestes fuliginosus obscurus, NT), lobo colorado (Lycalopex culpaeus, VU), oso de anteojos (Tremarctos ornatus, VU), tigrillo (Leopardus tigrinus, VU), puma o “león” (Puma concolor, NT), danta de páramo (Tapirus pinchaque, EN), venado conejo (Pudu mephistophiles, VU), guagua loba (Dinomys branickii, VU) y tinajo o borugo (Cuniculus taczanowskii, NT).

Entre las aves amenazadas están el zambullidor plateado (Podiceps occipitalis, EN), pato crestudo (Sarkidiornis melanotos, EN), pato piquidorado (Anas georgica, EN), pato turrio (Oxyura jamaicensis andina, EN), cóndor andino (Vultur gryphus, EN), águila crestada (Spizaetus isidori, EN), becasina paramuna o caica (Gallinago nobilis, NT), loro orejiamarillo (Ognorhynchus icterotis, EN), perico paramuno (Leptosittaca branickii, VU), periquito frentirrufo (Bolborhynchus ferrugineifrons, VU), cotorra montañera (Hapalopsittaca amazonina, VU), cotorra aliazul (Hapalopsittaca fuertesi, CR), colibrí calzoncitos (Eriocnemis derbyi, NT), tucán o terlaque andino (Andigena hypoglauca, VU), tucán o terlaque de Nariño (Andigena laminirostris, EN), tororoi medialuna (Grallaricula lineifrons, NT), cotinga buchicastaña (Doliornis remseni, EN), azulejo o tangara de montaña (Buthraupis wetmorei, VU) y conirrostro gigante (Oreomanes fraseri, NT).

Los reptiles amenazados incluyen la lagartija Pholidobolus montium (NT).

Entre los anfibios amenazados se cuentan los sapitos arlequín (Atelopus ardila, CR, A. ebenoides, CR, A. eusebianus, CR, A. pastuso, CR, A. sernai, CR), sapitos de páramo (Osornophryne bufoniformis, NT, O. percrassa, EN, O. talipes, EN), rana de cristal (Centrolene buckleyi, VU), Hypodactylus brunneus, EN, rana fortachona (Niceforonia adenobrachia, CR), ranas de lluvia (Pristimantis ocreatus, EN, P. repens, VU, P. pugnax, VU, P. simoteriscus, EN, P. simoterus, NT, P. vicarius, NT) y rana marsupial (Gastrotheca espeletia, EN).
Orquídea (Masdevallia racemosa, EN)
Entre las plantas catalogadas como amenazadas se cuentan el pino colombiano o chaquiro (Podocarpus oleifolius, VU), frailejones (Espeletia idroboi, EN, E. occidentalis, NT), piñuelas (Greigia danielii, NT, G. exserta, EN, G. mulfordii, VU, G. nubigena, CR, G. racinae, EN, G. vulcanica, NT), cardos, chupallas (Guzmania lychnis, NT, G. palustris, EN, G. pennellii, NT, Tillandsia cuatrecasasii, EN), cardones (Puya clava-herculis, VU, P. cuatrecasasii, NT, P. furfuracea, EN, P. gigas, CR, P. lehmanniana, VU, P. occidentalis, VU, P. ochroleuca, EN, P. roldanii, EN, P. vestita, VU), roble (Quercus humboldtii, VU), salvielugo (Lepechinia vulcanicola, VU), salvias (Salvia ampelophylla, VU, S. corrugata, VU, S. fuscomanicata, VU, S. pauciserrata, VU, S. tolimensis, VU), orquídeas (Cyrtochilum dipterum, VU, Masdevallia assurgens, VU, M. racemosa, EN, M. pachyantha, VU, M. uncifera, NT), curuba silvestre (Passiflora colombiana, EN).

Es muy importante conocer y proteger estas especies. Conservarlas significa usualmente conservar su hábitat; si esto se logra hacer exitosamente, se pueden llegar a salvar centenares de otras especies de plantas y de animales que comparten su hogar con las especies amenazadas.

 

¿Cuál era la flora de los antiguos bosques?

Laurel (Ocotea heterochroma)
Puede sonar raro hablar de viejos bosques en el páramo. Pues este ecosistema es más conocido por sus extensas zonas con pajonales abiertos y vegetación arbustiva. Sin embargo, amplias zonas de los páramos tienen el potencial biológico para convertirse en bosques maduros de alta montaña, si se mantienen unas condiciones básicas de estabilidad; se necesita que durante muchos siglos no ocurran incendios, pastoreo intensivo ni tala de árboles. Estas condiciones son más comunes en zonas remotas y sobre todo en hondonadas a lo largo de las quebradas. Cuando estas condiciones ocurren, se pueden observar bosques desarrollándose hasta cerca de 4000 metros sobre el nivel del mar. Por otro lado, la vegetación abierta que actualmente prevalece en los páramos representa una etapa temprana de sucesión de la vegetación, dominada por especies pioneras que soportan una plena exposición al sol. Si los incendios dejan de afectar un área, los arbustos la van cubriendo, década tras década. Luego, bajo su sombra, van naciendo árboles mayores. Y, quizás siglos después, colonizan estos bosques los árboles cuyas semillas sólo germinan en la hojarasca, bajo la sombra de los arbustos ya crecidos. Aquí damos una muestra de especies propias de la cordillera Central que tienen mayor potencial para dominar en los bosques maduros en estas zonas elevadas.

