domingo, 29 de diciembre de 2013

Una guía para restaurar los ecosistemas de Colombia - Los páramos de la Sierra Nevada de Santa Marta

La Sierra Nevada vista desde Palomino (Guajira)
Aquí se presenta una recopilación sobre la biodiversidad nativa de la Sierra Nevada de Santa Marta y sobre las especies de plantas más importantes para tener en cuenta en proyectos de restauración ecológica. La Sierra Nevada de Santa Marta es uno de los sitios más notables que hay en Colombia. Este macizo montañoso no sólo alberga los picos más altos del país, que se elevan hasta 5770 metros sobre el nivel del mar, sino que es también uno de los centros de endemismo más llamativos: decenas de especies de plantas y animales habitan sólo aquí y en ningún otro lado del mundo. Al mismo tiempo, y al igual que otras regiones del país, la Sierra Nevada ha venido sufriendo un progresivo deterioro ambiental. Bosques y páramos han sido gradualmente destruidos para transformarlos en zonas de cultivo y de pastoreo de animales; y el calentamiento global va causando el derretimiento de los glaciares y el desplazamiento de las zonas de vegetación.

Teniendo en cuenta que estas montañas han estado pobladas por seres humanos desde hace milenios, las alternativas de conservación más viables parecen ser aquellas que favorezcan la convivencia entre la gente y sus zonas de cultivo y pastoreo y las zonas con vegetación nativa de bosques y páramos. Un buen inicio para planear acciones de conservación es preguntarse: ¿Cómo eran los antiguos bosques que había en esta región? ¿Qué especies de plantas y animales vivían aquí? ¿Cuáles siguen existiendo todavía? ¿Cuáles son las especies endémicas (exclusivas) de la región? ¿Cuáles especies están más amenazadas de extinción? Si se va a favorecer la creación o ampliación de corredores de bosque en los linderos de las fincas, a orillas de los caminos y a lo largo de ríos y quebradas ¿cuáles son las especies de flora más adecuadas que se deberían plantar? La información que sigue responde precisamente a estas preguntas.

 

Los páramos de la Sierra Nevada de Santa Marta

En la Sierra Nevada, al igual que en las cordilleras andinas, los páramos se encuentran localizados en las altas montañas por encima de 3000 metros de elevación. En ellos predominan los espacios abiertos, dominados por diversas especies de pastos, y por esas extrañas plantas, parientes de los frailejones, que tienen las hojas dispuestas en forma de penachos al final de los troncos: los “tabacos de la Sierra” (Libanothamnus). Además, aquí se encuentran matorrales y restos de bosques de alta montaña. Estos páramos, con su vegetación acolchonada, sus lagunas y pantanos y la humedad que reina en ellos, son por excelencia las fuentes de agua que protegen y dan nacimiento a todos ríos de este macizo. Cientos de miles de colombianos habitantes del campo y de ciudades como Santa Marta y Valledupar, dependen para su supervivencia del suministro de agua de los páramos de la Sierra Nevada. Una razón de peso que, sumada a la singularidad de las formas de vida que hacen de estas montañas su hogar, nos debería impulsar a su conservación.

 

Biodiversidad

Esterilla (Orthrosanthus chimboracensis)
La biodiversidad de la región paramuna de la Sierra Nevada de Santa Marta es relativamente reducida en comparación con la de zonas más bajas, debido a su aislamiento y a su duro clima. Se puede estimar la presencia de unas 15 especies de mamíferos nativos, 80 especies de aves, 1 especie de reptil, 2 especies de anfibios y unas 300 especies de plantas vasculares (plantas con semilla y helechos). Resulta interesante comparar estas cifras con las de países geográficamente aislados, de latitudes elevadas. Por ejemplo, Islandia, que cubre un área 75 veces mayor que la región paramuna de la Sierra Nevada, tiene registros de 1 especie de mamífero nativa, cerca de 90 especies de aves reproductoras y unas 400 especies de plantas vasculares nativas; en Islandia no hay ninguna especie nativa de reptil ni de anfibio.

 

Endemismo

Algunos animales y, sobre todo, muchas especies de plantas, viven sólo en los páramos de la Sierra Nevada de Santa Marta y no se encuentran en ningún otro lado del mundo. Éstas son las especies prioritarias para la conservación. Si la gente de la región no las cuida ¿quién más en el mundo podrá hacerlo? Las especies endémicas exclusivas o casi exclusivas de estos páramos incluyen las siguientes: entre los mamíferos, el ratón silvestre (Thomasomys monochromos); entre las aves, el periquito de Santa Marta (Pyrrhura viridicata), el colibrí picoespina (Ramphomicron dorsale), el tapaculo ratón (Scytalopus latebricola), el cucarachero de Santa Marta (Troglodytes monticola), la tangara serrana (Anisognathus melanogenys) y los gorriones monteses (Arremon basilicus, Atlapetes melanocephalus); entre los reptiles endémicos está la lagartija (Anadia altaserrania); y los anfibios endémicos incluyen dos especies de sapitos arlequín (Atelopus arsyecue, A. carrikeri).

La flora endémica abarca por lo menos 71 especies de plantas que sólo se encuentran en este macizo montañoso y que no se conocen de ninguna otra cordillera. Estas especies son las apiáceas silvestres (Cotopaxia whitei, Micropleura flabellifolia, Perissocoeleum barclayae, P. crinoideum), amargueros (Ageratina barclayae, A. flaviseta, A. zinniifolia), romeros de páramo (Diplostephium anactinotum, D. coriaceum, D. cyparissias, D. inesianum, D. nevadense, D. parvifolium, D. rangelii, D. romeroi, D. santamartae, D. saxatile, D. tergocanum, D. weddellii, Pentacalia carrikeri, P. hammenii, P. harrietae, P. juajibioy, P. mamancanacana, P. romeroana, P. schultzei, P. subarachnoidea, P. taironae), otras asteráceas arbustos (Cabreriella sanctae-martae, Castanedia santamartensis, Hinterhubera harrietae, H. nevadensis), la asterácea arborescente Paragynoxys undatifolia, árnica (Senecio romeroi), varias asteráceas hierbas (Chaptalia incana, Chionolaena chrysocoma, Flosmutisia paramicola, Gnaphalium rosulatum, Raouliopsis seifrizii), espuelos (Berberis acutinervia, B. meollacensis, B. nevadensis), lítamos (Draba pseudocheiranthoides, D. sanctae-martae, D. schultzei), cardones (Puya alpicola, P. brachystachya, P. nivalis, P. sanctae-martae), Carex sanctae-martae, geranios silvestres (Geranium lignosum, G. paludosum, G. paramicola, G. schultzei), chites, guardarrocíos (Hypericum martense, H. simonsii), tusílago y alhucemas (Satureja andrei, S. caerulescens, S. foliolosa), doradillas (Chaetolepis loricarella, Ch. santamartensis), tunos (Miconia oreogena, M. tricaudata), orquídeas (Epidendrum sanctae-martae, Telipogon felinus), tinta (Monnina parvifolia), Aragoa kogiorum, Solanum donachui, Symplocos nivalis y valerianas (Valeriana cuatrecasasii, V. karstenii).

Además de las endémicas estrictas, la Sierra Nevada de Santa Marta alberga una serie de especies adicionales de distribución relativamente restringida, compartidas con la serranía del Perijá, norte de la cordillera Oriental y los Andes de Venezuela. Entre estas especies se cuentan plantas tan emblemáticas como los tabacos de la Sierra (Libanothamnus neriifolius, L. occultus).

 

¿Cuáles son las especies más amenazadas?

Cóndor de los Andes (Vultur gryphus) - Colegota - 1998
En el área hay 3 especies de mamíferos que han sido catalogados como amenazados; estos son el puma (Puma concolor, NT), el tigrillo (Leopardus tigrinus, VU) y el ratón endémico (Thomasomys monochromos, EN). Entre las aves amenazadas se cuentan el cóndor de los Andes (Vultur gryphus, EN), águila crestada (Spizaetus isidori, EN), periquito de Santa Marta (Pyrrhura viridicata, EN), colibrí picoespina (Ramphomicron dorsale, EN) y cucarachero de Santa Marta (Troglodytes monticola, CR). Entre los los anfibios amenazados están las dos especies de sapitos arlequín (Atelopus arsyecue, CR, A. carrikeri, CR).

