sábado, 5 de octubre de 2013

De cauchos, muros, frutos y avispas...relaciones de vida dentro de una ciudad

Cauchos por (casi) toda Colombia

Caucho sabanero (Ficus americana) en Bogotá
Hay un árbol en Bogotá que, por su carácter silvestre, me llama la atención como ningún otro. Se trata del caucho sabanero (Ficus americana). Es un árbol que se cultiva en la ciudad hace por lo menos 100 años, pero que, hay que reconocerlo, no es nativo precisamente de la Sabana. La especie tiene una distribución muy amplia en Colombia y se extiende naturalmente desde La Guajira hasta el Amazonas, desde el Pacífico hasta los Llanos Orientales, desde el nivel del mar hasta 2500 metros de elevación (y algo más arriba, cuando es cultivado). En cercanías de Bogotá, sus poblaciones silvestres más cercanas se encuentran bajando por las vertientes occidentales de la cordillera, en sitios como Zipacón, La Vega y San Francisco. Debido a su variabilidad y a su distribución tan amplia, el caucho sabanero ha recibido diversos nombres en el pasado, entre ellos Ficus soatensis y Ficus andicola. Viejos ejemplares, con copas que se extienden como amplios parasoles, pueden observarse en sitios como el Museo Nacional y el parque del Chicó.

 

Frutos sin madurar

Hojas de caucho sabanero
Recuerdo que, cuando yo era un niño, me la pasaba metido debajo de los árboles, mirando hacia arriba, buscando dentro del follaje las siluetas móviles de aves migratorias. Y me gustaba saber el nombre de los diferentes árboles, recoger sus hojas y sus frutos. Por eso recuerdo muy bien que los cauchos sabaneros, por allá por 1990, no producían frutas maduras en Bogotá. De sus ramas caían al suelo bolitas cafés, duras y sin desarrollar. Más adelante supe que el caucho sabanero y todos los demás árboles del género Ficus requieren la presencia de diminutas avispas agaónidas, cuya talla apenas alcanza unos pocos milímetros y que son las únicas que pueden introducirse dentro del receptáculo que guarda las flores (el “sicono”) para llevar a cabo la polinización. Pues bien, en la Bogotá de 1990 había todavía muy pocos ejemplares de caucho sabanero en la ciudad, todos ellos plantados, sus semillas traídas de otras regiones del país, los ejemplares dispersos. Esta población de árboles tan incipiente no debía todavía funcionar como albergue para las avispas polinizadoras, por lo que prácticamente no se desarrollaba fruto alguno.

La aparición de los frutos maduros

Joven caucho plantado en la ciudad
La situación empezó a cambiar ya cerca del año 2000, cuando se inició en Bogotá, por primera vez en su historia, una plantación masiva de especies nativas. Entre los árboles que más se propagaron estaba el caucho sabanero. Ahora la ciudad ya no tenía sólo unas pocas decenas de estos árboles, sino que su población fue aumentada en miles de ejemplares (el censo actual de árboles de la ciudad indica que hay más de 25.000 individuos de esta especie creciendo en el área urbana). Como el caucho sabanero es una especie de rápido crecimiento, estos nuevos ejemplares empezaron a florecer a los pocos años de haber sido plantados. Y aquí empezó el milagro. Cada vez más frutos empezaron a desarrollarse, a crecer, a adquirir una piel rojiza y una textura blanda. Es claro que, con tantos árboles ahora disponibles, las diminutas avispas polinizadoras por fin habían establecido poblaciones estables en Bogotá. ¿Cómo habrá sido la llegada de estas diminutas avispas a la ciudad? ¿De dónde habrán llegado? ¿Qué rutas habrán seguido? ¡Misterios que hay por resolver!

La invasión de los pequeños cauchos

Plántula de caucho sabanero en un muro
En la ciudad, los cauchos sabaneros están demostrando poseer muchas de las características que también exhiben en su medio natural. Empezando por el valor de sus frutos para la fauna silvestre. Las especies de Ficus producen cosechas a lo largo de todo el año y sus frutas son de las más apreciadas por aves y mamíferos silvestres. Desde que los cauchos sabaneros han empezado a fructificar en abundancia en Bogotá, se han convertido en una fuente de alimento favorita de mirlas (Turdus fuscater) y azulejos (Thraupis spp.) Ahora, las aves están ayudando a dispersar las semillas junto con sus excrementos. Y, gracias a su ayuda, el caucho está mostrando lo que verdaderamente es en la naturaleza: un árbol estrangulador. Los estranguladores son árboles que crecen encima de otros árboles (o a veces sobre el musgo de las piedras); desde ahí van lanzando raíces al suelo, abrazando con fuerza cada vez mayor a su anfitrión, cubriéndolo con su follaje, hasta que su árbol soporte muere (un proceso largo y lento, que tarda décadas); en su lugar queda un enorme caucho reemplazado al árbol estrangulado.

Caucho sabanero creciendo sobre una palma fénix
En los últimos 5 a 10 años, Bogotá ha comenzado a ser invadida por pequeños cauchos que están naciendo espontáneamente sobre los muros, en grietas del pavimento, dentro de alcantarillas y sobre palmas fénix (Phoenix canariensis).

Ahora se los desyerba para mantenerlos a raya. Pero puedo imaginar lo que ocurriría si los bogotanos nos extinguiéramos y dejáramos detrás una ciudad desocupada: los cauchos tomarían ventaja y descolgarían sus raíces desde muros y edificios, creando un mundo donde las ruinas se perderían dentro de la maraña del bosque.

¡Todo este potencial, guardado en su milimétrica semilla! Todo este potencial transportado por las aves, que comieron los frutos y dispersaron estas semillas. Todo este potencial, despertado por avispas diminutas, que polinizaron los frutos e hicieron viables estas semillas. ¿Habrán imaginado las primeras personas que plantaron los primeros cauchos en la Sabana de Bogotá, la cadena de eventos que estaban empezando a originar?

2 comentarios:

  1. valla que bn aun que es dificil acceder a ellos por la mayoria estan muy altos o estan maltratados y al intentar rescatarlos uno se gana un lio con la ponal

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