ÁRBOLES: Pino colombiano, chaquiro (Podocarpus oleifolius), pino hayuelo (Prumnopitys montana), moquillos (Saurauia bullosa, S. stapfiana), mano de osos, pumamaques (Oreopanax bogotensis, O. discolor, O. seemannianus), yucos (Schefflera bejucosa, S. bogotensis), riñon (Brunellia goudotii), granizos, silbo-silbos, ollocos (Hedyosmum cumbalense, H. luteynii), chiriguacos (Clethra ovalifolia, C. rugosa), chagualos, gaques, mandures (Clusia elliptica, C. multiflora), roble (Quercus humboldtii), laureles, jiguas (Ocotea calophylla, O. heterochroma, O. infrafoveolata, O. sericea), aguacatillos (Persea ferruginea, P. mutisii), tunos rosos (Axinaea macrophylla, Meriania brachycera), Ruagea hirsuta, arrayanes (Myrcianthes myrsinoides, M. rhopaloides), cogote, azuceno (Gordonia fruticosa), huesitos (Geissanthus andinus, G. quindiensis, G. serrulatus), carnefiambre (Roupala pachypoda), Prunus falcata, Cervantesia tomentosa, estoraque (Styrax pavonii), canelo (Drimys granadensis). PALMOIDES: Helecho (Culcita coniifolia). TREPADORAS: Pentacalia arborea, P. breviligulata, P. kleinioides, P. magnusii, P. popayanensis, P. sylvicola, P. theifolia, P. trianae, P. weinmannifolia, chaquilulo (Thibaudia floribunda), cuculmeca (Smilax domingensis), amarra corral (Smilax tomentosa), valerianas (Valeriana clematitis, V. crassifolia). ARBUSTOS: Saucos de monte (Viburnum hallii, V. pichinchense, V. undulatum), cafetos de monte (Palicourea albiflora, P. amethystina, P. aschersonianoides, P. weberbaueri). HIERBAS: Helechos (Asplenium castaneum, A. monanthes, A. peruvianum, A. polyphyllum, A. serra, A. sessilifolium, A. squamosum, A. triphyllum, Campyloneurum amphostenon, C. angustifolium, C. angustipaleatum, C. cochense, C. densifolium, Elaphoglossum affine, E. castaneum, E. cuspidatum, E. ellipsoideum, E. engelii, E. lingua, E. mathewsii, E. minutum, Lophosoria quadripinnata, Pteris muricata), Phlegmariurus callitrichifolius, P. capellae, P. eversus, P. firmus, P. hartwegianus, P. hippurideus, P. hohenackeri, P. molongensis, P. rosenstockianus, P. subulatus, P. tetragonus, anturios (Anthurium bogotense, A. oxybelium), piñuela (Greigia vulcanica), Columnea dielsii, C. strigosa, Glossoloma ichthyoderma, Peperomia acuminata, P. duendensis, P. galioides, P. hispidula, P. microphylla, P. quadrifolia, P. rotundata, P. saligna, coralito (Nertera granadensis). EPÍFITAS: Helechos (Alansmia heteromorpha, A. lanigera, Asplenium cuspidatum, Blechnum fragile, Ceradenia kalbreyeri, Elaphoglossum albescens, E. deltoideum, E. muscosum, E. rimbachii, E. vulcanicum, Hymenophyllum fucoides, H. myriocarpum, H. tegularis, H. tomentosum, H. trichophyllum, Pecluma eurybasis, Radiovittaria gardneriana, Serpocaulon eleutherophlebium, S. sessilifolium, Vittaria lineata), cardos o chupallas (Guzmania confinis, G. squarrosa, Racinaea tetrantha, Tillandsia compacta, T. complanata), Columnea peruviana, orquídeas (Cyrtochilum auropurpureum, C. pardinum, C. ramosissimum, Elleanthus maculatus, Epidendrum angustissimum, E. calyptratum, E. garayii, E. gastropodium, E. gratissimum, E. restrepoanum, Fernandezia crystallina, F. hartwegii, F. lanceolata, F. sanguinea, Lepanthes biloba, L. mucronata, L. monoptera, L. rhynchion, L. tachirensis, Masdevallia laevis, M. strumifera, Oncidium cultratum, O. sceptrum, Pleurothallis coriacardia, P. lilijae, P. secunda, Restrepia antennifera, Stelis elongata, S. ligulata, S. pulchella, S. pusilla, S. roseopunctata), Peperomia hartwegiana.

 

¿Cuáles especies plantar?

Romero de páramo (Diplostephium sp.)
Es poco lo que se ha ensayado sobre restauración de ecosistemas paramunos. Las especies mencionadas en el párrafo anterior son inadecuadas para repoblar con vegetación nativa un terreno completamente abierto, ya que, cuando son juveniles, no resisten una plena exposición al sol, al viento y a la lluvia. Pero, aparte de estas especies, casi toda la flora del páramo es pionera y, en teoría, perfecta para ser plantada en zonas plenamente expuestas. Pocas plantas en el páramo crecen rápido, así que es poco probable tener un terreno completamente restaurado antes de muchas décadas.

Algunas plantas de amplia distribución en nuestras altas montañas pueden ser plantadas en casi cualquier páramo de la cordillera Central. Otras (por ejemplo los frailejones) suelen ser endémicas de unos pocos páramos, incluso de uno solo y no deberían ser trasladadas a otros páramos. Damos entonces listados separados sobre especies generales que se encuentran en varios páramos de la cordillera Central y luego listados con una selección de especies exclusivas de páramos particulares.

ESPECIES GENERALES
ÁRBOLES: Mulatos (Ilex kunthiana, I. myricoides), encenillos, encinos (Weinmannia cochensis, W. elliptica, W. fagaroides, W. mariquitae, W. multijuga, W. rollottii), raque, rosa (Vallea stipularis), rodamonte, cuasa (Escallonia myrtilloides), platero, tagua (Gaiadendron punctatum), cucharo de hoja pequeña (Myrsine dependens), mortiños, motes, cerotes (Hesperomeles ferruginea, H. obtusifolia), salvios, gavilanes (Buddleja bullata, B. incana). PALMOIDES: Helechos (Blechnum auratum, B. loxense), palmas bobas, helechos sarros (Cyathea frigida, C. fulva, C. straminea). TREPADORAS: Cortapicos (Bomarea hirsuta, B. multiflora, B. setacea), Munnozia jussieui, M. senecionidis, guargüerón (Calceolaria perfoliata), zarcillejos (Siphocampylus benthamianus, S. hypsophilus, S. retrorsus, S. tolimanus, Fuchsia petiolaris, F. sessilifolia), zarzas, moras (Rubus bogotensis, R. compactus, R. nubigenus, R. robustus, R. roseus), coralito (Galium hypocarpium). ARBUSTOS: Chilcas (Ageratina pichinchensis, A. theifolia, A. tinifolia, Baccharis brachylaenoides, B. genistelloides, B. grandiflora, B. latifolia, B. macrantha, B. nitida, B. prunifolia, B. rupicola, B. tricuneata), romerillos, pulisas (Diplostephium bicolor, D. floribundum, D. revolutum, D. rupestre, D. schultzii, Pentacalia andicola, P. arbutifolia, P. tolimensis, P. trichopus, P. vaccinioides, P. vernicosa), Gynoxys baccharoides, G. buxifolia, G. tolimensis, Loricaria colombiana, uñas de gato (Berberis grandiflora, B. psilopoda, B. verticillata), Calceolaria microbefaria, zarcillejos (Centropogon ayavacensis, C. congestus, C. ferrugineus, Siphocampylus giganteus), Maytenus verticillata, pegamosco (Bejaria resinosa), uva de anís (Cavendishia bracteata), Disterigma acuminatum, D. empetrifolium, reventaderas, mortiños, morideras (Gaultheria anastomosans, G. erecta, G. foliolosa, Pernettya prostrata, Vaccinium corymbodendron, V. floribundum), cacagüito, chaquilulo, uva camarona (Macleania rupestris), chocho (Lupinus alopecuroides), Ribes canescens, R. leptostachyum, chites, guardarrocíos, romerillos (Hypericum juniperinum, H. lancioides, H. laricifolium), pichangas (Brachyotum ledifolium, B. lindenii), nigüitos, amarillos (Miconia bracteolata, M. chlorocarpa, M. elaeoides, M. gleasoniana, M. harlingii, M. jahnii, M. latifolia, M. ligustrina, M. orcheotoma, M. pustulata, M. salicifolia, M. tinifolia), sietecueros (Tibouchina grossa, T. mollis), laureles, olivos de cera (Morella parvifolia, M. pubescens), Ugni myricoides, carrizo, chusque (Chusquea tessellata), tintas (Monnina aestuans, M. fastigiata, M. salicifolia), velillo (Arcytophyllum nitidum), tinto (Cestrum buxifolium), Symplocos quitensis, S. rigidissima. HIERBAS: Cortapicos (Bomarea angustipetala, B. linifolia), arracachuelo (Myrrhidendron glaucescens), apio de monte (Niphogeton ternata), Ageratina gracilis, Bidens triplinervia, chicoria (Hypochaeris sessiliflora), árnicas (Senecio formosus, S. hypsobates, S. otophorus), cardones, achupallas (Puya hamata, P. trianae), carditos (Paepalanthus alpinus, P. ensifolius), oreja de oso (Castratella piloselloides), orquídeas (Epidendrum decurviflorum, E. elongatum, E. fimbriatum, E. frutex), pajas (Calamagrostis effusa, C. planifolia), cortaderas (Cortaderia bifida, C. hapalotricha, C. nitida), sobretanas (Neurolepis acuminatissima, N. aperta), Arcytophyllum muticum, valerianas (Valeriana bracteata, V. plantaginea). 