Entre las plantas catalogadas como amenazadas se cuentan el pino colombiano (Podocarpus oleifolius, VU), pino hayuelo (Prumnopits montana, VU), tabacos de la Sierra (Libanothamnus neriifolius, EN, L. occultus, CR), cardones (Puya alpicola, VU, P. brachystachya, CR, P. lineata, NT, P. nivalis, EN, P. sanctae-martae, EN), tusílago (Satureja andrei, VU) y curuba silvestre (Passiflora sierrae, VU). Aunque la mayor parte todavía no han sido evaluadas formalmente, es muy probable que casi todas las especies endémicas de flora mencionadas en el párrafo anterior estén amenazadas de extinción.

Es muy importante conocer y proteger estas especies. Conservarlas significa usualmente conservar su hábitat; si esto se logra hacer exitosamente, se pueden llegar a salvar centenares de otras especies de plantas y de animales que comparten su hogar con las especies amenazadas.

 

¿Cuál era la flora de los antiguos bosques?

Pino hayuelo (Prumnopitys montana)
Puede sonar raro hablar de viejos bosques en el páramo. Pues este ecosistema es más conocido por sus extensas zonas con pajonales abiertos y vegetación arbustiva. Sin embargo, amplias zonas de los páramos tienen el potencial biológico para convertirse en bosques maduros de alta montaña, si se mantienen unas condiciones básicas de estabilidad; se necesita que durante muchos siglos no ocurran incendios, pastoreo intensivo ni tala de árboles. Estas condiciones son más comunes en zonas remotas y sobre todo en hondonadas a lo largo de las quebradas. Cuando estas condiciones ocurren, se pueden observar bosques desarrollándose hasta cerca de 4000 metros sobre el nivel del mar. Por otro lado, la vegetación abierta que actualmente prevalece en los páramos representa una etapa temprana de sucesión de la vegetación, dominada por especies pioneras que soportan una plena exposición al sol. Si los incendios dejan de afectar un área, los arbustos la van cubriendo, década tras década. Luego, bajo su sombra, van naciendo árboles mayores. Y, quizás siglos después, colonizan estos bosques los árboles cuyas semillas sólo germinan en la hojarasca, bajo la sombra de los arbustos ya crecidos. Aquí damos una muestra de especies propias de la Sierra Nevada de Santa Marta que tienen mayor potencial para dominar en los bosques maduros en estas zonas elevadas del macizo.

ÁRBOLES: Pino colombiano (Podocarpus oleifolius), pino hayuelo (Prumnopitys montana), mano de oso (Oreopanax fonqueranus), yuco (Schefflera cf. fontiana), Paragynoxys undatifolia, gaque (Clusia multiflora), aguacatillo (Persea mutisii), susca (Ocotea calophylla), arrayán (Myrcianthes myrsinoides), cogote (Gordonia fruticosa). ARBUSTOS: Cybianthus perseoides. HIERBAS: Helechos (Elaphoglossum, Lophosoria quadripinnata), coralito (Nertera granadensis). EPÍFITAS: Helechos (Asplenium, Elaphoglossum, Melpomene moniliformis, Serpocaulon lasiopus), quiche (Racinaea tetrantha), orquídeas (Elleanthus, Epidendrum, Pachyphyllum bryophytum, P. hispidulum, Stelis, Telipogon felinus), Peperomia hartwegiana.

 

¿Cuáles especies plantar?

Raque (Vallea stipularis)
Es poco lo que se ha ensayado sobre restauración de ecosistemas paramunos. Las especies mencionadas en el párrafo anterior son inadecuadas para repoblar con vegetación nativa un terreno completamente abierto, ya que, cuando son juveniles, no resisten una plena exposición al sol, al viento y a la lluvia. Pero, aparte de estas especies, casi toda la flora del páramo es pionera y, en teoría, perfecta para ser plantada en zonas plenamente expuestas. Pocas plantas en el páramo crecen rápido, así que es poco probable tener un terreno completamente restaurado antes de muchas décadas.

ÁRBOLES: Romero de monte (Diplostephium rosmarinifolius), encenillo (Weinmannia pinnata), raque (Vallea stipularis), rodamonte (Escallonia myrtilloides), cucharo de hoja pequeña (Myrsine dependens), mortiños (Hesperomeles ferruginea, H. obtusifolia). CAULIRRÓSULAS: Tabacos de la Sierra (Libanothamnus neriifolius, L. occultus). TREPADORAS: Pecosa (Bomarea colombiana), zarcillejo (Fuchsia magdalenae), curubas silvestres (Passiflora schlimiana, P. sierrae), coronillo, bejuco colorado (Muehlenbeckia tamnifolia), coralito (Galium hypocarpium). ARBUSTOS: Amargueros (Ageratina barclayae, A. cuatrecasasii, A. flaviseta, A. ocanensis, A. zinniifolia), chilcos (Baccharis brachylaenoides, B. prunifolia), Cabreriella sanctae-martae, Castanedia santamartensis, romeros de páramo (Diplostephium anactinotum, D. bicolor, D. coriaceum, D. cyparissias, D. grantii, D. inesianum, D. nevadense, D. parvifolium, D. rangelii, D. romeroi, D. santamartae, D. saxatile, D. tergocanum, D. weddellii, Pentacalia carrikeri, P. hammenii, P. harrietae, P. juajibioy, P. mamancanacana, P. romeroana, P. schultzei, P. subarachnoidea, P. taironae, P. vaccinioides), Hinterhubera harrietae, H. nevadensis, jarilla (Stevia lucida), espuelos (Berberis acutinervia, B. meollacensis, B. nevadensis), agraces (Vaccinium floribundum, V. meridionale), uva camarona (Macleania rupestris), reventadera (Pernettya prostrata), chites, guardarrocíos (Hypericum caracasanum, H. martense, H. simonsii, H. stenopetalum), tusílago (Satureja andrei), tunos (Miconia insueta, M. oreogena, M. tricaudata), Aragoa kogiorum, Monnina parvifolia, sanalotodo (Arcytophyllum nitidum), Holodiscus argenteus, Lachemilla polylepis, Solanum donachui, Symplocos nivalis. HIERBAS: Perissocoeleum barclayae, P. crinoideum, P. purdiei, Chionolaena chrysocoma, Ch. colombiana, Lasiocephalus doryphyllus, Lourteigia stoechadifolia, árnicas (Senecio formosoides, S. formosus, S. romeroi), lítamos (Draba cryophila, Draba pseudocheiranthoides, D. sanctae-martae, D. schultzei), cardones (Puya alpicola, P. brachystachya, P. lineata, P. nivalis, P. sanctae-martae), geranios silvestres (Geranium lignosum, G. paludosum, G. paramicola, G. schultzei), esterilla (Orthrosanthus chimboracensis), Satureja caerulescens, S. foliolosa, doradillas (Chaetolepis alpina, Ch. loricarella, Ch. microphylla, Ch. santamartensis), orquídeas (Epidendrum chioneum, Stenorrhynchos vaginatum), valerianas (Valeriana cuatrecasasii, V. karstenii).

Para zonas pantanosas resultan adecuados el helecho (Blechnum loxense), rodamonte (Escallonia myrtilloides), cardones (Puya spp.) y cortadera (Carex pichinchensis).

Cortadera (Carex pichinchensis)

martes, 10 de diciembre de 2013

Colombia en el mundo - Los Andes secos

Cactáceas andinas cerca de Cuzco, Perú
En Colombia estamos acostumbrados a que nuestras cordilleras estén llenas de verdor. La lluvia abundante favorece el crecimiento de la vegetación, que, si es dejada tranquila, rápidamente se desarrolla hasta convertirse en espesos bosques. Por otro lado, las montañas de color café que caracterizan las zonas secas sólo podemos observarlas en sitios muy reducidos y específicos del país; lugares situados en valles profundos como los cañones de los ríos Chicamocha, Dagua y Patía, como la región de Villa de Leyva, como el sur de la Sabana de Bogotá, como las laderas que bajan a la región del alto Magdalena y del valle del río Cauca, como la cuenca alta del río Sucio en Dabeiba y Uramita, Antioquia, y como la cuenca alta del río Catatumbo en Norte de Santander. La lista parece larga, pero si la miramos sobre un mapa, veremos que no son más que excepciones, que todos estos sitios juntos apenas cubren un área muy pequeña de nuestras montañas. Son apenas islas de sequedad sumergidas en un mar de verdor.