ESPECIES EXCLUSIVAS O CASI EXCLUSIVAS DE CIERTOS PÁRAMOS

BELMIRA
ÁRBOLES: Tuno roso (Axinaea fallax). CAULIRRÓSULAS: Frailejón (Espeletia occidentalis) ARBUSTOS: Romerillo (Diplostephium antioquense), zarcillejo (Centropogon carnosus), nigüito (Miconia antioquiensis), angelito (Monochaetum strigosum). HIERBAS: Piñuela (Greigia danielii), cardones (Puya ochroleuca, P. roldanii)

LOS NEVADOS
ÁRBOLES: Mano de osos (Oreopanax ruizanus, O. tolimanus), encenillo (Weinmannia tolimensis), tuno roso (Axinaea colombiana), colorado, sietecueros (Polylepis sericea – la especie se extiende hasta Perú). CAULIRRÓSULAS: Frailejón (Espeletia hartwegiana). ARBUSTOS: Baccharis caldasiana, Gynoxys apollinaris, G. bracteolata, G. cygnata, Loricaria puracensis, romerillo (Pentacalia gelida), espuelo, uña de gato (Berberis diazii), zarcillejos (Centropogon hirsutus, Siphocampylus mirabilis), salvia silvestre (Salvia tolimensis). HIERBAS: Apio de monte (Myrrhidendron pennellii), árnicas (Senecio aridus, S. isabelis, S. latiflorus, S. rubrilacunae), cardón (Puya ochroleuca).

CHILÍ-BARRAGÁN
ÁRBOLES: Encenillo (Weinmannia tolimensis). CAULIRRÓSULAS: Frailejón (Espeletia hartwegiana). ARBUSTOS: Chilca (Baccharis barragensis), romerillo (Diplostephium chrysotrichum), Gynoxys florulenta, G. induta, G. laurata, salvias silvestres (Salvia ampelophylla, S. tolimensis), nigüito (Miconia puracensis).

LAS HERMOSAS
ÁRBOLES: Encenillo (Weinmannia tolimensis), tuno roso (Axinaea colombiana). CAULIRRÓSULAS: Frailejón (Espeletia hartwegiana). TREPADORAS: Pentacalia vallecaucana. ARBUSTOS: Gynoxys induta, espuelo, uña de gato (Berberis stuebelii), salvias silvestres (Salvia ampelophylla, S. fuscomanicata), nigüito (Miconia puracensis). HIERBAS: Cardón (Puya cuatrecasasii).

NEVADO DEL HUILA-MORAS
CAULIRRÓSULAS: Frailejones (Espeletia hartwegiana, E. idroboi). TREPADORAS: Pentacalia scaphiformis. ARBUSTOS: Gynoxys columbiana, romerillos (Diplostephium glandulosum, D. pittieri, D. ritterbushii), Loricaria lagunillensis. HIERBAS: Cardón (Puya cuatrecasasii).

GUANACAS-PURACÉ-COCONUCOS
ÁRBOLES: Encenillo (Weinmannia tolimensis). CAULIRRÓSULAS: Frailejón (Espeletia hartwegiana). TREPADORAS: Zarcillejo (Fuchsia caucana). ARBUSTOS: Chilca (Baccharis paramicola), romerillos (Diplostephium hartwegii, D. pittieri), Loricaria puracensis, espuelo, uña de gato (Berberis stuebelii), salvia silvestre (Salvia ampelophylla), nigüito (Miconia puracensis). HIERBAS: Árnica (Senecio silphioides), piñuelas (Greigia exserta, G. racinae), cardón (Puya lehmanniana).

SOTARÁ
ÁRBOLES: Yuco (Schefflera marginata), tuno roso (Axinaea fallax). CAULIRRÓSULAS: Frailejones (Espeletia hartwegiana, E. idroboi). TREPADORAS: Zarcillejo (Fuchsia caucana). ARBUSTOS: Romerillos (Diplostephium hartwegii, D. pittieri), nigüito (Miconia spinulidentata), Symplocos ramuliflora. HIERBAS: Ageratina sotarensis, cardones (Puya cuatrecasasii, P. furfuracea).

DOÑA JUANA-CHIMAYOY
ARBUSTOS: Romerillo (Pentacalia fimbriifera).

LA COCHA-PATASCOY (varias especies son compartidas con el vecino Ecuador).
ÁRBOLES: Mano de oso (Oreopanax niger), yuco (Schefflera marginata). CAULIRRÓSULAS: Frailejón (Espeletia pycnophylla). TREPADORAS: Zarcillejos (Fuchsia caucana, F. dependens, F. vulcanica), curuba silvestre (Passiflora colombiana). ARBUSTOS: Chilcas (Baccharis cochensis, B. granadina), romerillos (Diplostephium glandulosum, D. hartwegii, D. rhododendroides), zarcillejos (Centropogon hartwegii, Siphocampylus paramicola), amarillo (Miconia bordoncilloana). HIERBAS: Piñuelas (Greigia exserta, G. mulfordii, G. nubigena, G. racinae), cardones, achupallas (Puya gigas, P. lehmanniana, P. vestita)

CHILES-CUMBAL (varias especies son compartidas con el vecino Ecuador)
ÁRBOLES: Capote (Polylepis incana – la especie se extiende hasta Perú). CAULIRRÓSULAS: Frailejón (Espeletia pycnophylla). TREPADORAS: Zarcillejo (Fuchsia vulcanica). ARBUSTOS: Chilcas (Ageratina pseudochilca, Baccharis cochensis, B. padifolia), romerillos (Diplostephium glandulosum, D. hartwegii, D. rhododendroides, Pentacalia befarioides), Loricaria ilinissae. HIERBAS: Cardones, achupallas (Puya clava-herculis, P. lehmanniana).