Por el contrario, si miramos a escala global, ocupándonos de toda la cadena montañosa de los Andes desde Venezuela hasta la Patagonia, veremos cómo es más común que los Andes sean secos y no lluviosos. Las zonas de bosques húmedos están limitadas a un área relativamente pequeña formada por los Andes de Venezuela, Colombia y Ecuador y una estrecha franja de Perú, Bolivia y el norte de Argentina. Otra franja de humedad reaparece en la región costera y montañosa del centro y sur de Chile y Argentina. Todo lo demás, que son casi dos tercios del área de la cordillera, son desiertos, puna seca y estepas patagónicas. Es decir, si nos vamos a representar cómo es un sitio “promedio” que represente a toda la cordillera, sin duda será un sitio con una clara tendencia a la aridez.

 

La antigua historia de la aridez

Pastizales secos de Villa de Leyva
En el pasado, las zonas secas estuvieron más extendidas por las montañas de Colombia, logrando mayores conexiones entre ellas y con el resto de zonas áridas situadas más al sur del continente. Un clima más húmedo las ha obligado a replegarse al fondo de valles que todavía conservan condiciones de aridez; allí, la vegetación especial de estos sitios quizás aguarda el momento en que un futuro cambio climático le permita avanzar de nuevo, re-colonizando áreas más amplias del país. Los avances y retrocesos de la vegetación de zonas áridas dejan huellas que todavía pueden ser leídas e interpretadas, permitiéndonos averiguar más sobre el pasado remoto y, quizás, predecir qué tipo de ambientes pueden regresar en este mundo cambiante. Algunos ejemplos de estas huellas pueden buscarse en el mundo de la fauna y la flora de nuestras montañas.

 

Camellos americanos

Vicuña (Vicugna vicugna) - R. Huebner, 2005
Uno de los grupos más conocidos de animales de zonas áridas es el de los camélidos, familia a la que pertenecen el dromedario, el camello bactriano, el guanaco, la vicuña, la llama y la alpaca. Pocas personas lo saben, pero los camellos no se originaron en los desiertos de África o de Asia, ni tampoco en los altos Andes. La mayor variedad de fósiles de camellos del mundo, y ciertamente los más antiguos, ha sido encontrada en Norteamérica, con edades que van desde el Eoceno (hace 45 millones de años) hasta hace unos meros 10.000 años, cuando los camélidos norteamericanos se extinguieron. Durante su larga historia evolutiva, estos animales tuvieron tiempo de cruzar el estrecho de Bering y colonizar Asia y África. Y, por otra parte, también se aprovecharon de la formación del puente de tierra centroamericano para cruzar al sur y conquistar los Andes. Aunque todavía no se han encontrado fósiles que atestigüen su antigua presencia en Colombia, es claro que el país tuvo que ser una ruta de paso obligada para los antecesores de guanacos y vicuñas que venían del norte. En algún momento de su historia, nuestros Andes secos, hogar de camélidos, debieron tener escenas similares a las de los actuales Andes peruanos y bolivianos, con sus siluetas de llamas y alpacas recortadas contra las cumbres nevadas.

 

Cactus de montaña

Parodia sellowii
Otro de los grupos de organismos emblemáticos de las zonas áridas son los cactus. Y los Andes secos son reconocidos como uno de los centros mundiales de diversidad de esta espinosa familia, albergando centenares de especies exclusivas, que sólo se encuentran en esta cordillera y en ningún otro lado del mundo. En comparación con los Andes centrales, Colombia tiene relativamente pocos cactus: cerca de 80 especies (comparar con 250 especies en Perú y 225 en Argentina). Resulta muy interesante observar las relaciones que nuestros cactus colombianos guardan con los del resto del continente. El cactus semisubterráneo Parodia sellowii es una especie muy localizada y amenazada del altiplano cundiboyacense. Sin embargo, este mismo cactus tiene una distribución muy amplia en una zona totalmente alejada de los Andes, en Argentina, Uruguay y el sur de Brasil. ¿Son estas dos poblaciones separadas los restos de una antigua población más ampliamente distribuida? ¿O, siendo que todas las demás especies de Parodia parecen ser originarias del sur del continente, es posible que la población colombiana de este cactus sea una inmigrante llegada en tiempos recientes a la región?

Browningia candelaris en Chile - M. Lejeune, 2006
Otro caso interesante es el que presentan los cactus Browningia. La mayoría de las especies de este género son peruanas, con algunas especies también presentes en Bolivia, Chile y Paraguay. Uno de estos cactus, la Browningia candelaris, es un emblema de la vegetación del altiplano entre Chile y Perú, muy fácil de reconocer por su apariencia desordenada, como si estuviera armado de pedazos pegados unos con otros en forma muy irregular. Pues bien, desde hace cerca de 20 años había rumores de que en Colombia también se encontraban cactus Browningia, pero no había evidencias de ello: nadie había fotografiado o colectado muestras de estos cactus en el país. Hasta que en el año 2005 se recogieron los primeros ejemplares en una pequeña zona del valle del Chicamocha, a 2300 metros de elevación. En este sitio, la Browningia hernandezii (dedicada al gran naturalista colombiano Jorge Hernández Camacho, quien fue el primero en llamar la atención sobre la presencia de este género de cactus en Colombia), es uno de los elementos dominantes de la vegetación, levantando sus tallos columnares hasta 7 m por encima del suelo. Si un cactus de este tamaño puede pasar tantos años desapercibido por la ciencia, sin duda habrá mucho más por descubrir en el mundo de las plantas y los animales de las zonas secas de los Andes.

Cactus columnares en Salta, Argentina

jueves, 24 de octubre de 2013

Las hierbas silvestres de Bogotá

El mundo de lo espontáneo

Symphyotrichum subulatum - Nativa
En la ciudad, las hierbas silvestres (las así llamadas “malezas”) están siempre a nuestro lado. En las grietas del pavimento, en las orillas de las calles, encima de los andenes y en lo alto de los muros. Usualmente las ignoramos y, sin darnos cuenta, hasta las pisamos. A ellas les da igual: allí siguen, fuertes, prolíficas, aguantando el intenso sol, la sequía, los aguaceros, la contaminación, el peso de los transeúntes... A veces reparamos en su presencia, quizás atraídos por el surgimiento de una flor especialmente vistosa, quizás por su excesiva proliferación en un sitio particular. El interés suele ser pasajero y pronto continuamos nuestro camino, volviendo a dejar de lado a estas ubicuas plantas, que desaparecen de nuestra atención, convirtiéndose en una parte más del paisaje. A cualquier persona interesada en la naturaleza, bien le serviría dedicar un poco más de energía a la observación de estas hierbas silvestres. Su mundo, desde que nacen de una pequeña semilla hasta que mueren marchitas o arrancadas, está tan lleno de acontecimientos y dramas como cualquier otro. Y sus historias de vida revelan datos tan interesantes como los que podemos encontrar en la flora de cualquier bosque o de cualquier otro ecosistema natural alejado de la ciudad.