Para humedales por toda la región, resultan adecuadas las siguientes especies: helecho (Blechnum loxense), chilca (Ageratina tinifolia), frailejones (Espeletia spp.), romero de páramo (Diplostephium revolutum), cardones (Puya spp.), cortadera (Carex pichinchensis), rodamonte (Escallonia myrtilloides), juncos (Juncus echinocephalus, J. ecuadoriensis, J. effusus) y chusque o carrizo (Chusquea tessellata).

lunes, 7 de diciembre de 2015

Una guía para restaurar los ecosistemas de Colombia - Introducción

Bosque secundario con una gran variedad de especies
Cada vez hay más conciencia de la necesidad de no sólo conservar las áreas naturales más intactas, sino también de recuperar, de restaurar los ambientes que ya han sido degradados. Esta restauración ecológica busca devolverles a las regiones al menos parte de los servicios que se han perdido y que pueden prestar los ecosistemas bien conservados, como el aprovisionamiento de agua, la cobertura vegetal que sostiene las laderas y previene los deslizamientos y la coexistencia con una amplísima gama de animales, plantas y otros organismos que nos acompañan, alegran nuestras vidas con sus sonidos y movimientos, ejercen control de plagas, ayudan a la polinización de los cultivos y nos ofrecen recursos como alimentos, fibras, combustibles, materiales para construcción, medicinas, especies ornamentales, etc.

El punto clave es la biodiversidad. No estamos hablando de recuperar sólo una función, por ejemplo de plantar una sola especie de árbol que sea la más grande y la más rápida creciendo para que capte la mayor cantidad de carbono de la atmósfera en el menor tiempo posible. No estamos hablando de reforestar en gran escala con una o unas pocas especies maderables, dejando de lado e incluso “limpiando” los matorrales, los bejucos y el resto de la vegetación espontánea. Y no estamos hablando de aplicar una receta única que sirva para todo el país. Colombia abarca un territorio tan variado que lo que funciona para restaurar una región puede no servir para otra.

Cobertura de las áreas del país tratadas en esta serie
Esta serie de artículos, que aparecerán publicados en los meses que siguen, señala las 16 áreas del país donde es más urgente emprender labores de restauración ecológica. Estas áreas incluyen las regiones más pobladas y desarrolladas y, por tanto, las que mayor degradación ambiental han sufrido; específicamente, abarcan toda la región Caribe y andina de Colombia, así como la región del Magdalena Medio y el piedemonte oriental de la cordillera.

Cada una de estas áreas tiene unas condiciones geográficas y climáticas propias, una historia evolutiva particular y un conjunto de especies exclusivas (endémicas) que la vuelven única en el mundo y que dan importantes señales de cuáles son las mejores técnicas y especies que deberían usarse para su restauración. La serie de 16 artículos busca responder las preguntas claves sobre cada una de las áreas, plasmadas en el siguiente párrafo escrito para versiones anteriores de esta “Guía para restaurar los ecosistemas de Colombia”:

“Si usted es un propietario de una finca o un conservacionista que quiere emprender un proyecto de restauración de los bosques y de la fauna silvestre, es un buen punto iniciar conociendo su área. Antes de restaurar algo, hay que preguntarse: ¿Cómo eran los antiguos ecosistemas que había en esta región? ¿Qué especies de plantas y animales vivían aquí? ¿Cuáles siguen existiendo todavía? ¿Cuáles son las especies endémicas (exclusivas) de la región? ¿Cuáles especies están más amenazadas de extinción? Si voy a iniciar la creación de corredores de bosque en un terreno completamente despejado ¿cuáles son las especies de flora más adecuadas que debería plantar?”

Esta guía se concentra entonces, entre los muchos otros temas que abarca el campo de la restauración ecológica, en la base natural, en las especies para la restauración. Nuestra visión: que en un futuro no tan lejano, las labores de restauración ecológica que requieran revegetalización se realicen teniendo en cuenta las especies locales. Que se valore la regeneración natural. Que se trabaje plantando una mayor variedad de formas de vida, no sólo árboles, sino también reintroduciendo trepadoras, epífitas, hierbas y arbustos. Que no nos demos por satisfechos con una restauración que consista sólo en plantar masivamente 10 o 20 especies nativas; más bien, esperamos que el estándar un día sea trabajar con conjuntos de 200 a 300 especies vegetales en cada área de restauración. Y que las especies escogidas para cada conjunto incluyan árboles de diferentes etapas de sucesión del bosque, trepadoras claves como plantas nutricias de las orugas de mariposas, lianas preferidas como fuentes de néctar por abejas silvestres, bromeliáceas que den refugio a ranas e invertebrados, arbustos que generen cobertura y sitio de anidación para aves en la sombra del sotobosque.

Las experiencias sobre propagación de un gran porcentaje de estas especies ya están en curso. En los años que vienen tengo la intención de ir publicando datos sobre requerimientos ecológicos, propagación y usos en restauración ecológica de las 300 especies con las que he trabajado hasta el momento, así como de otros cientos de especies adicionales propias de todos los climas del país.

martes, 1 de diciembre de 2015

Las fuerzas detrás del páramo. Parte 4: Los seres humanos

Homo sapiens - habitante actual de los altos Andes
Los páramos, esos ambientes de alta montaña tan característicos de Colombia, deben su formación al levantamiento de las cordilleras andinas, muy reciente en términos geológicos. Como factores predominantes en su génesis se han mencionado el duro clima y las adaptaciones que plantas y animales han tenido que pasar para poder sobrevivir en el techo de las montañas tropicales. Insolados durante el día, congelados durante la noche, los organismos de los páramos han desarrollado formas y estrategias de vida tan particulares que ahora resultan características de todo el ecosistema, como la forma de crecimiento en roseta de los frailejones y otras plantas de altura.

Con todo, hay otros factores menos conocidos que han contribuido a darle al páramo diversas formas a lo largo de toda su historia. El páramo no ha sido siempre el mismo; para conocer este ecosistema, tenemos que mirarlo en su totalidad, no sólo durante los últimos 500 años desde el “descubrimiento” de América por parte de los europeos, sino desde su origen y recorrido a través de millones de años.

En esta serie de cuatro artículos mencionamos cuatro fuerzas naturales que han formado los páramos a lo largo de toda su historia: la megafauna; los bosques; el fuego; y los seres humanos. Tradicionalmente, el papel que todas estas cuatro fuerzas naturales han tenido en la formación de los páramos ha sido subestimado. Aquí podremos ver cómo es necesario entenderlas y darles su valor adecuado, para poder comprender los páramos actuales y poder dirigir las labores para su conservación.

 

Tres fuerzas...y una más

En los tres artículos anteriores hemos visto como el páramo ha sido moldeado en forma determinante por tres fuerzas naturales. Los grandes animales, conocidos como megafauna, pisotearon durante millones de años sus suelos, consumieron su vegetación, abonaron sus tierras y, en general, mantuvieron amplias áreas abiertas con su actividad. Los bosques dieron origen a muchas de las plantas importantes en los páramos actuales y, de hecho, hasta hace unos pocos milenios cubrieron las laderas más altas, hasta casi 4400 metros de elevación. El fuego ha quemado estos bosques en forma intermitente a lo largo de toda la historia evolutiva del páramo, y ha configurado en forma decisiva su composición de especies, favoreciendo a las gramíneas y a ciertos arbustos y plantas arrosetadas que dominan en la actualidad.

Detrás de las tres fuerzas mencionadas vemos una cuarta que ha alterado en forma determinante a todas las demás. Esta fuerza somos nosotros, los seres humanos, junto con todos los efectos que tiene nuestra actividad en la naturaleza. La fuerza de la actividad humana ha sido tan marcada que ahora podemos intuir que la historia de los páramos hubiera sido otra completamente distinta si nuestra especie no hubiera llegado a este ecosistema. Tan marcada que podemos decir que los páramos actuales, lejos de ser ecosistemas prístinos o “intactos”, han sido creados, en buena parte, por los seres humanos.

 

Páramos abiertos, páramos cerrados, páramos abiertos de nuevo...

Entre la niebla, la nueva megafauna del páramo
Los cambios climáticos y las consiguientes fluctuaciones que estos han causado en la distribución y el área de los ecosistemas pueden explicar ciertos aumentos o disminuciones en las poblaciones de megafauna en todo el planeta. Pero en sí solos estos cambios son insuficientes para explicar el colapso mundial, en diferentes períodos, de la mayor parte de la megafauna reciente. Cada año que pasa se reúne más y más evidencia de que fuimos nosotros, los seres humanos, quienes dimos el golpe de gracia a las poblaciones de megafauna en todo el planeta. Miles de años de cacería artesanal fueron suficientes para acabar con los “elefantes” colombianos (los gonfoterios), con nuestros caballos salvajes, con los perezosos gigantes. Con esta extinción, el páramo sufrió un primer gran cambio: libre de la actividad de estos enormes herbívoros, la vegetación boscosa pudo crecer exuberante, pudo cubrir territorios cada vez más amplios.

El aumento de la población y la presencia de civilizaciones cada vez más desarrolladas han exacerbado ahora la tercera fuerza. El fuego siempre ha estado allí, desde los tiempos de la megafauna. Pero ahora, gracias a nosotros, se ha vuelto cada vez más fuerte, cada vez más recurrente. Gracias a nosotros, el bosque pudo extenderse con pocas limitaciones por todas las montañas. Ahora, gracias a nosotros, este mismo bosque fue pasto de las llamas. El páramo quedó abierto de nuevo, dominado por plantas resistentes al fuego, pero vacío de grandes animales. Un vacío que llenamos con vacas traídas recientemente de Europa. Ahora la ganadería en los páramos está continuando los cambios en este ecosistema, simplificando su vegetación, llenándola de especies exóticas, favoreciendo las hierbas resistentes al pisoteo.

 

El devenir del páramo

Venado de cola blanca - símbolo de conservación del páramo de hoy
Los cambios seguirán ocurriendo, de nuestra mano o sin ella. Pero, mientras dependa de nosotros, podemos preguntarnos: ¿qué tipo de cambios son razonables en el páramo? ¿Hacia dónde queremos llevar este ecosistema? Ya no podemos volver a hacer que en un mismo sitio convivan, como lo hicieron en el pasado, los frailejones, encenillos y cóndores con enormes gonfoterios y perezosos gigantes. ¿Queremos ahora acabar, para que tampoco regresen nunca, con el oso de anteojos, el puma, los venados y las dantas? ¿Queremos quemar hasta el último bosque milenario de alta montaña? ¿O quizás, no queremos destruir, pero no somos capaces de encontrar la manera de parar la destrucción? ¿Y, si podemos, cómo queremos conservar? ¿Queremos que el páramo quede “intacto” (aunque nunca lo haya estado)? ¿O podremos encontrar formas nuevas de conservación, más creativas, más realistas, que reconozcan oficialmente a los seres humanos y a sus actividades como parte de un sistema?

Como un elemento más para pensar estas preguntas y encontrar posibles respuestas, está el conocimiento de la historia del páramo. Cómo lo dijimos arriba, no la historia de los últimos 500 años, sino la historia de los miles, millones de años que el páramo lleva en evolución.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Las fuerzas detrás del páramo. Parte 3: El fuego

Cuando el fuego no aparece, el páramo se va transformando en bosque...
Los páramos, esos ambientes de alta montaña tan característicos de Colombia, deben su formación al levantamiento de las cordilleras andinas, muy reciente en términos geológicos. Como factores predominantes en su génesis se han mencionado el duro clima y las adaptaciones que plantas y animales han tenido que pasar para poder sobrevivir en el techo de las montañas tropicales. Insolados durante el día, congelados durante la noche, los organismos de los páramos han desarrollado formas y estrategias de vida tan particulares que ahora resultan características de todo el ecosistema, como la forma de crecimiento en roseta de los frailejones y otras plantas de altura.

Con todo, hay otros factores menos conocidos que han contribuido a darle al páramo diversas formas a lo largo de toda su historia. El páramo no ha sido siempre el mismo; para conocer este ecosistema, tenemos que mirarlo en su totalidad, no sólo durante los últimos 500 años desde el “descubrimiento” de América por parte de los europeos, sino desde su origen y recorrido a través de millones de años.

En esta serie de cuatro artículos mencionamos cuatro fuerzas naturales que han formado los páramos a lo largo de toda su historia: la megafauna; los bosques; el fuego; y los seres humanos. Tradicionalmente, el papel que todas estas cuatro fuerzas naturales han tenido en la formación de los páramos ha sido subestimado. Aquí podremos ver cómo es necesario entenderlas y darles su valor adecuado, para poder comprender los páramos actuales y poder dirigir las labores para su conservación.

 

La vida en el fuego

Muchos de nosotros hemos aprendido, por medio de nuestros padres, por la escuela, por la televisión y las noticias, que el fuego es un elemento destructor que acaba con campos, bosques, árboles y animales. En esta forma de ver el mundo, es necesario que no haya incendios para asegurar la existencia continuada, inalterada, de nuestra naturaleza. Aquí, se mira el mundo en blanco y negro, en términos de bien y de mal. Y el fuego, por supuesto, es un gran mal. Sin embargo, si estudiamos más a fondo el funcionamiento de los ecosistemas, podemos aprender que el tema del fuego es muchísimo más complejo y que hay una gama de interrelaciones ecológicas que están tejidas alrededor de él.