 

Flores atractivas, plantas diminutas

Diente de león (Taraxacum officinale) - Exótica
Recorriendo las calles de Bogotá desde que era un niño, he venido conociendo el pequeño mundo de sus hierbas silvestres. Más de una vez me he agachado para mirar una plantica diminuta, para descubrir un pasto diferente, para sorprenderme con una flor que no había visto antes. Así, he llegado a saber que la flora de hierbas espontáneas que surgen en Bogotá está compuesta por más de 200 especies diferentes. Si queremos descubrirlas tenemos que buscar por todas partes: en los prados podados y sin podar; dentro de alcantarillas que tienen la tapa rota; en paredes y muros húmedos; en las vías férreas; entre la tierra negra de los jardines; sobre los tejados de casas viejas. Algunas hierbas son tan vistosas que son muy fáciles de descubrir: el diente de león (Taraxacum officinale), con sus atractivas flores amarillas, puede ser la hierba silvestre más conocida de la ciudad. También resultan comunes y vistosos los carretones o tréboles (Trifolium pratense, T. repens) con sus flores blancas y moradas que decoran los prados. Muchas otras hierbas pasan desapercibidas por ser poco vistosas (por ejemplo, casi todos los pastos). Algunas no se las descubre por ser diminutas: así es como casi nadie se percata de la presencia de las especies de Sagina, que se levantan apenas unos pocos milímetros entre las grietas del suelo.  La Nierembergia repens, uno de los miembros más diminutos de la familia de la papa y los borracheros (solanáceas), es otro buen ejemplo: sus hojas apenas alcanzan 1 cm de longitud y la planta, apretada contra el suelo, es casi invisible temprano en las mañanas y hacia el atardecer; sólo entre las 9 am y las 3 pm, que es cuando sus flores se abren, puede llegar a atrapar nuestra atención, si estamos mirando al piso. ¡Toda una prueba para nuestra capacidad de observación! 

 

La supervivencia de lo nativo

Nierembergia repens - Nativa
Muchas de las hierbas silvestres más comunes resultan ser especies exóticas, nativas de otros continentes y ahora naturalizadas en Colombia. Por ejemplo, el pasto kikuyo (Pennisetum clandestinum), el más común de nuestros pastos formadores de prados, es africano. El diente de león, los tréboles y muchas otras hierbas urbanas son de origen europeo. Pero las nativas también son comunes. Muchas especies autóctonas, que originalmente debieron haber crecido en los campos de cultivo indígenas y en las zonas más secas del altiplano, han podido sobrevivir y prosperar en la ciudad. Su especialización para crecer en hábitats marginales, secos y con poca capa vegetal, las ha salvado de la competencia de malezas introducidas (como el kikuyo) que han invadido suelos más fértiles. Entre estas hierbas nativas se cuentan el chisgo (Lepidium bipinnatifidum), la pequeña margarita (Symphyotrichum subulatum) y la cótula (Cotula australis). Tan interesante como esta supervivencia de hierbas de zonas secas, es la presencia de especies que antiguamente poblaron los bosques nativos (ya desaparecidos) que había en donde ahora está plantada la ciudad. Así, en algunos rincones poco tocados, aparece una orquídea, la única orquídea realmente urbana y silvestre de Bogotá: el Cyclopogon elatus, de florecitas blancas. Podemos encontrar esta orquídea en el suelo en algunos jardines (sobre todo al lado de raíces de árboles, en sitios poco fértiles), encima de muros de piedra y sobre viejos tejados de teja española. Esta orquídea, al lado de algunos helechos y de arbustos como el chilco (Baccharis latifolia) puede ser el último rastro de la vegetación original de la región que todavía crece silvestre en la ciudad.

La pequeña orquídea Cyclopogon elatus - Nativa

domingo, 13 de octubre de 2013

Una guía para restaurar los ecosistemas de Colombia – El piedemonte llanero sur

Piedemonte llanero - Paratebueno, Cundinamarca
Si usted es un propietario de una finca o un conservacionista que quiere emprender un proyecto de restauración de la vegetación y de la fauna silvestre, es un buen punto iniciar conociendo su área. Antes de restaurar algo, hay que preguntarse: ¿Cómo eran los antiguos ecosistemas que había en esta región? ¿Qué especies de plantas y animales vivían aquí? ¿Cuáles siguen existiendo todavía? ¿Cuáles son las especies endémicas (exclusivas) de la región? ¿Cuáles especies están más amenazadas de extinción? Si voy a iniciar la creación de corredores de bosque en un terreno completamente despejado ¿cuáles son las especies de flora más adecuadas que debería plantar?

Colombia es un país tan variado que la respuesta a cada una de estas preguntas es diferente dependiendo de la región. Aquí continuamos con una serie de artículos que traen la información básica para cada una de estas áreas.

 

El piedemonte llanero

Raíces de araco (Socratea) en el interior de la selva
En la Orinoquía colombiana, el piedemonte llanero es la franja más cercana a la cordillera Oriental de los Andes, donde la planicie se encuentra con la montaña. Aquí, en forma más específica, nos vamos a referir al piedemonte de los departamentos de Boyacá, Cundinamarca y Meta, incluyendo bajo este nombre las laderas bajas de las montañas y la franja adyacente de planicies que se extiende unos 50 km llano adentro, alejándose de la base de la cordillera (medida a 500 metros sobre el nivel del mar). Esta región, como aquí la tomamos, abarca un rango altitudinal que va desde algo menos de 200 metros hasta 1000 metros sobre el nivel del mar. El clima es muy lluvioso, con precipitaciones superiores a 3000 mm por año (en partes se llegan a superar los 5000 mm). Las zonas de vida predominantes, según la clasificación de Holdridge, son el Bosque húmedo tropical y el Bosque muy húmedo tropical. La región estaba originalmente cubierta por densas selvas, de composición muy similar a las de la Amazonía. En la actualidad, gran parte de estas selvas han sido taladas, abriendo espacio para potreros y cultivos, incluyendo extensos monocultivos de palma africana y arroz. La explotación petrolera ha sido intensa en partes de esta región, trayendo consigo el habitual desarrollo, que, desafortunadamente, también suele significar aumento de la colonización, fragmentación y pérdida de bosques, y contaminación de suelos, aire y agua. Con todo, queda mucho por rescatar. Los corredores de bosque siguen siendo muy comunes a lo largo de ríos y caños, incluso al lado de zonas pobladas. Terrenos degradados siguen teniendo aún hoy una gran capacidad de regeneración natural, por lo cual es posible volver a recuperar bosques naturales en una forma rápida y económica. Y es posible imaginar un desarrollo ordenado de la región, donde los cultivos, potreros, zonas urbanas e industriales alternen con corredores biológicos bien planeados, conocidos por todos, que sigan manteniendo el enorme potencial biológico de la región.

Biodiversidad

Mono ardilla o "tití" (Saimiri sciureus)
La biodiversidad de la región es muy elevada. Se puede estimar la presencia de unas 150 especies de mamíferos, 600 especies de aves, cerca de 100 especies de reptiles, unas 50 especies de anfibios, más de 500 especies de peces y unas 3000 especies de plantas vasculares. A modo de comparación, Francia, que cubre un área casi 45 veces mayor que la región sur del piedemonte llanero, tiene registros de casi 140 especies de mamíferos, más de 540 especies de aves, 40 especies de reptiles, 34 especies de anfibios, 69 especies de peces de agua dulce y 4900 especies de plantas vasculares nativas.

 

Endemismo

En comparación con otras regiones del país, el piedemonte llanero alberga relativamente pocas especies endémicas. Casi todas sus plantas y animales están ampliamente extendidas, especialmente hacia la cuenca amazónica y hacia Venezuela. Con todo, hay algunas especies exclusivas, que viven sólo en Colombia y no se encuentran en ningún otro lado del mundo. Éstas son las especies prioritarias para la conservación. Si la gente de la región no las cuida ¿quién más en el mundo podrá hacerlo?

Entre los mamíferos endémicos se cuentan el mico de noche (Aotus brumbacki) y el mico tocón (Callicebus ornatus). No se registran aves endémicas. Entre los reptiles endémicos están las serpientes Atractus punctiventris, Liotyphlops anops y la coral Micrurus medemi. Entre los anfibios endémicos están las ranas saltonas (Allobates juanii, A. ranoides) y la rana de lluvia (Pristimantis medemi).

Entre las plantas endémicas se cuentan la Begonia hydrophylloides, el quiche Vriesea ospinae, el yopo (Mimosa trianae) y las orquídeas Cattleya schroederae y Restrepia metae.

 

¿Cuáles son las especies más amenazadas?

Oso palmero (Myrmecophaga tridactyla) - M. Thyssen - 2005
En la región hay 15 especies de mamíferos que han sido catalogados como amenazados. Ellos son el oso palmero (Myrmecophaga tridactyla, VU), ocarro o armadillo gigante (Priodontes maximus, EN), murciélago espectral (Vampyrum spectrum, NT), mico de noche (Aotus brumbacki, VU), mico tocón (Callicebus ornatus, VU), mono araña o marimonda (Ateles belzebuth, EN), churuco (Lagothrix lugens, CR), danta (Tapirus terrestris, VU), cajuche o pecarí (Tayassu pecari, VU), nutria (Lontra longicaudis, VU), oso de anteojos (Tremarctos ornatus, VU), “tigre” o jaguar (Panthera onca, NT), “león” o puma (Puma concolor, NT y tigrillos (Leopardus pardalis, NT, L. wiedii, NT). Varias de estas especies ya están prácticamente extinguidas a nivel local, sobre todo la danta, el cajuche, el churuco y el mono araña.

Entre las aves amenazadas se cuentan la pava negra (Aburria aburri, NT), águila moñuda (Morphnus guianensis, NT), águila arpía (Harpia harpyja, NT), periquito alipunteado (Touit stictopterus, VU), pibí boreal (Contopus cooperi, VU) y reinita cerúlea (Dendroica cerulea, VU). Hay otras especies que, por su amplio rango de distribución, no han sido catalogadas como amenazadas a nivel global o nacional, pero que, sin embargo, sí están desapareciendo localmente. Es así como en la región ya están prácticamente extinguidos los paujiles (Crax alector, Mitu tomentosum) y el tente (Psophia crepitans).

El área de distribución del caimán llanero (Crocodylus intermedius, CR) debió penetrar marginalmente esta región, pero las poblaciones silvestres de esta especie ya han desaparecido del área, víctimas de la cacería.

Entre los anfibios amenazados destacan las ranas saltonas (Allobates juanii, CR, A. ranoides, EN).

Entre las especies de flora amenazadas se cuentan la Begonia hydrophylloides (VU), Pitcairnia macarenensis (NT), el quiche (Vriesea ospinae, VU), el zarcillejo (Siphocampylus planchonis, VU), el cedro (Cedrela odorata, EN) y algunas orquídeas (Cattleya schroderae, VU, Coryanthes macrantha, NT, Lycaste macrophylla, NT, Masdevallia sanctae-fidei, NT, Restrepia metae, VU).

Es muy importante conocer y proteger estas especies. Conservarlas significa usualmente conservar su hábitat; si esto se logra hacer exitosamente, se pueden llegar a salvar centenares de otras especies de plantas y de animales que comparten su hogar con las especies amenazadas.

 

¿Cuál era la flora de los antiguos bosques?

Platypodium elegans
Aquí damos una muestra de las especies cuya presencia y abundancia indican bosques de edad avanzada. Entre sus árboles se encuentran varias de las mejores maderas de la región y muchas especies amenazadas. Para propagar estas especies hay que plantarlas en lugares donde se den dos condiciones: que haya sombra de otras plantas y que el suelo esté cubierto de hojarasca (no de pasto).

ÁRBOLES: Cabo de hacha (Aspidosperma excelsum), animes (Protium spp.), gaques (Clusia spp.), macano o mosco (Terminalia amazonia), cacay (Caryodendron orinocense), aceite (Copaifera pubiflora), cabo de hacha (Platypodium elegans), guacamayo (Apuleia leiocarpa), peonío (Ormosia amazonica), turmemono (Andira taurotesticulata), laureles (Aniba guianensis, A. panurensis, Ocotea cernua, O. longifolia, etc.), copita (Eschweilera bracteosa), fara (Gustavia superba), cedro (Cedrela odorata), mamito (Iryanthera laevis), Iryanthera ulei, cuajo (Virola elongata), guáimaros (Brosimum lactescens, B. utile), leche (Pseudolmedia laevis), cuyubí (Minquartia guianensis), caimo (Pouteria caimito). PALMOIDES: Araco, chuapo (Socratea exorrhiza), corneto (Iriartea deltoidea), cucurita o güichire (Attalea maripa), yagua (Attalea insignis), sarare (Syagrus sancona), seje o milpesos (Oenocarpus bataua), pusuy (Oenocarpus minor), cumare (Astrocaryum chambira), mararay (Aiphanes horrida), chontaduro (Bactris gasipaes), cubarros (Bactris corosilla, B. maraja, B. setulosa), molinillos (Chamaedorea linearis, C. pinnatifrons), guagualín o chontilla (Hyospathe elegans), palmillas o sampablos (Geonoma brongniartii, G. deversa, G. interrupta). ARBUSTOS: Cordia nodosa, ajicitos, cocas de monte (Erythroxylum spp.), Clavija ornata, cafetos de monte (Palicourea, Psychotria). HIERBAS: Helechos (Adiantum, Tectaria, Thelypteris), aráceas (Dieffenbachia, Dracontium spruceanum), tijereta (Cyclanthus bipartitus). EPÍFITAS: Anturios (Anthurium eminens, Anthurium spp.), Monstera spp, Philodendron spp., cardos, quiches (Aechmea, Tillandsia, Vriesea), cactus cola de caimán (Epiphyllum phyllanthus), orquídeas (Catasetum, Cattleya, Coryanthes, Epidendrum, Sobralia, etc.), helechos (Phlebodium, Serpocaulon, Campyloneurum, etc.)

 

¿Cuáles especies plantar?

Heliconia psittacorum
Las especies mencionadas en el párrafo anterior suelen ser inadecuadas para repoblar con vegetación nativa un terreno completamente abierto, ya que, cuando son juveniles, no resisten una plena exposición al sol, al viento y a la lluvia. En cambio, hay una serie de especies de plantas pioneras muy bien adaptadas a la plena exposición y que crecen rápidamente. Éstas son las especies ideales para iniciar la restauración de un bosque variado y lleno de biodiversidad. Cuando ya son grandes (a los 10 o 20 años), se van estableciendo bajo su sombra especies más lentas, propias de una vegetación más madura. Entre las principales pioneras de la región se cuentan:

ÁRBOLES: Malagüeto (Xylopia aromatica), tortolito (Schefflera morototoni), cenizo (Piptocoma discolor), gualanday (Jacaranda obtusifolia), pavito (Jacaranda copaia), patezamuro (Cordia alliodora), nigüito o zurrumbo (Trema micrantha), balso (Ochroma pyramidale), lechero (Sapium glandulosum), guamos (Inga spp.), jero hojimenudo (Acacia polyphylla), yopo (Mimosa trianae), lacres o lanzos (Vismia guianensis, V. macrophylla, etc.), tunos (Miconia centrodesma, M. dolychorrhyncha, M. elata, etc.), guayabo (Psidium guajava), varasanta (Triplaris americana), cucharo (Myrsine sp.), parapara o jaboncillo (Sapindus saponaria), yarumos (Cecropia engleriana, C. sciadophylla). BAMBUSOIDES: Guadua o guafa (Guadua angustifolia). ARBUSTOS: Indio viejo (Vernonanthura brasiliana), Acalypha diversifolia, mortiños (Clidemia spp.), tunos (Miconia albicans, M. rufescens, etc.), cordoncillos (Piper aduncum, Piper spp.), ortigas, pringamozas (Urera baccifera, U. caracasana). HIERBAS: Tabaquillo (Eirmocephala brachiata), bijaos (Calathea lutea, C. spp.), cañagrias (Costus spp.), iraca (Carludovica palmata), platanillos, heliconias (Heliconia acuminata, H. bihai, H. episcopalis, H. hirsuta, H. latispatha, H. marginata, H. osaensis, H. psittacorum, H. scarlatina, H. stricta), terriago (Phenakospermum guyannense), conopio (Renealmia alpinia).