Hay, de hecho, ecosistemas completos y muchas plantas y animales que no existirían de no ser por el fuego. Este es el caso de una gran parte de los páramos como se los conoce hoy en día. Los organismos que resisten y que, de hecho, requieren incendios para su supervivencia son conocidos como pirófilos. A nivel de ecosistema, el fuego, una vez pasado el efecto destructor del incendio, tiene el efecto de mantener amplias áreas abiertas, bien iluminadas, y de liberar muchos nutrientes que estaban capturados por la vegetación, poniéndolos de nuevo en el suelo, lo que permite que haya una gran abundancia de recursos para las plantas que empiezan a crecer de nuevo. Las plantas adaptadas al fuego se queman total o parcialmente, pero tienen estrategias para volver a crecer, ya libres de la sombra y la competencia que ejercían sobre ellas otras plantas vecinas. También hay animales pirófilos, que incluyen, por ejemplo, algunos grupos de escarabajos que ponen sus huevos en madera recién quemada. Estos insectos, prácticamente nada estudiados en el país, pueden detectar un incendio a kilómetros de distancia por medio de sensores especiales que tienen en sus antenas o en su cuerpo, los cuales captan la presencia de humo y radiación infrarroja.

 

Páramos, incendios y plantas amantes del fuego

Frailejón (Espeletia grandiflora)
El páramo como se lo conoce hoy en día, con su dominancia de pajonales y plantas arrosetadas, puede ser caracterizado como un ecosistema dependiente del fuego. Como hemos visto en el artículo anterior, sin la influencia del fuego, gran parte del páramo actual estaría cubierto por espesos bosques hasta más de 4000 metros de elevación. Y los bosques, con su espesa sombra, no son ambientes adecuados para el desarrollo de una inmensa variedad de plantas paramunas, incluyendo las más emblemáticas, los frailejones (Asteraceae: Espeletiinae).

De hecho, los frailejones pueden ser catalogados como perfectas plantas pirófilas...el fuego los favorece, ya que requieren de plena luz para su germinación y desarrollo; los incendios, entonces, eliminan los bosques y matorrales que compiten con los frailejones por espacio y luz. Los frailejones se también se queman, pero un cierto porcentaje de ellos puede sobrevivir al fuego, ayudado, entre otros factores, por el grueso forro de hojas muertas que cubre y protege sus tallos y brotes terminales. Los tejidos de los frailejones se encuentran impregnados por una resina aromática muy inflamable; en verano, las plantas pueden ser consideradas, efectivamente, como antorchas vivientes, preparadas para estallar en llamas y quemar el matorral a su alrededor.

Semanas después del fuego, es posible ver cómo muchos de los frailejones quemados vuelven a brotar, produciendo hojas nuevas. Más importante, es después de un incendio que se inicia la germinación de la nueva generación de estas plantas. Pocos años después de la acción del fuego en el páramo, es posible ver miles y miles de plántulas de frailejones creciendo por todas partes en el área que se quemó. De hecho, cuando se observa un grupo de frailejones en un páramo, se notará que por lo común todos los ejemplares presentes en un sitio dado tienen la misma altura y, por lo tanto, la misma edad: esto es un reflejo de un disturbio, posiblemente un incendio pasado, que permitió una germinación masiva de plántulas en ese lugar.

 

Más flora pirófila

Cardón (Puya nitida), especie endémica y pirófila
Otras especies pirófilas presentes en los páramos, las cuales rebrotan y se propagan después de  las quemas, son las pajas de páramo (Calamagrostis), cortaderas (Cortaderia) y cardones (Puya), todos los cuales tienen hojas arrosetadas, que protegen un tallo central el cual vuelve a producir hojas luego del incendio. Otras especies pirófilas son arbustos que se queman por completo encima del suelo, pero cuya raíz rebrota rápidamente, produciendo nuevas ramas; entre estas especies se pueden mencionar los laureles de cera (Morella), mortiños (Hesperomeles), algunos tunos (Miconia), angelitos (Monochaetum), uva camarona (Macleania) y chusques (Chusquea). Otras especies, sin capacidad de rebrotar, tienen semillas que sobreviven al fuego y que germinan y crecen velozmente en el ambiente abierto creado por el incendio. Entre estas especies se pueden mencionar los Lupinus y otras hierbas anuales.

 

Un páramo creado por el fuego

Monochaetum myrtoideum, especie que rebrota después del fuego
Con todo lo anterior, vemos que el hecho de que los páramos estén dominados por especies de frailejones, cardones, pajas, chusques, tunos, ericáceas, laureles de cera y otros arbustos, no es casualidad. Y vemos que, sin la influencia ocasional de los incendios, los páramos serían muy diferentes. Aquí se revela una faceta que a menudo se ha pasado por alto, sobre todo cuando vemos a nuestros páramos, empapados y envueltos en niebla, como prístinos y sumamente delicados, como un ecosistema incapaz de resistir los disturbios y más aún el disturbio de algo que, como el fuego, parece tan extraño en medio de tanta humedad. Una observación más prolongada y cuidadosa nos haría ver que, en los veranos calientes y soleados, el páramo está lleno de plantas resecas, cargadas de resinas inflamables, listas y dispuestas a quemarse y a quemar todo a su alrededor con cualquier chispa o rayo que caiga sobre ellas. Y todo para asegurar la supervivencia a largo plazo de sus generaciones futuras.

Muy interesantes resultan los trabajos que describen el papel del páramo como un ecosistema asociado a los incendios. En la obra “Tropical Fire Ecology”, editada por Mark Cochrane, y específicamente en el capítulo “Fire in the páramo ecosystems of Central and South America”, sus autores Sally P. Horn y Maarten Kappelle lo resumen así:

“A lo largo de períodos prolongados, los incendios en altas elevaciones han configurado comunidades de plantas de páramo que hoy tienen valor de conservación. La larga historia del fuego en los páramos neotropicales y las respuestas de las especies y comunidades de páramo actuales al fuego, han llevado a la caracterización de los páramos como ecosistemas dependientes del fuego.”

Dice también James Luteyn, en su excelente descripción del ecosistema de páramo, que puede consultarse en la página web del Jardín Botánico de Missouri (http://www.mobot.org/mobot/research/paramo_ecosystem/introduction.shtml):

 “Sin duda el hombre ha tenido un impacto mayor en el origen y dispersión de los pastizales por todos los Andes; y tal vez él es la razón más importante por la cual existe hoy el páramo de pastizal en lugares donde alguna vez pudieron haber dominado matorrales/bosques de Polylepis, Buddleja y Gynoxys. Es poco probable, de todas formas, que algún día seamos capaces de decir con seguridad qué porcentaje del páramo actual tiene origen antropogénico. Sea cual sea el resultado de esta discusión, el hecho es que el páramo de pastizal existe actualmente, cubre grandes extensiones de las zonas altas de los Andes y que este páramo tiene una gran importancia ecológica y económica.”