Tuno (Miconia elata)
Otros árboles que resultan adecuados para plantar en un sitio abierto son el jobo (Spondias mombin), manteco o chispiador (Tapirira guianensis), anón (Rollinia edulis), táparo o totumo (Crescentia cujete), araguaney (Tabebuia chrysantha), cañaguate (Tabebuia ochracea), achote de monte (Bixa urucurana), indio desnudo (Bursera simaruba), ajicito (Erythroxylum sp.), carcomos (Alchornea spp.), jabillo o ceiba de leche (Hura crepitans), algarrobo (Hymenaea courbaril), bucare o cámbulo (Erythrina poeppigiana), cañafístulo (Cassia moschata), cañaflote (Cassia grandis), caracaro u orejero (Enterolobium cyclocarpum), matarratón (Gliricidia sepium), samán (Samanea saman), taray (Platymiscium pinnatum), guarataro o nocuito (Vitex orinocensis), laurel (Nectandra membranacea), peralejo montañero (Byrsonima crispa), ceiba (Ceiba pentandra), guácimo (Guazuma ulmifolia), peine de mono o galleta (Apeiba aspera), níspero (Bellucia grossularioides), trompillo (Guarea guidonia), matapalos e higuerones (Ficus spp.), arrayanes (Myrcia spp.), champe (Campomanesia lineatifolia), chaparro montañero (Hieronyma alchorneoides), caruto o jagua (Genipa americana), crestegallo (Warszewiczia coccinea), hueso (Hasseltia floribunda), guacharaco o rabo de pavo (Cupania americana), mamoncillo (Melicoccus bijugatus), caimo (Chrysophyllum argenteum), caimarón (Pourouma cecropiifolia) y saladillo blanco (Vochysia lehmannii).

En sitios con mal drenaje y zonas inundables son especialmente recomendables el moriche (Mauritia flexuosa), cubarro (Bactris brongniartii), manaca (Euterpe precatoria), anauco o búcaro (Erythrina fusca), muco o maraco (Couroupita guianensis) y cuajo (Virola carinata).

sábado, 5 de octubre de 2013

De cauchos, muros, frutos y avispas...relaciones de vida dentro de una ciudad

Cauchos por (casi) toda Colombia

Caucho sabanero (Ficus americana) en Bogotá
Hay un árbol en Bogotá que, por su carácter silvestre, me llama la atención como ningún otro. Se trata del caucho sabanero (Ficus americana). Es un árbol que se cultiva en la ciudad hace por lo menos 100 años, pero que, hay que reconocerlo, no es nativo precisamente de la Sabana. La especie tiene una distribución muy amplia en Colombia y se extiende naturalmente desde La Guajira hasta el Amazonas, desde el Pacífico hasta los Llanos Orientales, desde el nivel del mar hasta 2500 metros de elevación (y algo más arriba, cuando es cultivado). En cercanías de Bogotá, sus poblaciones silvestres más cercanas se encuentran bajando por las vertientes occidentales de la cordillera, en sitios como Zipacón, La Vega y San Francisco. Debido a su variabilidad y a su distribución tan amplia, el caucho sabanero ha recibido diversos nombres en el pasado, entre ellos Ficus soatensis y Ficus andicola. Viejos ejemplares, con copas que se extienden como amplios parasoles, pueden observarse en sitios como el Museo Nacional y el parque del Chicó.

 

Frutos sin madurar

Hojas de caucho sabanero
Recuerdo que, cuando yo era un niño, me la pasaba metido debajo de los árboles, mirando hacia arriba, buscando dentro del follaje las siluetas móviles de aves migratorias. Y me gustaba saber el nombre de los diferentes árboles, recoger sus hojas y sus frutos. Por eso recuerdo muy bien que los cauchos sabaneros, por allá por 1990, no producían frutas maduras en Bogotá. De sus ramas caían al suelo bolitas cafés, duras y sin desarrollar. Más adelante supe que el caucho sabanero y todos los demás árboles del género Ficus requieren la presencia de diminutas avispas agaónidas, cuya talla apenas alcanza unos pocos milímetros y que son las únicas que pueden introducirse dentro del receptáculo que guarda las flores (el “sicono”) para llevar a cabo la polinización. Pues bien, en la Bogotá de 1990 había todavía muy pocos ejemplares de caucho sabanero en la ciudad, todos ellos plantados, sus semillas traídas de otras regiones del país, los ejemplares dispersos. Esta población de árboles tan incipiente no debía todavía funcionar como albergue para las avispas polinizadoras, por lo que prácticamente no se desarrollaba fruto alguno.

La aparición de los frutos maduros

Joven caucho plantado en la ciudad
La situación empezó a cambiar ya cerca del año 2000, cuando se inició en Bogotá, por primera vez en su historia, una plantación masiva de especies nativas. Entre los árboles que más se propagaron estaba el caucho sabanero. Ahora la ciudad ya no tenía sólo unas pocas decenas de estos árboles, sino que su población fue aumentada en miles de ejemplares (el censo actual de árboles de la ciudad indica que hay más de 25.000 individuos de esta especie creciendo en el área urbana). Como el caucho sabanero es una especie de rápido crecimiento, estos nuevos ejemplares empezaron a florecer a los pocos años de haber sido plantados. Y aquí empezó el milagro. Cada vez más frutos empezaron a desarrollarse, a crecer, a adquirir una piel rojiza y una textura blanda. Es claro que, con tantos árboles ahora disponibles, las diminutas avispas polinizadoras por fin habían establecido poblaciones estables en Bogotá. ¿Cómo habrá sido la llegada de estas diminutas avispas a la ciudad? ¿De dónde habrán llegado? ¿Qué rutas habrán seguido? ¡Misterios que hay por resolver!

La invasión de los pequeños cauchos

Plántula de caucho sabanero en un muro
En la ciudad, los cauchos sabaneros están demostrando poseer muchas de las características que también exhiben en su medio natural. Empezando por el valor de sus frutos para la fauna silvestre. Las especies de Ficus producen cosechas a lo largo de todo el año y sus frutas son de las más apreciadas por aves y mamíferos silvestres. Desde que los cauchos sabaneros han empezado a fructificar en abundancia en Bogotá, se han convertido en una fuente de alimento favorita de mirlas (Turdus fuscater) y azulejos (Thraupis spp.) Ahora, las aves están ayudando a dispersar las semillas junto con sus excrementos. Y, gracias a su ayuda, el caucho está mostrando lo que verdaderamente es en la naturaleza: un árbol estrangulador. Los estranguladores son árboles que crecen encima de otros árboles (o a veces sobre el musgo de las piedras); desde ahí van lanzando raíces al suelo, abrazando con fuerza cada vez mayor a su anfitrión, cubriéndolo con su follaje, hasta que su árbol soporte muere (un proceso largo y lento, que tarda décadas); en su lugar queda un enorme caucho reemplazado al árbol estrangulado.

Caucho sabanero creciendo sobre una palma fénix
En los últimos 5 a 10 años, Bogotá ha comenzado a ser invadida por pequeños cauchos que están naciendo espontáneamente sobre los muros, en grietas del pavimento, dentro de alcantarillas y sobre palmas fénix (Phoenix canariensis).

Ahora se los desyerba para mantenerlos a raya. Pero puedo imaginar lo que ocurriría si los bogotanos nos extinguiéramos y dejáramos detrás una ciudad desocupada: los cauchos tomarían ventaja y descolgarían sus raíces desde muros y edificios, creando un mundo donde las ruinas se perderían dentro de la maraña del bosque.

¡Todo este potencial, guardado en su milimétrica semilla! Todo este potencial transportado por las aves, que comieron los frutos y dispersaron estas semillas. Todo este potencial, despertado por avispas diminutas, que polinizaron los frutos e hicieron viables estas semillas. ¿Habrán imaginado las primeras personas que plantaron los primeros cauchos en la Sabana de Bogotá, la cadena de eventos que estaban empezando a originar?

miércoles, 28 de agosto de 2013

Fincas al occidente de la Sabana – Los gigantes del bosque

Roble (Quercus humboldtii)
Estos últimos días he estado dedicado a averiguar cuáles son las especies de árboles que alcanzan mayor tamaño en Colombia. Como era de esperar, los ejemplares más grandes se encuentran en las tierras bajas, más favorables para el desarrollo de la vegetación. Sin embargo en la montaña también hay muchos árboles de talla excepcional y por eso quise hacer el listado de las especies presentes en nuestra región al occidente de la Sabana de Bogotá que tienen el potencial de alcanzar regularmente tamaños sobresalientes.

Empecemos con la definición de tamaño. Un árbol que alcance 30 metros de altura ya puede ser considerado grande. 30 metros es el dosel regular de un bosque subandino plenamente maduro. Todo árbol que supere esta altura se constituye en un emergente. En este artículo no vamos a tratar sobre árboles simplemente “grandes” sino que nos vamos a limitar a los gigantes, a los árboles emergentes, los cuales alcanzan 40 m de altura y a veces más. Hay que recordar que los ejemplares de este tamaño ya son muy raros debido a la deforestación y la tala selectiva de los individuos más grandes para aprovechar su madera. Como los árboles nativos de montaña tardan más de 100 años en alcanzar sus plenas dimensiones, recuperar estos ejemplares perdidos plantando nuevos de reemplazo no va a ser un proceso rápido.

1) Caucho Tequendama  
Ficus tequendamae
Gran ejemplar de cuchillo (Zinowiewia australis)
El árbol más grande que en mi vida he visto en las vertientes occidentales de Cundinamarca corresponde a un enorme ejemplar de esta especie. Alcanza 40 metros de altura. El tronco es sostenido por grandes raíces tablares o contrafuertes que se extienden muchos metros alrededor del árbol. Ejemplares tan viejos albergan valiosos jardines de orquídeas, bromeliáceas, helechos y otras plantas epífitas que crecen sobre sus ramas.

2) Cuchillo
Zinowiewia australis
La especie fue dominante en los bosques que cubrieron las vertientes bajas de San Francisco. Todavía se observan ejemplares de gran altura en este municipio, especialmente en la franja entre 1700 y 2100 metros de elevación, donde quedan restos de bosques viejos. Los ejemplares más grandes que se han registrado de esta especie en las vertientes andinas llegan a 40 metros de altura.

3) Higuerón 
Ficus gigantosyce
Este árbol produce unas brevas grandotas, redondas, que, al igual que las brevas cultivadas, pueden ser cocinadas y preparadas en forma de dulces. En el bosque, los frutos del higuerón son consumidos por aves, murciélagos y mamíferos terrestres. Los ejemplares de mayor tamaño alcanzan 40 metros de altura y 100 cm de DAP (diámetro del tronco medido a la altura del pecho de una persona adulta).
Higuerón (Ficus gigantosyce)

4) Pino colombiano 
Podocarpus oleifolius
Antiguamente dominante en los bosques de alta montaña, donde crecía en compañía de encenillos, amarillos y otros árboles de clima frío. Perseguido por su fina madera, usada en ebanistería, el árbol casi ha desaparecido y los pocos ejemplares que quedan están lejos de alcanzar las enormes tallas que en otro tiempo mostraba esta especie (hasta 40 metros de altura y casi 2 metros de DAP).

5) Pino hayuelo
Prumnopitys montana
Otra de las coníferas nativas de Colombia. El pino hayuelo todavía crece en las altas montañas de Subachoque y San Francisco, donde quedan restos de bosques con especies de bosque maduro. Los ejemplares más grandes que se han registrado en los Andes alcanzan 40 metros de altura y 110 cm de DAP.

6) Pino romerón
Retrophyllum rospogliosii
La conífera nativa dominante en la franja entre 1700 y 2200 metros de elevación, en las vertientes occidentales de Cundinamarca. Ejemplares excepcionales han dado alturas de hasta 45 m y troncos de 1.5 m de DAP. Aunque con poblaciones muy reducidas comparadas con las de siglos pasados, todavía se encuentran numerosos ejemplares dispersos en las fincas y la especie está siendo propagada en viveros, lo que da esperanzas respecto a su conservación.
El brillante tronco blanco de la palma de cera

7) Palma de cera del Quindío
Ceroxylon quindiuense
La especie se observa en las vertientes occidentales de Cundinamarca en forma de ejemplares altos y aislados, meros residuos de antiguos bosques que cubrieron la región, y como ejemplares jóvenes, plantados como ornamentales en las fincas. En esta región no se conocen ejemplares tan altos como los de la cordillera Central, pero incluimos aquí la especie, pues es la planta con el potencial de desarrollar mayores alturas en nuestros bosques de montaña: ¡hasta 60 metros en ejemplares récord!

8) Roble
Quercus humboldtii
Árbol dominante en los bosques de La Vega y San Francisco, en la franja entre 2000 y 2800 metros sobre el nivel del mar. Aunque normalmente alcanza entre 25 y 30 metros de altura, los robles más grandes que se han registrado en Colombia llegan a 40 m y tienen troncos de hasta 2 metros de DAP.


viernes, 23 de agosto de 2013

Cerros al oriente de Bogotá - Las aves de la montaña

Un mundo diferente

Azor o gavilán (Accipiter striatus) - D. Sanches
La cadena de cerros que se extiende al oriente de la capital, desde Usme y Cruz Verde por un extremo, hasta Chía y Sopó por el otro, es el hogar de cerca de 130 especies de aves. Para el habitante de la ciudad, acostumbrado a ver todos los días unos pocos pájaros, casi siempre los mismos, los cerros ofrecen la magnífica oportunidad de descubrir un mundo diferente. En estas montañas hay especies de aves muy tímidas, que habitan en las marañas más espesas de vegetación y que se atreven a llegar cerca del borde oriental de la ciudad, sólo para retirarse de nuevo a la seguridad de su impenetrable hábitat. Colibríes distintos de los que vemos en la ciudad pasan a gran velocidad, se detienen en el aire ante alguna flor, mostrando algún brillo tornasolado, y luego siguen su camino. Cantos burbujeantes llenan el ambiente de misterio. Incluso mirando hacia arriba, las copas de los altísimos eucaliptos, balanceándose y susurrando con el viento, nos revelan las diminutas siluetas de picaflores, colibríes, toches o turpiales y otras aves que toman el néctar y las semillas de las ramas más elevadas.

 

Los ambientes de las aves

Paloma collareja (Patagioenas fasciata) - G. Karmer - USFWS
¿Cómo se reparten estas aves por los cerros? Podemos clasificarlas según los ambientes en donde habitan. Para empezar: en los cerros hay zonas abiertas, campos de cultivo, potreros, casas y jardines similares a los que hay en la planicie de la Sabana de Bogotá. En estas zonas abiertas encontramos las mismas aves que son tan frecuentes en la ciudad y en ambientes bajo fuerte influencia humana: el copetón, la mirla, la golondrina, el colibrí chillón, el carbonero o picaflor negro, la torcaza, el cucarachero, el chamón. Es adentrándonos en matorrales más densos donde empezamos a encontrar especies diferentes: chamicero, comprapán, tapaculo, elaenia, tiranuelo, arañero, gorriones monteses y el vistosísimo clarinero o tangara escarlata, la única ave de nuestras montañas que combina al mismo tiempo, en su plumaje, el negro, rojo y azul. En donde haya matorrales de chusque también podemos encontrar todas estas especies, además de dos aves asociadas en forma exclusiva con estos bambúes: el gorrión afelpado y el arrendajo negro.
Colibrí paramuno (Aglaeactis cupripennis) - M. Woodruff

Los colibríes están presentes donde haya las flores adecuadas: si los curubos o pasifloras son comunes, allí podrá estar el colibrí picoespada, el ave con pico más largo del mundo en proporción al tamaño del cuerpo. Donde haya fucsias, pecosas, clavellinos y otras trepadoras con flores rojizas o anaranjadas, en forma de tubo, allí encontraremos a los relucientes incas, de barriga dorada o rosada, según las especies. Los colibríes calzoncitos, con su espeso plumón blanco alrededor de las patas, prefieren las uvas de monte. Colibríes de pico más corto, como la metalura,  visitarán una amplia gama de árboles, arbustos, enredaderas y hierbas. Donde hay eucaliptos, todos los colibríes podrán estar presentes, ya que el néctar de estos árboles es uno de sus alimentos favoritos.

Si nos adentramos en bosques nativos, altos y conservados, encontraremos algunas de las aves más raras e interesantes. La más grande, la pava andina, parecida a una ágil y alargada gallina que corre y salta por las ramas de los árboles.  Con mucha suerte, también podremos ver algún azor o gavilán, rapaces nocturnas como los autillos y el búho ocelado, pequeñas bandadas de palomas collarejas, pájaros carpinteros y una variedad de coloridas aves del dosel, como las tangaras, hemispingus, picaflores azules y abanicos.

Buchipecosa (Catharus ustulatus) - L. Gooch
En la parte más alta de los cerros, donde la vegetación se hace más baja y empiezan a aparecer los frailejones, llegan colibríes exclusivos de alta montaña, como el alizafiro y el colibrí paramuno. En los matorrales de esta zona también encontramos otras aves de altura como el cucarachero paramuno y el chamicero cejiblanco.