No deja de ser importante recalcar que, debido a la densidad poblacional cada vez mayor y al aumento continuo de las presiones que los seres humanos ejercemos sobre el páramo, los incendios son ahora muchísimo más frecuentes de lo que lo serían si no estuviéramos. También es importante señalar que, en un ecosistema donde el crecimiento de la vegetación es tan lento, “un fuego cada 100 años no hace daño”...pero incendios frecuentes, como los que ocurren ahora, así sean “sólo” cada 10, 20 o 30 años, no permiten que la vegetación se recupere e invariablemente van degradando la vegetación, eliminando todos los arbustos, matando las nuevas generaciones de frailejones (que tan pequeños, no son resistentes al fuego ni han podido dejar semillas para producir la siguiente generación) y finalmente van reduciendo la vegetación a un pobre pastizal. El fuego es útil y cumple su papel, pero en exceso, va destruyendo la biodiversidad.

Por eso, en un mundo donde el fuego está a la orden del día, con el fin de mantener un balance adecuado y a pesar de todo lo dicho en este artículo, ¡es importante seguir previniendo los incendios!

domingo, 26 de julio de 2015

Las fuerzas detrás del páramo. Parte 2: Los bosques

Roble de 30 m de altura - Belén, Boyacá - 3200 m
Los páramos, esos ambientes de alta montaña tan característicos de Colombia, deben su formación al levantamiento de las cordilleras andinas, muy reciente en términos geológicos. Como factores predominantes en su génesis se han mencionado el duro clima y las adaptaciones que plantas y animales han tenido que pasar para poder sobrevivir en el techo de las montañas tropicales. Insolados durante el día, congelados durante la noche, los organismos de los páramos han desarrollado formas y estrategias de vida tan particulares que ahora resultan características de todo el ecosistema, como la forma de crecimiento en roseta de los frailejones y otras plantas de altura.

Con todo, hay otros factores menos conocidos que han contribuido a darle al páramo diversas formas a lo largo de toda su historia. El páramo no ha sido siempre el mismo; para conocer este ecosistema, tenemos que mirarlo en su totalidad, no sólo durante los últimos 500 años desde el “descubrimiento” de América por parte de los europeos, sino desde su origen y recorrido a través de millones de años.

En esta serie de cuatro artículos mencionamos cuatro fuerzas naturales que han formado los páramos a lo largo de toda su historia: la megafauna; los bosques; el fuego; y los seres humanos. Tradicionalmente, el papel que todas estas cuatro fuerzas naturales han tenido en la formación de los páramos ha sido subestimado. Aquí podremos ver cómo es necesario entenderlas y darles su valor adecuado, para poder comprender los páramos actuales y poder dirigir las labores para su conservación.

 

Del páramo al bosque

Polylepis colonizando el páramo - Belén, 3500 m aprox.
La imagen que tenemos de los páramos suele corresponder a un territorio amplio en lo alto de las húmedas montañas tropicales, donde la vegetación dominante es de gramíneas y plantas arrosetadas como los frailejones. En el mundo del páramo abierto, los arbustos se limitan a matorrales dispersos, los bosques, si acaso, están representados por pequeños parches aislados en quebradas y laderas protegidas del viento.

Bajo esta visión, el páramo es un ambiente abierto por naturaleza, un ecosistema marcadamente distinto de los bosques andinos que crecen a elevaciones menores. Sin embargo, hay otra forma de ver el páramo, una donde su relación con los bosques de montaña aparece como más cercana. Tan cercana, de hecho, que es posible trazar el origen de muchas de las plantas más importantes del páramo a los bosques vecinos. Y tan cercana que, desde cierto punto de vista, el páramo se nos revela, más que como un ecosistema independiente, como una forma que asume el bosque de alta montaña en su proceso de colonizar las cimas más elevadas de los Andes.

 

Los bosques más elevados de Colombia

Amarillo (Ocotea heterochroma) centenario en el páramo
Para quienes estamos algo familiarizados con el ecosistema de páramo, ambiente de alta montaña, frío y supuestamente desprovisto de árboles, nos puede resultar novedoso descubrir que en realidad sí hay bosques en el páramo; y asombroso incluso, cuando descubrimos las dimensiones que pueden alcanzar estos bosques.

Hace algo más de dos años conocí uno de estos bosques de altura. Lo que vi me dejó boquiabierto. En Belén, Boyacá, a 3200 metros de elevación, donde uno esperaría encontrar ya los primeros matorrales y frailejones del páramo, crecía, en vez de ellos, un bosque macizo, dominado por robles (Quercus humboldtii). Para la elevación, el tamaño de los árboles era increíble: muchos robles alcanzaban casi 30 metros de altura y 1 metro de diámetro del tronco. Los troncos rectos se elevaban como columnas hacia el cielo, el follaje lejano apenas se distinguía mirando alto hacia el techo del bosque. Encenillos (Weinmannia), tunos rosos (Centronia) y suscas (Ocotea), acompañaban a los árboles gigantes en el dosel. Chusques, anturios, begonias y gesneríaceas se encargaban de adornar los pisos bajos del bosque. El susurro del viento, el lejano tintineo de un ave, la luz filtrada a través del verde follaje...todo ello contribuía a hacer de este sitio un lugar mágico. Muy diferente de la sensación expuesta que hubiera producido un páramo abierto.

El sitio donde me encontraba no era la frontera final del bosque; mirando a lo lejos, se veía cómo los robledales trepaban y trepaban por las montañas circundantes, llegando hasta la increíble elevación de 3600 metros sobre el nivel del mar.

En otras caminatas por los páramos, he encontrado evidencias del desarrollo de bosques y árboles a grandes elevaciones. En los páramos del noroccidente de Subachoque, Cundinamarca, entre 3300 y 3400 metros sobre el nivel del mar, he podido observar árboles de “amarillo” (Ocotea heterochroma) centenarios, de más de 20 metros de altura y con troncos de cerca de 90 cm de diámetro. En los páramos del municipio de Belén se encuentran bellos bosques de gruesos y retorcidos “colorados” (Polylepis quadrijuga) y “encenillos” (Weinmannia cf. microphylla) hasta 3700 metros de elevación.

El gran botánico José Cuatrecasas ya mencionaba estos bosques de altura en las cordilleras colombianas. Así, en su trabajo clásico “Aspectos de la vegetación natural de Colombia”, publicado por vez primera en 1958, reseña bosques del mismo colorado y encenillo entre 3400 y 3600 m en la Sierra Nevada del Cocuy; y otros bosques de gran elevación en el páramo de Barragán, en la cordillera Central, entre 3500 y 3600 m. Luego continúa con una frase que se me ha quedado grabada desde que la leí por primera vez: “Aunque a primera vista el límite altitudinal que he dado para el bosque andino a 3800 m, puede parecer exagerado, en realidad no lo es, pues hay evidencia de que el límite climácico del bosque ha sido aún más alto en el pasado.” Y, para sustentar esta afirmación, menciona reliquias de bosques macizos a 4000 m de altura en la Sierra Nevada del Cocuy y parches menores de bosque en la misma sierra a 4200 m. Los últimos grupos de arbolitos observados por Cuatrecasas en el páramo subían hasta 4400 metros de elevación.

 

El origen de la flora de páramo

Espeletia - un género de origen tropical
Desde el punto de vista evolutivo, la presencia de bosques en las laderas más altas no resulta tan extraña. Millones de años en el pasado, a medida que las cordilleras andinas se iban elevando, las plantas de los bosques locales iniciaron su proceso de adaptación a altitudes cada vez mayores, a ambientes cada vez más fríos. En los jóvenes Andes venezolanos, un grupo de árboles pioneros de grandes hojas, afines al actual género Carramboa, fueron transformándose gradualmente en frailejones. Otros árboles y arbustos de bosques de menor elevación que se fueron adaptando al páramo fueron los tunos del género Miconia y los bambúes del género Chusquea.

Además de ser poblados por plantas adaptadas de los bosques locales, los jóvenes páramos empezaron a ser poblados por un gran porcentaje de especies procedentes del hemisferio sur, como las mazorcas de pantano (Gunnera), encenillos (Weinmannia) y pinos romerones (Podocarpus). Al crearse el puente de tierra centroamericano, también fueron colonizados por un conjunto de especies adaptadas al frío, procedentes de Norteamérica, entre ellas los espuelos (Berberis), chochos (Lupinus) y robles (Quercus). La unión de todas estas floras ha dado origen a la flora paramuna que conocemos hoy día.

 

Avances y retrocesos

A lo largo de su historia de millones de años, los bosques de páramo han sido afectados por los intensos cambios climáticos provocados por sucesivas glaciaciones y períodos más cálidos intercalados entre ellas. Estos cambios climáticos han causado sucesivos retrocesos y avances de la vegetación boscosa de las cimas más altas de los Andes.

La megafauna mencionada en el artículo anterior también debió haber sido determinante en la distribución de los bosques de páramo. El pisoteo y ramoneo de manadas de enormes animales deben haber limitado seriamente el desarrollo del bosque durante largos períodos de la formación del páramo.

Hasta que la reciente extinción de esta megafauna, hace 10.000 años, en su efecto combinado con el fin de la última glaciación, debió haber favorecido un increíble avance de la vegetación boscosa, la cual alcanzó elevaciones notables, formando bosques macizos hasta alrededor de 4000 metros de elevación.

La lentitud de crecimiento de los árboles y la presencia de incendios naturales debieron haber mantenido, de todas formas, grandes manchones de vegetación abierta, con pajonales y frailejones. Por encima de 4000 metros de elevación los páramos eran en su mayor parte abiertos como hoy en día, pues allí el durísimo clima hacía extremadamente lentos los procesos de sucesión del bosque. De todos modos, los grupos de arbolitos más resistentes subían hasta la increíble elevación de 4400 metros. O sea, que la única franja del páramo realmente sin árboles era una estrecha franja de 400 metros, ya llegando hasta el límite inferior de las nieves, en lo que hoy en día se conoce como “superpáramo”.

 

La destrucción de los bosques

Interior del bosque de Polylepis y Weinmannia - hábitat de especies raras
¿Qué ha pasado con los bosques de alta montaña? ¿Por qué no cubren hoy la mayor parte del área del páramo? Una de las razones de mayor peso puede estar en su lentísimo desarrollo. Mientras que en zonas de clima cálido y húmedo un arbolito pionero puede tardar sólo 3 meses desde su germinación hasta alcanzar una talla de 30 cm, en climas de páramo las especies leñosas más rápidas tardan por lo menos tres o cuatro veces más tiempo desde su nacimiento hasta lograr este mismo tamaño. En climas cálidos y húmedos no es raro que un arbolito pionero ya establecido en un terreno abierto aumente hasta tres o cuatro metros de altura cada año; mientras que los arbolitos de páramo más veloces ya establecidos difícilmente ganan 50 cm cada año. Muchas de las especies más lentas crecen apenas unos pocos centímetros cada año.

Así se pregunta uno: ¿Cuánto tardarán los árboles más lentos, como aguacatillos y amarillos, en formar un bosque en medio del páramo? ¿Y cuántos años tendrán los bosques de robles gigantes que he visto en las montañas más altas? Al pensarlo, se me vienen a la mente cifras de muchos siglos...

Aquí nota uno la vulnerabilidad de estos lentísimos bosques a los cambios de clima, a los incendios naturales, a la actividad humana. Siendo que estos bosques crecen centímetro a centímetro, año tras año, basta un solo incendio (sea natural o provocado) para hacer desaparecer un bosque milenario del páramo; el claro abierto es lentamente colonizado por vegetación pionera de pajonales, luego, año tras año, por frailejones y arbustos. Los arbolitos solo volverán mucho después. Y basta con que el fuego se repita una vez cada siglo para que el bosque nunca retorne.

Antes de la llegada de los seres humanos, los incendios en el páramo debían ser más limitados y espaciados en el tiempo de lo que lo son ahora. Hasta que, desde hace algunos milenios, los páramos empezaron a tener cada vez más gente. Y con los humanos viene el fuego. Siglo tras siglo, fuegos ocasionales, causados por los seres humanos, se inician en el páramo. El proceso se acelera con la llegada de los europeos hace 5 siglos, con el aumento de la ganadería y los cultivos en las altas montañas. Uno tras otro, van cayendo los bosques del páramo, talados para leña y construcción, destruidos para abrir los campos, consumidos por las llamas. A ellos los reemplazarán plantas pioneras y pirófilas como la paja y los frailejones que dominan hoy día.

Ante esta luz, el páramo aparece como una especie de “rastrojo”, que se regenera tras la destrucción del bosque y que contribuye, muy lentamente, a que este bosque se regenere una vez más. Y vemos que este rastrojo ha sido muy favorecido en su expansión por la actividad humana. Es importante notar también que, en esta acción de transformación humana del páramo, no todo ha sido negativo. El páramo abierto resulta ser mucho más rico en especies de flora que los bosques que crecían antes. La mayor parte de las especies de plantas endémicas y amenazadas del páramo requieren de zonas abiertas, no de bosques, para existir. Es claro, de todas formas, que la vegetación del páramo abierto sólo soporta niveles suaves de presión; si el pastoreo sigue aumentando, si la frecuencia de los incendios sube, incluso esta flora resistente de zonas abiertas desaparecerá.

Sigue siendo muy importante conservar los pocos bosques de páramo que han sobrevivido, incluso buscar su ampliación. Al igual que otros hábitats que encontramos en el páramo, estos bosques tienen una gran importancia para la conservación del agua. Muchas especies de plantas de alta montaña son asimismo exclusivas de estos bosques. Y estos bosques son un hábitat esencial para muchas especies de fauna, sobre todo aves, que en su mayoría no pueden sobrevivir en el páramo abierto...necesitan de los colorados, los encenillos y los robles para continuar con una historia cuyos dramas vienen de milenios pasados, para poder pasarla a las generaciones futuras.