Por último, en temporada de migración pasarán por los cerros aves de paso, procedentes de Norteamérica, como algunas reinitas, buchipecosas o zorzales, cardenales o pirangas, atrapamoscas y golondrinas.

 

Unas notas para la conservación 

Comprapán (Grallaria ruficapilla) - R. Klappe - 2009
Si la casa de las aves es conservada, entonces las aves también serán conservadas. La mayoría de las aves de los cerros habitan en bosques y matorrales nativos, por lo que es fundamental la conservación de estos ambientes para asegurar la existencia de la mayor variedad de especies. Un punto crítico es la conservación de los lugares donde las aves construyen sus nidos. Entre las especies residentes en los cerros, sólo un 25% anida zonas abiertas y expuestas, con prados, flores y árboles dispersos. El restante 75% de las especies construye su nido en los sitios con vegetación más densa, donde hay marañas de chusques y enredaderas, hojas muertas y ramas secas. La mayoría de estas aves de bosque y matorral ocultan su nido en la franja entre 1 y 5 metros de altura del suelo, por lo que resultan gravemente afectadas cuando se corta el sotobosque con el fin de “limpiar” los árboles. En resumen: para tener una gran diversidad de aves no es suficiente con plantar árboles o cuidar jardines. ¡Es necesario también dejar intactos bosques y matorrales “desordenados”!

martes, 20 de agosto de 2013

Zonas de uso y zonas de conservación

Potreros y viejos robledales - Finca El Silencio, San Francisco
El planeamiento de toda finca debería incluir dos tipos de zonas de manejo distintas: zonas de uso y zonas de conservación. Las zonas de uso incluyen especialmente los cultivos y las zonas de pastoreo, los lugares de extracción de recursos naturales, los sitios con infraestructura y construcciones, los parques y los jardines. Las zonas de conservación, por otro lado, son las reservas naturales de cada finca, donde se trata de no manejar ni modificar ningún elemento natural y que están dedicadas, como máximo, a la recreación pasiva.

¿En qué proporciones debería una finca tener repartida su área entre estos dos tipos de zonas de manejo? Eso depende enormemente de la vocación de la tierra, de las posibilidades y del deseo de sus propietarios. Pero podemos decir que al menos el 10% de la superficie de cada finca debería estar reservada para la conservación. Bajo circunstancias favorables, hay fincas que tienen un 20%, 30%, 50% o incluso más de su área dedicada a zonas de conservación. Estas zonas de conservación, de forma natural, quedan particularmente bien repartidas por los sitios con pendientes más fuertes, por los nacimientos de agua y, en forma de franjas, por los cursos de agua y los linderos del terreno.

¿Y cómo cuidamos las zonas de conservación? En principio, “dejándolas ser”, no “cuidándolas”. El único cuidado que suele ser necesario es la instalación de una cerca que demarque la zona de conservación y que impida que el ganado entre en ella a pisotear y ramonear la vegetación.

Las zonas de conservación suelen ser muy susceptibles a recibir manejos inadecuados sacados directamente de las ciencias y prácticas agrícolas, forestales y de la jardinería. En lo que queda de este artículo nos vamos a referir a algunos puntos muy específicos en los cuales difiere el manejo de una zona de uso y una zona de conservación.

 

1)    Árboles muertos

ZONAS DE USO: Aquí, cada árbol seco, en pie o caído, es visto como algo indeseable y suele ser cortado y retirado rápidamente, ya que puede representar una amenaza por caída para las construcciones o vías aledañas a él o, simplemente, porque se lo considera “feo”.

ZONAS DE CONSERVACIÓN: Aquí, por el contrario, los árboles muertos deberían ser bienvenidos, siempre que no pongan en riesgo a las personas o las construcciones con su caída. ¿Y por qué bienvenidos? Antes de responder, podemos preguntar ¿nos gustan los pájaros carpinteros? ¿Los búhos? ¿Los loros y los tucanes? Pues bien, todas estas grandes aves necesitan madera muerta, en pie, con agujeros para poder anidar. Son los pájaros carpinteros los que primero abren agujeros en la madera muerta, agujeros que, luego de abandonados, son usados por las otras grandes aves del bosque como refugio y sitio de cría. Cuando los árboles más viejos y los árboles secos en pie son eliminados, desaparece con ellos una parte de la diversidad del bosque.

 

2)    Semillas seleccionadas

Árbol retorcido, típico del bosque andino
ZONAS DE USO: En plantaciones forestales y otros cultivos, se insiste en la importancia de usar semillas y material vegetal seleccionados para lograr los mejores rendimientos y resultados. En una plantación, los árboles deben ser rectos, con fustes largos y no bifurcados, deben ser ejemplares de crecimiento rápido, deben ser los que más madera produzcan.

ZONAS DE CONSERVACIÓN: Aquí, por el contrario, debería ser una regla NO seleccionar, sino dejar que todo lo que nazca crezca. Es probable que un árbol torcido o raquítico resulte teniendo una genética diferente de uno grande y recto. Y precisamente en esto radica su valor. Este árbol torcido quizás no sirva para producir madera en forma comercial; pero quizás tenga alguna otra cualidad que lo haga valioso para su especie. Quizás sea más resistente a la sequía o a alguna plaga, quizás crezca mejor que ningún otro en cierto ambiente. Estas cualidades distintas, si funcionan y son favorables para la especie, podrán pasar de generación en generación e incluso podrían llegar a ser de provecho para los seres humanos, si sólo permitimos que, en algunas zonas, todos los ejemplares de una especie (jóvenes, viejos, bonitos, feos, altos, pequeños, etc.) puedan vivir.

 

3)    “Maleza”

Plantas pioneras regenerando el bosque - Hacienda Baza, Tibaná
ZONAS DE USO: Aquí, toda planta que aparezca espontáneamente y que no haya sido cultivada en forma intencional, suele ser considerada maleza. Particular repudio se tiene hacia los arbustos pioneros de rápido crecimiento y hacia la multitud de enredaderas silvestres que compiten con los cultivos y plantas ornamentales y que rápidamente pueden transformar una finca en un “monte”. Por eso es que, por toda Colombia, además del ganado ramoneante, operan diariamente millones de machetes, máquinas de cortar pasto, guadañas, etc. Son el único medio para mantener abiertas y utilizables las zonas de uso, frente al incesante y espontáneo crecimiento de la vegetación.

ZONAS DE CONSERVACIÓN: En estas zonas, la “maleza” y el “monte” deberían ser bienvenidos y no se los debería cortar. Los arbustos pioneros y las enredaderas ofrecen los mejores refugios y sitios de anidación para multitud de aves que no podrían vivir en un bosque más viejo ni en un parque o jardín abiertos. Aunque las poderosas enredaderas pueden tapar un árbol completo y matarlo, usualmente estas enredaderas resultan más valiosas para la vida silvestre que el árbol perdido. Además, es precisamente bajo la sombra de la “maleza” ya crecida (de 10-20 años de edad) que empieza a desarrollarse el verdadero bosque, con los árboles de maderas duras, que necesitan sombra para crecer.

 

4)    Hojas mordisqueadas 


ZONAS DE USO: En una plantación, huerta o jardín, las hojas mordisqueadas de las plantas son vistas como una mala señal. Señal de plaga, que amenaza la vida y la productividad de las plantas en las que hemos invertido tanto tiempo y dinero.

ZONAS DE CONSERVACIÓN: En una zona de conservación, por el contrario, las hojas mordisqueadas deberían ser vistas, hasta cierto punto, como un síntoma de salud. Pues, si todas las hojas estuvieran intactas, ¿dónde estarían las mariposas, saltamontes, escarabajos y otros insectos, cuyas larvas o adultos consumen una proporción de las hojas del lugar? Si queremos tener insectos que polinicen las flores, que sirvan de comida a las aves o que, como en el caso de las mariposas, embellezcan el paisaje con sus revoloteos y colores, tenemos que pagar algo a cambio...y este precio son las hojas que estos insectos consumen para alimentarse y crecer. ¿Y si una plaga se sale de control y por esta razón uno o varios árboles se mueren? La respuesta podemos encontrarla si regresamos y leemos de nuevo el párrafo 1: “Árboles muertos”.